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Un poli democrático es el que se deja linchar

Ramón de España
6 min

La reacción --violenta, desproporcionada, histérica-- a la detención y entrada en prisión del rapero Pablo Hasél se me antoja una de las muestras de idiotez colectiva más notables de los últimos tiempos. Y los destrozos de la Brigada de la Capucha, siendo molestos, desagradables e intempestivos, no me parecen lo peor de la situación: a fin de cuentas, hay en Barcelona y en Madrid miles de jóvenes sin mucho futuro --por la situación general, por su propia ineptitud o por una mezcla de ambas cosas-- a los que no les cuesta nada echarse a la calle a apedrear policías, una actividad que, reconozcámoslo, a ciertas edades siempre ha tenido su gracia. Lo realmente preocupante es la reacción de los (supuestamente) adultos que, además, tienen cierta relevancia en la política nacional, tanto si cortan el bacalao en un partido político (Pablo Echenique) como si andan huidos de la justicia y se apuntan a lo que haga falta para figurar (Carles Puigdemont).

El tullido de Podemos ha tomado partido públicamente por los vándalos que se han dedicado a quemar Madrid y Barcelona estos últimos días, a los que presenta como valerosos antifascistas (mientras enviaría gustoso al trullo a los que le montan escraches a su señorito a las puertas de su mansión de Galapagar). Para congraciarse con la CUP --que ha detectado una violencia policial intolerable en la respuesta a las algaradas y exige purgas en el cuerpo de Mossos d'Esquadra a quien aspire a integrarlos en un posible gobierno de la Generalitat--, Puchi se ha manifestado a favor de poner en su sitio a los Mossos para que no sigan fabricando tuertos (una chica perdió un ojo en una de las manifestaciones pro Hasél). Entre las fuerzas del orden y la turba airada, Echenique y Puigdemont, cada uno por sus propios motivos, han elegido a los muchachos del hoodie, insinuando que la policía se porta muy mal con los defensores de la libertad de expresión.

Que un tarugo violento, pueril y carente del más mínimo talento sea capaz de montar un cirio como el que se ha liado con su detención --que, además de sus deplorables raps y sus deseos de muerte para políticos que no son de su agrado, se debe a haberle partido la cara a un periodista de TV3 y al testigo de un juicio contra un compinche suyo-- es una prueba flagrante del despiste moral en el que llevamos cierto tiempo incurriendo. Que las chicas de la CUP se quejen de la violencia policial después de que una comisaría de Vic fuera asaltada por la turba y que los agentes que estaban dentro acabaran al borde del linchamiento solo puede obedecer a la mala fe, a la estupidez o al cinismo, lacras que esa formación seudo política acumula desde su fundación (no hay más que fijarse en la defensa cerrada de Arran, su frente de juventudes, una pandilla de borricos con pretensiones que, además, son de una torpeza inverosímil, como se pudo comprobar recientemente cuando fueron a ensuciar la mansión de un consejero y se equivocaron de residencia). Que Echenique califique de antifascistas a una pandilla de nihilistas de estar por casa que a las diez están en su domicilio para cenar gratis a costa de sus sufridos progenitores arroja una mezcla similar, agravada por el hecho de que Podemos, aunque no lo parezca, forma parte del Gobierno de la nación.

Que alguien pierda un ojo en una algarada es muy triste, pero no resulta verosímil que entre los antidisturbios hubiera un brillante francotirador que apuntara directamente al ojo de la mujer afectada: lo más probable es que disparara a bulto y el proyectil de espuma fuese a impactar donde no debía. Y, sintiéndolo mucho por la nueva tuerta, ésta debería haber pensado que, si te rodea una guerrilla urbana donde hay gente que se dedica a arrojar adoquines a la policía, no es descartable que te suceda alguna desgracia.

Las balas de espuma (o de foam, como les llama toda esa gente que parece ignorar que el vocablo inglés foam significa, literalmente, espuma) sustituyen a unas pelotas de goma que tenían mucho peligro, pero ya hay quien exige su retirada (nadie pide a los manifestantes, por el contrario, que no se sirvan de piedras, ladrillos y adoquines que habrían reventado más de una cabeza policial de no ser por el casco). ¿Con qué habrá que armar a los antidisturbios para que nuestros defensores de la libertad de expresión se queden contentos? ¿Con almohadones rellenos de plumas? ¿Cómo deben reaccionar los agentes asediados y apedreados para ser considerados democráticos por nuestros nuevos santurrones de la seudo izquierda? Me temo que todo lo que no sea dejarse linchar o prender fuego será considerado por éstos como antidemocrático.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.