Un guardaespaldas para Puchi

Ramón de España
4 min

Parece que la vida de Puigdemont en Bruselas, aunque parezca un chollo total, no está exenta de peligros para su integridad física. Por eso el hombre agradecería enormemente que los contribuyentes le financiásemos una escolta compuesta por unos cuantos miembros de los Mossos d'Esquadra. Es como si el Dioni hubiera solicitado en su momento que la Policía Nacional le enviara a dos de sus mejores hombres para protegerle, alegando que Brasil estaba trufado de mangantes dispuestos a aligerarle del botín que había trincado en España.

De momento, las amenazas a Cocomocho se reducen a comentarios amenazantes en las redes sociales, redactados habitualmente por energúmenos que no saben hacer la o con un canuto y que siembran de faltas de ortografía sus insultos, pero en el Govern creen que el Líder Máximo corre un peligro cierto. El Gobierno central ya les ha dicho que no hay que tirar el dinero de los españoles en proteger a un prófugo de la justicia, pero ellos insisten. Personalmente, no tengo nada en contra de que Puchi se haga con los servicios de un guardaespaldas, a condición de que se lo pague él, su amigo Matamala, los responsables de la llamada Caja de Resistencia o ese argelino-danés que ha dicho que piensa pagar todas las multas que les caigan a las mujeres que insistan en deambular por las calles de Dinamarca disfrazadas de mesa camilla gracias al burka.

De hecho, creo que he encontrado a la persona ideal para encargarse de la seguridad de Carles l´Ardit --como le llama el hilarante columnista de El Nacional Jordi Galves (Gálvez al principio de su brillante carrera periodística)--, alguien que se acaba de quedar sin trabajo por tomárselo demasiado a pecho, alguien que se interpondría entre el Querido Líder y un posible atacante, dejando a este ser improbable hecho fosfatina. Se trata de Alexandre Benalla, hasta hace poco jefe de seguridad de Emmanuel Macron, que en sus ratos libres se disfrazaba de policía y se apuntaba a disolver manifestaciones a sopapos, un exceso de celo profesional que me lo ha dejado en la calle. ¡A retratarse, Matamala!

No negaré que el señor Benalla plantea algunos problemas de convivencia. Como alguien se acerque a Puchi para pedirle fuego o consultarle una dirección, se puede llevar la paliza del siglo, pero, como se suele decir, no se puede hacer una tortilla sin romperle los huevos a alguien (o algo parecido). Pero también se me ocurren ventajas: el cenutrio que le hizo besar la bandera española a Puchi en un aeropuerto habría visto cómo Benalla, ¡ese gran profesional!, se la hacía tragar o se la introducía por el recto. Alexandre Benalla no es catalán --¡nadie es perfecto!--, pero reparte unas hostias como panes y en estos momentos no está en condiciones de hacerle ascos a ningún empleo (a no ser que yo no me haya enterado y resulte que lo ha contratado Marine Le Pen o se ha colocado de portero en una discoteca y lleva ya unos días arrojando al Sena a borrachos previamente apaleados). Puigdemont habla francés y, además, el amigo Benalla seguro que se apaña con consignas breves y contundentes como ¡Mátalo!, ¡Muerde! o ¡Destrúyelo!

Siempre hay un roto para un descosido, y la pareja Puigdemont-Benalla es un claro ejemplo de ello. Destinar recursos públicos a proteger a un don nadie, por el contrario, es un simple despilfarro.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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