Mis problemas con la lotería

Ramón de España
6 min

Mi padre se pasó la vida jugando a la lotería y nunca le tocó nada. Su fidelidad al azar fue tal que, cuando falleció, encontramos entre sus cosas un montón de décimos no premiados que conservaba por motivos que nadie alcanzó a entender, ya que tener mala suerte es una simple desgracia, pero coleccionarla ya da qué pensar. En cualquier caso, el hallazgo contribuyó a mantenerme en mis trece y no comprar lotería prácticamente jamás (desde que no bebo, ya ni me pillan esas loteras ambulantes que te atrapan en el restaurante, a la hora del postre, y te endilgan un décimo te pongas como te pongas).

Por regla general, uno puede vivir de espaldas a la lotería durante todo el año, salvo en las entrañables fiestas navideñas, durante las cuales su presencia deviene particularmente conspicua. Del Gordo de Navidad me molesta todo: los anuncios buenistas, la imagen de todo un país poniendo sus ilusiones en manos del azar y, sobre todo, las irritantes vocecitas de los niños del colegio de San Ildefonso cuando cantan los números afortunados (porque no se limitan a enunciarlos, ¡los cantan!). Tampoco puedo con las informaciones televisivas sobre los ganadores, que son cada año iguales e intercambiables: siempre hay grupitos abriendo a lo bestia botellas de cava en la puerta de la administración de turno (y, a veces, tirándoselo por la cabeza), siempre se repite el concepto de que el dinerito era muy necesitado en el barrio y siempre sale alguien que se ha forrado, pero que asegura que esa fortuna solo le servirá para tapar agujeros y que piensa seguir acudiendo cada mañana a su espantoso lugar de trabajo. El día de Navidad me convierto cada año en el señor Scrooge y, frente al televisor, farfullo: “¡Paparruchas, paparruchas!”.

Como la ley de Murphy es implacable y las cosas siempre pueden empeorar, la Generalitat se sacó de la manga hace unos años una lotería local esporádica denominada La grossa. Si los españoles tenían al Gordo, nosotros disfrutaríamos de la Gorda, con lo que, en Navidad, la tortura mediática se duplicaba para los Scrooge del principat. Evidentemente, TV3 contribuyó a la popularización patriótica de la Grossa, aunque no ha dejado de informar sobre el Gordo (generalmente, para señalar que los catalanes han invertido en lotería española más de lo que han recuperado en premios, como si la cosa no fuese un juego de azar, sino una muestra de justicia distributiva). Y, por consiguiente, en estas fechas tan entrañables, la aparición del muñeco de la Grossa --un cabezudo horripilante y terrorífico, ideal para asustar a los niños, que es una síntesis perfecta de Pilar Rahola y Núria Feliu-- es constante en la nostra, con una publicidad mucho más irritante que la de la lotería nacional (o estatal, si se es lazi). No sé a qué agencia encargan los anuncios de televisión, pero me huelo que es siempre la misma, pues siempre se componen de unas imágenes entrañables y graciosillas que dan ascopena y una voz en off aguda y desagradable que intenta potenciar la xerinola. La de este año es más ofensiva que nunca y además canta una cancioncilla que me pone muy nervioso (especialmente al final de la estrofa, cuando asegura que con la Grossa --ay, qué risa--, guanya tutti li quanti).

Puede que yo sea un cenizo al que contraría la alegría ajena, pero no descarto que la campaña publicitaria de la Grossa sea un espanto y constituya una ofensa para cualquier ciudadano con dos dedos de frente y un mínimo de sentido del humor. En cualquier caso, me reafirma en mi renuencia a comprar lotería en general y la autonómica en particular. Igual no he superado el hallazgo de la colección de décimos no premiados de mi pobre padre. O igual es que todo el mundo se traga lo que le echen. A nivel nacional (o estatal), ¿acaso se ha hecho algo para poner en su sitio a los cargantes niños del colegio de San Ildefonso? ¡No! La única propuesta reciente sobre la lotería navideña es esa idiotez políticamente correcta de querer cambiarle el nombre para no dar alas a la gordofobia. Sobre la Grossa, ni eso. Así pues, aunque me quede solo ante el peligro, aprovecho esta columna para solicitar que, por lo menos, TV3 cambie de agencia publicitaria para su campaña navideña y que el TSJC se encargue del que pone la voz en los anuncios. Y si pueden tirar al cabezudo a la basura, mejor que mejor. Muchas gracias.

Se que no me van a hacer ningún caso, pero estamos en la época de los buenos propósitos para el nuevo año, ¿no?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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