La fiesta permanente de Boris Johnson

Ramón de España
7 min

Creo que echaré de menos a Boris Johnson cuando lo desalojen del 10 de Downing Street a base de patadas en el culo. Se lo habrá ganado a pulso, sin duda, pues es una opinión extendida la de que el hombre es una desgracia para Gran Bretaña y, en cierta medida, para Europa y la especie humana en su conjunto, pero todos aquellos que compartan mi retorcido sentido del humor serán conscientes de que nos quedaremos sin uno de los humoristas involuntarios más brillantes de los últimos tiempos. A veces no sirve de nada ser un profesional del humor para conseguir grandes efectos cómicos: fijémonos en el actual primer ministro ucraniano, que viene de la farándula y no tiene maldita la gracia (aunque también es verdad que tener de vecino a un sujeto tan malaje como Vladimir Putin puede agriarle el carácter a cualquiera).

Lo que me gusta de Johnson es que resulta hilarante sin pretenderlo: le basta con ser él mismo y dejarse ir siguiendo sus impulsos y su manera natural de ir por el mundo. Hablamos de un tipo que no distingue una jornada laboral de un jolgorio etílico en los jardines de Downing Street en el que participa durante menos de media hora y luego se vuelve al despacho convencido de haber participado en una reunión de trabajo.

Algo así solo podría pasarle al Bertie Wooster de P.G. Wodehouse, en el improbable caso de que semejante papanatas hubiese llegado a mandamás del Reino Unido. Con la diferencia de que Bertie, aunque de natural zote, era un buen chico, y me temo que no puede decirse lo mismo de nuestro Boris, que lleva toda la vida moviéndose por un único afán: medrar a cualquier precio. Si para llegar a la cima en la que llevaba soñando desde que pasó por Eton y Oxford (donde uno se pregunta qué aprendió exactamente, aparte de perfeccionar ese acento tan posh) había que sacar a su país de la Unión Europea, pues lo sacaba y aquí paz y después gloria, aunque su papel se redujera al de muñeco de un ventrílocuo siniestro llamado Dominic Cummings, que ahora, tras caer en desgracia, ha dejado de ser el Jeeves de Boris para convertirse en su particular profesor Moriarty. Yo creo que estos dos darían para una sitcom estupenda, en la línea de las inolvidables Yes, minister y Yes, prime minister, pero con un tono más cruel, más cercano a Ricky Gervais que a los Roper.

Antes de sentarme a escribir, he estado repasando algunos de los grandes momentos de Boris Johnson y he comprobado, una vez más, que este hombre nunca me defrauda. He vuelto a gozar del célebre vídeo en el que se le ve en un acto oficial peleándose con su propio paraguas, que se le subleva de una manera indignante: primero no se abre, luego se pone del revés por un golpe de viento, a continuación, se le cierra en las narices... Todo ello bajo la mirada, entre comprensiva y displicente, del príncipe Carlos, que no da crédito a la torpeza inverosímil de su primer ministro.

He vuelto a observar la foto en la que se le ve trotando por un jardín mientras pasea al perro, luciendo un pantalón corto que le va estrecho y cuyo estampado floreado hace pensar que se ha olvidado de ponerse los pantalones y se ha lanzado a hacer jogging en calzoncillos mientras sonríe como un orate y el pobre chucho pone cara de estar pasando mucha vergüenza.

He rememorado la semanita de vacaciones que se tomó en Mallorca con la parienta mientras en Inglaterra la gente caía como moscas por el coronavirus. He pasado lista a las buenas costumbres introducidas en el 10 de Downing Street: los llamados viernes del vino (primera cogorza del fin de semana, pero en horario laboral), la necesaria compra de una nevera para evitar que se calienten las cervezas, la oportuna celebración de un jolgorio colectivo en los jardines de la residencia oficial mientras la Reina enterraba a su marido más sola que la una y con mascarilla...

Y así, una detrás de otra, para acabar siempre pillado en algún renuncio y viéndose obligado a pedir disculpas sin mucha convicción, como el que piensa que se enfrenta al juicio injusto de una pandilla de mojigatos carentes de humanidad y negados para el sano esparcimiento.

Yo diría que una de las principales alegrías que nos ha dado Boris a los extranjeros consiste en disponer de alguien que nos causa más rubor que nuestros propios gobernantes. Como español, sector catalán, estoy acostumbrado a la vergüenza ajena que me provocan los políticos nacionales y regionales, motivo por el cual le agradezco efusivamente a Boris que me haya levantado la autoestima con sus gansadas (que, además, tienen mucha más gracia que las de Pedro Sánchez o Carles Puigdemont).

¿Qué es un cenutrio ambicioso? Sin duda. ¿Qué es un político catastrófico? Probablemente. Pero qué gracia tiene el jodío. Ya verán cómo lo acabamos echando de menos cuando lo sustituyan por un aburrido burócrata tory obligado a arreglar todo lo que Boris se ha cargado en el partido conservador, en Gran Bretaña y en Europa entera. Espero que, por lo menos, nuestro hombre se apunte a los habituales circuitos de conferencias con los que se lucran los políticos jubilados, que en su caso --no tengo la menor duda-- se convertirán en momentos estelares de la stand up comedy. El club de la comedia ya puede ir cerrando sus puertas.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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