Llevo tiempo sosteniendo que tenemos la izquierda más tonta de Europa --como dirían Hernández o Fernández, los polizontes gemelos de las aventuras de Tintín, "es mi opinión y yo la comparto"-- y que, en parte, la funesta presencia del PP en el Gobierno de la nación es culpa suya. No es un logro del que sentirse muy orgulloso, pero parece encajar muy bien en la idiosincrasia local, como nuestro liderazgo indiscutible en abandono escolar y consumo de cocaína. Con la muerte de Fidel Castro, nuestros progresistas de estar por casa se han vuelto a retratar. Sin salirnos de Cataluña, el señor Franco Rabell se apresuró a jalear al difunto, mientras que los cenutrios de la CUP interrumpían uno de sus aquelarres para emitir un tuit con la frase "hasta siempre, comandante" (me entraron ganas de tuitear una respuesta, "que te zurzan, comandante", pero recordé que no estoy en Twitter y que me parece de mal gusto celebrar la muerte de nadie: eso ya se lo dejé en su momento a todos los que descorcharon una botella de cava tras la muerte de Franco sin haber movido un dedo para acelerarla).

Se sigue odiando --y con razón-- al dictador de derechas, pero se es extremadamente laxo con el tiranuelo que dice que es de izquierdas

Pasan los años, pero a lo que aquí entendemos por izquierda le cuesta desmontar sus propios mitos. Se sigue odiando --y con razón-- al dictador de derechas, pero se es extremadamente laxo con el tiranuelo que dice que es de izquierdas, hasta el punto de que siempre se le ven las gracias y nunca se le critica con la misma saña que a sus homólogos fascistas. No es descubrir la pólvora afirmar que el revolucionario de Sierra Maestra se convirtió en seguida en un caudillo represor que llenó las cárceles de su país y convirtió a sus habitantes en soplones y prostitutas, pero algunos siguen agarrados al mito del guerrillero libertador, puede que para sentirse jóvenes --como los Franco Rabell de este mundo-- o porque el coco no les da para más --como los Fernández y Arrufats de ese mismo mundo (¡Ánimo, chavales, os queda Kim Jong Un!)--.

Al mismo tiempo, nuestras lumbreras de la (supuesta) izquierda son capaces de confundir el minuto de silencio por la difunta Rita Barberá con un homenaje a su discutible figura y ausentarse del Parlamento. O insinuar, como hizo el autobusero Garganté, que igual el asesinato de Ernest Lluch tenía su razón de ser. Cada vez que Mariano Rajoy gana unas elecciones, nos llevamos las manos a la cabeza y nos preguntamos cómo es posible que haya tanto español al que se la pela la corrupción y la marrullería. Quizás deberíamos empezar a preguntarnos cómo hemos conseguido fabricar una izquierda tan mezquina, tan imbécil y tan pasada de moda. Autocrítica, le llaman a eso.