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¡Exigimos medi(c)ación!

Ramón de España
4 min

Algo chirría en la psique colectiva de una ciudad cuando 200.000 de sus habitantes se echan a la calle para protestar por el encarcelamiento de dos fanáticos situados al frente de sendas sectas destructivas que deberían ser desmanteladas cuanto antes por el bien de la convivencia. Algo chirría en un país (o aspirante a serlo) cuyo jefe de la policía tiene el pasaporte retirado y debe presentarse ante el juez cada quince días. El nacionalismo cada día se comporta más como una secta --hasta los Mossos d'Esquadra, convertidos por su jefe en la guardia pretoriana de un Gobierno demencial, parecen más una secta que una policía judicial--, como un grupo que quiere imponerle a todo el mundo su visión de las cosas, una visión basada en los sentimientos que últimamente deriva a ritmo vertiginoso hacia el sentimentalismo y la cursilería. Para los nacionalistas, los únicos sentimientos válidos son los suyos. Se ve que los demás no tenemos sentimientos o los tenemos de muy baja calidad, por lo que se nos puede ignorar o basurear a conciencia.

Ante la importancia de los sentimientos, ¿quién quiere razonar? ¿Que se fugan las empresas? Pues ya volverán; y si no vuelven, mejor, como sostiene Vicent Partal, esa lumbrera subvencionada. ¿Que caen las reservas hoteleras? Pues que se vayan los turistas a Madrid o a Mallorca, que así estaremos más anchos en Barcelona. ¿Que Europa nos ruega que depongamos nuestra actitud y recuperemos la mítica sensatez? Pues que le den por saco a Europa: nosotros queremos salirnos de España, de la UE y, si hacemos caso a la CUP, hasta del sistema solar, pues soñamos con vivir en la versión nostrada de la aldea de Astérix.

Pediremos mediación cuando lo que necesitamos es medicación: no hace falta que Europa nos envíe políticos, mejor que mande hacia aquí trenes llenos de psiquiatras

Pero, al mismo tiempo, pedimos mediación a Europa con un vídeo melodramático de Òmnium en el que una pobre chica catalana, humillada y ofendida cual personaje de Dostoievski, tilda a España de dictadura tenebrosa y solicita ayuda exterior para salvar a Cataluña del fascismo. Dicho video es puro sentimentalismo, pura cursilería épico-histérica, como lo fue la marcha de las velitas del martes que dejó la Diagonal cubierta de una cera que cuesta Dios y ayuda eliminar (aunque siempre son mejores las velas, todo hay que decirlo, que esas antorchas a lo Ku Klux Klan que tanto les gustan a los de ERC).

Cataluña será cursi o no será. Derramaremos lágrimas de cocodrilo a los acordes de L'estaca o la recuperada Qué volen aquesta gent. Daremos rienda suelta a nuestro trastorno pasivo agresivo, haciéndonos las víctimas sin dejar de insultar a quien nos lleva la contraria, al que calificaremos siempre de fascista, tanto da si escribe libros (Marsé) como si compone canciones (Serrat) o dirige películas (Coixet). Y pediremos mediación cuando lo que necesitamos es medicación: no hace falta que Europa nos envíe políticos, mejor que mande hacia aquí trenes llenos de psiquiatras, como reclamaba hace un tiempo Ignacio Vidal-Folch en un artículo memorable que, claro está, le granjeó el apelativo de fascista por parte de nuestros más sensibleros y cursis conciudadanos, esos falsos oprimidos que solo aspiran a oprimir a quienes no piensan como ellos.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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