Menú Buscar

El día sin coches

Ramón de España
4 min

Barcelona celebra hoy una nueva ocurrencia de su alcaldesa, el día sin coches, que se prevé, lógicamente, caótico e inútil. De hecho, es una jornada más que añadir a todas esas que ya celebramos a lo largo del año y que sirven para quedar bien con colectivos que nos importan un rábano, ya se trate de la mujer trabajadora, de las víctimas del cáncer o de los afectados de ELA. Dedicar un día al año a una causa noble nos hace sentir mejores personas, pero no nos obliga a profundizar en ella durante todo el curso, que eso da mucho trabajo y siempre tenemos temas más urgentes que tratar.

Yo diría que los problemas de circulación de una gran ciudad deben abordarse desde un plan de actuación general y no con propuestas buenistas que no sirven para nada, pero al colauismo le encantan los gestos aparentemente bellos y bienintencionados: ¡Qué bonito es pasear por unas calles sin coches! Y si urbanistas y comerciantes te dicen que el caos va a ser notable, siempre puedes acusarles de no contribuir a la sostenibilidad.

La presencia de vehículos en la ciudad genera problemas, pero no me parece que putear al automovilista un día al año vaya a solucionarlos

Llueve sobre mojado. Antes del día sin coches, llegó la superilla del Poble Nou, cuyos sufridos habitantes llevan quejándose desde el primer día: al que no se le muere la abuela en casa porque la ambulancia no sabe cómo llegar a la puerta del edificio, le han trasladado la parada del autobús al quinto pino y llega tarde al curro cada día (exagero, pero no mucho). Los cambios urbanísticos requieren planes, no gestos, pero éstos son mucho más fáciles de implementar. Y el que venga atrás, que arree. Asimismo, la presencia de vehículos en la ciudad genera problemas, pero no me parece que putear al automovilista un día al año vaya a solucionarlos. Y como cualquier medida práctica resultaría impopular --por ejemplo, que los días pares solo salgan a la calle los vehículos con matrículas pares y los impares, los de matrícula impar--, el munícipe que quiere quedar bien sin buscarse problemas se saca de la manga ideas que conviertan ipso facto en un miserable insostenible al que las discuta: ¿Acaso no nos gusta a todos pasear por una ciudad convertida, aunque solo sea durante unas horas, en inmensa zona peatonal?

Por otra parte, propuestas tan guay como la superilla y el día sin coches son perfectamente compatibles con otras de corte estalinista: recibí hace unos días una carta del ayuntamiento --que no iba firmada por nadie-- en la que se me animaba a denunciar a mis vecinos si a alguno de ellos le daba por alquilarle una habitación a un turista. Poner coto a los excesos del mercado de alquiler debe ser mucho más difícil que crujir a un inquilino que se saca unos euros como puede, pero que no cuente conmigo el ayuntamiento para hacer de delator: si pillo a alguien vomitando en la escalera o gritando como un poseso a las cuatro de la mañana, ya llamaré a la policía o le partiré la cara yo mismo, gracias.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.