Consecuencias de la rusofilia

Ramón de España
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Hace tiempo que los principales protagonistas del subidón republicano de 2017 van desapareciendo de la escena pública, sea por voluntad propia o ajena. Parece que ahora es el turno del sector prorruso, los que creyeron que era una idea brillantísima pedir ayuda a Vladimir Putin y presentarse en el palacio de la Generalitat con algún (supuesto) enviado suyo que venía a ofrecer ayuda y soldados a cambio de criptomonedas y no se sabe qué más.

La cesante Elsa Artadi tiene una cita con el juez para dar explicaciones sobre su participación en el complot, y de Víctor Terradellas se acaban de deshacer en su propio partido cuando el hombre aspiraba a ser el nuevo alcalde de Reus (según él, le han hecho la vida tan imposible que abandona sus planes municipales y, ya puestos, el partido de sus amores, al que acusa de haber contribuido notablemente a su ejecución).

En plena invasión de Ucrania, todo lo que huela a Rusia da cierta grima, y no sería de extrañar que el mismísimo Puigdemont tuviera que acabar dando explicaciones en el Parlamento Europeo, donde ya está en marcha una comisión para aclarar los supuestos contactos de los mandatarios independentistas con ciertos ciudadanos rusos un tanto turbios.

Fuera de la acción de la justicia, los mandamases de JxCat parecen estar deshaciéndose de todos los que tuvieron algo que ver en el sainete ruso de hace cinco años. A Terradellas ha habido que apuñalarlo, directamente. Artadi tuvo el detalle de presentar su dimisión, aduciendo que no se veía con fuerzas para seguir trabajando por el bien de la patria, aunque, puestos a pensar mal, ¿no podría ser que se oliera lo que se le venía encima con la conexión rusa y optara por adoptar un perfil bajo para parar el posible golpe?: ni siquiera la perversa justicia española puede ser tan cruel con un pobre  personaje del Upper Diagonal que no puede ya con su alma y solo aspira a una vida tranquila lejos de la política y de los rusos.

De esta manera, se entendería un poco mejor su dimisión, que siempre sonó a excusa, ya que nadie la había visto deslomarse por la independencia (en todo caso, se había observado la tendencia por su parte a rechazar cualquier cargo que pudiera acabar trayéndole problemas con la justicia). No sé qué tal la tratará el señor juez, pero hay pruebas que la sitúan en el comité organizativo de la visita del (supuesto) emisario ruso a Carles Puigdemont, y aunque ella nos salga con que solo estaba en la reunión para encargarse del buen funcionamiento del samovar, no es muy probable que la crean (como a Terradellas, que ya ha sido llamado a declarar en más de una ocasión y da la impresión de estar metido hasta la papada en los delirios rusos del prusés).

En cualquier caso, Terradellas y Artadi ya son historia del procesismo. Al primero se le ha liquidado desde dentro (inside job, le llaman los anglosajones a esta clase de maniobras), y la segunda, aparentemente, se ha quitado de en medio ella sola, si es que no recibió instrucciones precisas para que lo hiciera, lo que tampoco sería de extrañar. A efectos prácticos, se trata de dos nuevas bajas en el puente de mando del prusés, que se suman a todas las que hemos ido presenciando a lo largo de los últimos meses.

Caen los viejos líderes y no se atisban los nuevos. Cae JxCat en las encuestas mientras se va plasmando la mutación de ERC en la nueva CiU. Mires donde mires en el mapa del lazismo, no ves más que a gente caída en desgracia que parece molestar en los nuevos tiempos neoautonómicos a los mismos que los jaleaban cuando daba la impresión de que con lo de la independencia igual se llegaba a alguna parte que no fuese la cárcel o el maletero de un coche.

Puede que los responsables de la conexión rusa fueran los más tontos de todos, pero eso no les librará de dar las explicaciones pertinentes en el juzgado de turno. Aquí solo se libra de dar explicaciones, por el momento, nuestro inefable Rey emérito. Pero ya veremos cuánto le dura el pitorreo.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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