La gran siesta de la democracia

Ramón de España
6 min

Definitivamente, el Día de la Marmota ha venido para quedarse. Nuestra burguesía sigue adelante con su suicidio colectivo (arrastrándonos también a los pelacañas) y ha repartido sus votos entre ERC y JxCat: les va la marcha y aspiran a cuatro años más de bronca permanente, mal rollo dentro y fuera de Cataluña y una ruina previsible a pocos años vista. A nuestros lazis les da igual la incompetencia de los dos principales partidos independentistas, igual hasta les parece que brillan por su eficacia. El efecto Illa, a todo esto, se ha reducido a pillar la mitad de escaños que los independentistas de relumbrón, quienes cuentan además con los de la CUP, el socio ideal para llegar a la República Catalana, como todo el mundo sabe.

Entre un tipo razonable y de derecha liberal como Alejandro Fernández y los energúmenos de Abascal, la derechona catalana ha preferido a éstos: nueve diputados de Vox van a entrar en el Parlament. Ciudadanos (y el PP) caen en la irrelevancia y sus posibles votos no le van a servir de nada al PSC para acceder a la presidencia de la Generalitat, por mucho que Illa insista en presentar su candidatura (más que nada, para no protagonizar una espantada como la de Inés Arrimadas hace cuatro años). El futuro del paisito está en manos de un niño con barba y de un presidiario místico, que son quienes deben decidir entre la patria y la izquierda (por si acaso, para no cerrarse puertas, Aragonès le hizo firmar a otro el documento anti PSC de la campaña).

Mi sensación particular es que seguimos en las mismas, que aquí no ha cambiado nada, que la tabarra independentista sigue en todo su esplendor y que en Cataluña seguimos atrapados con un solo juguete. Tal vez esa sensación --la de que aquí, hagas lo que hagas, nada cambia ni aporta novedades-- es la responsable de que casi la mitad de los catalanes con derecho a voto se negaran a ejercerlo el domingo. Dicen que los unionistas son los más fatalistas ante la realidad del paisito, pero yo creo que el fatalismo, el aburrimiento y la sensación de que cada día es el Día de la Marmota se extienden entre toda la población. Unos, porque ya no se creen que la independencia esté al caer. Otros, porque se han dado cuenta de cómo son una elevada cantidad de sus conciudadanos y han llegado a la conclusión de que no hay nada que hacer para volver a lo que consideran cordura. En cualquier caso, una sociedad a la que al 50% de su población se la pela el resultado de sus elecciones es una sociedad en claro riesgo de descomposición, aunque a los políticos les de igual porque solo piensan en sus malditos escaños y en sus posibilidades de medrar y de imponer sus puntos de vista a la comunidad (si solo votan cuatro, les parecerá de perlas si les votan a ellos).

Yo diría que, poco a poco, se va extendiendo la idea de dejar a Cataluña por imposible, tanto en el bando constitucionalista como en el independentista. Aquí ya solo votan los creyentes y algunas almas puras y nobles. La gran fiesta de la democracia --que es como llaman los cursis a las jornadas electorales-- se convirtió el domingo en la gran siesta de la democracia. Como he decidido dimitir de mis obligaciones como ciudadano en cuanto me caigan los 65 (el próximo mes de mayo), considero mi visita del domingo al colegio electoral una especie de despedida, aunque desprovista de la satisfacción del deber cumplido. El tipo al que voté (no porque me fascinara, sino porque los demás me daban más grima) acabará en la oposición o montando un tripartito churroso con el niño barbudo y la valenciana que hace como que es catalana, de la misma manera que su jefe en Madrid ha montado un gobierno infecto con esa fuerza tóxica, viejuna y guerracivilista que atiende por Podemos (también le voté).

Me da asco el gobierno español y me dará asco el gobierno que se monte en Cataluña, sea cual sea (si es que no hay que repetir las elecciones, aunque aviso de que me pillarán ya jubilado en cuestión de urnas). Esto es lo que siento y no me voy a inventar un optimismo del que carezco. Cataluña va a seguir perdiendo peso dentro de España y España, dentro de Europa. Parece que es lo que queremos; así pues, que nos aproveche a todos. En cuanto al parlamento del paisito, entre los lazis y Vox se prevén cuatro años de bronca cotidiana y grandes posibilidades de llegar a las manos en el hemiciclo, cosa que al principio nos dará vidilla y luego, vergüenza. ¡Bienvenidos a Cataluña, la nación milenaria, aunque sin estado, que no va a ninguna parte!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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