La Brimo y su gestión emocional

Ramón de España
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Leo en un diario del régimen que el consejero Elena ha decidido impartir a nuestros antidisturbios unas clases de psicología que les ayuden en lo que él llama “gestión emocional”. Inmediatamente, me vienen a la cabeza unas recientes imágenes de Tiana en las que se ve a unos cuantos Mossos d'Esquadra huyendo de una turba de adolescentes borrachos que los quiere canear convenientemente por haber tenido el descaro de interrumpirles el botellón, y me pregunto: ¿no sería mejor olvidarse de las emociones de nuestros polis y enviarlos en mayor número y mejor pertrechados a restablecer el orden? A fin de cuentas, para entrar en la Brimo no se le pide a nadie un doctorado en Harvard, dado que su labor, tan primaria como importante, se reduce a disolver a las masas molestas a porrazos, algo que, según Elena, es lo último que debería hacer cualquier agente de la unidad antidisturbios. No sé en cuál de los mundos de Yupi vive este ex sociata reciclado en lazi con cargo, pero lo de la gestión emocional de sus muchachos no me parece la principal ayuda que éstos necesitan en los tiempos que corren. Tal vez agradecerían, sin ir más lejos, un poco más de apoyo de sus mandos políticos y del gobiernillo en pleno, en vez de enviarles a unos psicólogos que les digan que ojito con la porra y que más diálogo y menos proyectiles de espuma. O que la radio oficial del Movimiento no contratara como tertuliano a un sujeto que lesionó a un compañero arreándole con el palo de una bandera en una manifestación, como es el caso de Marcel Vivet, al que Laura Rosel (sí, la que llevaba en el FAQS camisetas con el careto de Puchi) ha acogido en su programa matutino de Catalunya Ràdio.

No sé si detrás de la ocurrencia de Elena están las chicas de la CUP, pero no sería de extrañar, aunque también es posible que el señor consejero se baste y se sobre para alumbrar ideas de bombero. Yo diría que los antidisturbios no tienen problemas psicológicos, en general (aunque puede que alguno los tenga a nivel particular, es una posibilidad que no se puede rechazar de entrada). Yo diría que, si alguien tiene problemas, más relacionados con la ineptitud que con la psicología, son los mandos que los envían a disolver a una masa de jóvenes poseídos por la euforia etílica en un número tan ridículo que tienen que salir pitando para que no los linchen mientras esquivan como pueden las pedradas y los botellazos que les caen (no negaré que, siendo joven y estando cocido, zurrar a la pasma tiene que ser un entretenimiento de primer orden, pero la obligación de ésta en una sociedad normal --o sea, cualquier sitio que no sea Cataluña-- es imponerse a porrazos y dejar la gestión de sus emociones para otro momento).

Si tanto le interesa al consejero Elena la gestión emocional de quien detenta el poder, podría aplicarse el cuento a sí mismo y a sus compañeros en el gobiernillo, dado que lo que muchos de ellos necesitan no son psicólogos, sino psiquiatras. Ya puestos, al patufet que está al frente de la banda tampoco le vendrían mal unas clases de buena educación, materia de la que anda muy necesitado, como pudimos comprobar hace unos días, cuando, tras el paripé de la Mesa de Diálogo, le dio por retirar la bandera española y dejar solo la catalana para dar su versión de los hechos desde el atril: un gesto pueril y grosero que se podría haber ahorrado si hubiera prestado más atención en la escuela a las clases de urbanidad.

Si alguien debería gestionar mejor sus emociones (y sus declaraciones, y su actitud en general) es el gobierno autónomo, no la Brimo, que lo único que necesita es material adecuado y unos mandos que no consideren que con una docena de agentes mal pertrechados se puede disolver a una manada de chavales, carne de botellón, convencidos de que hacer el animal en público es un derecho constitucional. Estamos tristemente acostumbrados a soportar a políticos, dentro y fuera del gobiernillo, que están pidiendo ayuda psiquiátrica a gritos (pensemos en Cuixart o Paluzie, sin ir más lejos, o en el vicepresidente Puigneró, o en el ex presidente Torra…), pero en esos no piensa el consejero Elena, que no es más que un chaquetero y un oportunista a lo Mascarell, lacras morales contra las que nada puede hacer la psiquiatría. No, el consejero Elena cree (o lo aparenta para quedar bien con un incómodo socio de gobierno) que los que necesitan ayuda psicológica son los antidisturbios de la policía autonómica. Más le valdría dejarlos trabajar en paz y preocuparse por la salud mental de los suyos, que a muchos se nos antoja de lo más preocupante.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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