Auge del frikismo independentista

Ramón de España
4 min

Las efusiones del populacho independentista siempre han tenido un notable componente friki, pero últimamente las cotas de extravagancia han crecido de manera exponencial, hasta el punto de suscitar entre las personas cabales una cierta alarma social. Yo diría que la evolución hacia el disparate total empezó con Joan Porras --en arte Joan Bonanit-- y con aquella mujer rubia de cabello corto y mantón de Manila que le bailó descalza una especie de aurresku a la catalana a nuestro presidente suplente en ya no recuerdo qué ceremonia fundamental. Si nadie le preguntaba al chaval que iba cada noche a Lledoners a arropar con su voz y su megáfono a los héroes de la república encarcelados si era tonto de baba o no se echaba novia ni a tiros, y si a nadie se le escapaba la risa mientras la danzarina patriótica daba saltitos delante de las autoridades es que en Cataluña, ya se podía hacer cualquier cosa en nombre de la independencia: el legendario temor de los catalanes a hacer el ridículo había pasado definitivamente a la historia.

Hemos tenido pruebas recientemente de este aserto. Pensemos en aquel señor que volvió de Waterloo con un tarro lleno de tierra de la mansión de Puigdemont y lo mostraba a la cámara con indisimulado orgullo, aunque la consistencia fofa del material y su color oscuro ofrecía un aspecto más excremental que elegíaco. Al principio, lo reconozco, pensé que era caca de Puchi, quien había encontrado en la comercialización de sus heces una nueva manera de sablear a los catalanes, pero no, solo era la reliquia de un peregrino a Tierra Santa. ¿Y qué decir de ese empresario independentista que puede acabar al frente de la Cámara de Comercio? Joan Canadell era aquel perturbado que, hace un tiempo, circulaba con una careta de Puigdemont en el asiento del copiloto y urgía a los demás conductores a hacer lo propio. No sé si conversaba con la efigie del presidente legítimo, pero si alguien tan sesudo y pomposo como Enric Juliana hablaba en un figón de Madrid con un toro disecado, no me extrañaría que así fuera.

No era fácil superar al de la seudo caca presidencial y al que viajaba con una efigie de Puchi --Camilo Sesto circulaba con un maniquí al lado, pero era para poder utilizar el carril VAO sin que lo multaran--, pero el candidato a la alcaldía de Badalona por como se llamen ahora los convergentes lo ha logrado. David Torrents Mingarro, que así se llama el pavo, se ha retratado en los carteles electorales con una oreja pintada de amarillo. Yo pensaba que era un truco fotográfico, pero luego vi una imagen del menda al natural y seguía con la oreja amarilla, señal de que sale así a la calle y a nadie le preocupa su salud mental. ¿Por qué la oreja en vez de la nariz? ¿Por qué la izquierda en vez de la derecha? ¿No tiene un buen amigo que le diga “¿A dónde vas con la oreja pintada de amarillo, cenutrio?”.

Aunque falta muy poco para las municipales, yo aún espero a alguien que supere al de la oreja amarilla. Ánimo, indepes, que por la patria hay que estar dispuesto a hacerlo todo. Hasta el ridículo, especialmente.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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