A moro muerto, gran lanzada

Ramón de España
4 min

Nunca superaremos el trauma de no haber hecho nada para impedir que Franco muriera de viejo. De ahí que los más tontos de entre nosotros se acerquen a la estatua decapitada del dictador que hay frente al Born para arrojarle huevos, pintarle insultos o depositarle una muñeca hinchable en el regazo. No se corre el menor riesgo, ya que el tirano lleva cuarenta y tantos años muerto, y se queda como un progresista de tomo y lomo. El hecho de que la estatua forme parte de una exposición y cumpla un cometido, aunque solo sea escenográfico, se la trae al pairo a nuestros antifranquistas de salón, aunque el lanzamiento de huevos habría resultado más digno y valeroso a finales de los años 60, durante alguno de aquellos desfiles de la victoria en los que el Caudillo se desplazaba a Barcelona. Pese al hecho diferencial, Cataluña, como el resto de España, cree a rajatabla en el célebre dicho: a moro muerto, gran lanzada.

Aún no he visto la exposición de marras, pero creo que algo que consigue sacar de quicio a los nacionalistas y a la Fundación Francisco Franco debe tener algún mérito

Aún no he visto la exposición de marras, pero creo que algo que consigue sacar de quicio a los nacionalistas y a la Fundación Francisco Franco debe tener algún mérito. Entiendo el rebote de lo que queda de Convergència porque es como mentarle la bicha, no en vano se nutrió al principio de su tenebrosa carrera de franquistas reciclados que querían seguir cortando el bacalao. También entiendo el de ERC, pues sus militantes han vivido (y algunos disfrutado) el fascismo nostrat gracias a Heribert Barrera. Lo que ya me cuesta más de entender es que gente como el de los huevos y el de la muñeca hinchable no quieran ver que la estatua del jinete a lo Sleepy Hollow forme parte de una propuesta histórico-artística. Supongo que lo próximo será exigir que en las películas ambientadas en la Alemania nazi no salga ni una esvástica, por si se ofenden los descendientes de alguna víctima de Auschwitz, y que su lugar en las banderas lo ocupen Mickey Mouse o el pato Donald, que resultan más simpáticos y siempre permiten sacarle unos euros a Disney en concepto de product placement.

Que al pobre Pisarello, que no es más rojo porque no entrena, le hayan llamado “fascista” y “nazi” da una idea de la empanada mental de quienes se oponen a la exposición

Que al pobre Pisarello, que no es más rojo porque no entrena, le hayan llamado “fascista” y “nazi” da una idea de la empanada mental de quienes se oponen a la exposición, que son como esos simplones que cuando el dedo señala la luna miran el dedo. No deberían enfadarse con la alcaldesa, que solo pretende ampliar un poco la oferta expositiva del centro y, de paso, hacer un poco de guerracivilismo, que nunca va mal cuando estás, como ella, en permanente campaña de autopromoción. Supongo que las exposiciones les dan igual y que ya se apañarían con un Born sin salas ni librería ni restaurante en el que solo quedaran las ruinas de 1714 para recordarle al pueblo la maldad intrínseca de los españoles, esos que no querían pagar una biblioteca, pero les dijimos que no porque nos gustan más los pedruscos.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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tobermory 20/10/2016 - 22:25h
Si los tontos volasen harían lo que hacen las palomas en las estatuas sin alharacas ni soponcios, pero el gran inconveniente es que nunca veríamos el sol. Esto le pasa a Pisarello por bueno, por izquierdista y por volar sin paracaídas sabiendo como debería -los tiene bien cerca- que aquí disfrutamos de una categoría autóctona de cenutrios mutantes que no se conforman con mirar la luna cuando se la señalan con el dedo, es que te lo muerden, boludo.
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