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Todos somos 'Sota'

Ramón de España
5 min

Desde tiempo inmemorial, el hombre pone en práctica el acuerdo al que llegó con el perro: "Si te portas bien, eres cariñoso y haces compañía, te pegarás la vida padre en mi casa, donde estarás calentito y se te alimentará. Eso sí, como te digo una cosa te digo otra: si se te ocurre morderme, date por muerto". El acuerdo rige también para la mayoría de los perros, que ya han visto cómo acaban otros animales menos sociables: cazados a tiros o deglutidos por los seres humanos. Con el cerebrito que Dios les ha dado, la verdad es que los chuchos hacen maravillas para sobrevivir de la forma más digna posible, aunque a veces haya que incurrir en el colaboracionismo mordiendo a las ovejas, por ejemplo.

Los que no suscriben ese acuerdo tácito suelen acabar mal. Véase el caso de la perrita Sota --diminutivo de Minnesota--, que tuvo la desafortunada idea hace unos días de intentar zamparse el brazo de un guardia urbano y éste le voló la cabeza de un disparo. Una historia triste, pero banal, que habría acabado ahí de no ser por la sensiblería histérica de los animalistas, que no se creen la versión del guardia y, prácticamente, lo consideran un psicópata que sale de casa cada día pensando en cuántos chuchos se va a llevar por delante durante su jornada laboral.

Entre un bicho y un ser humano, los animalistas optan siempre por el bicho. Según ellos, el guardia debería haber aturdido a Sota con una pistola Táser o haber recurrido a un negociador especializado en atracos con rehenes. El Pacma pide la cabeza del agente y la CUP la del jefe de la Guardia Urbana mientras el compañero de fatigas de la difunta, un homeless estonio, niega haberle arreado al supuesto asesino con un patinete y habla de ejecución a sangre fría. Llevamos ya en Barcelona dos manifestaciones bastante nutridas exigiendo justicia para Sota. Quien, no se lo pierdan, estaba siendo evaluada por un comité de expertos para dilucidar si su relación con el estonio era tóxica o, por el contrario, facilitaba la acogida de ambos en una institución benéfica.

Llámenme insensible, pero yo todo esto no lo encuentro muy normal. Un guardia mata a un perro que lo ataca. Esta noticia, hace años, ni habría salido en la prensa. Pero ahora es fuente de escándalo e indignación. ¡Justicia para Sota! ¡Todos somos Sota! Y, mientras tanto, al CDR que le volaron un testículo el día del Consejo de Ministros, que lo zurzan, pues solo es un ser humano (espero, por lo menos, que lo sumen al circuito de oradores indepes, junto al que perdió un ojo y la que dice que le rompieron los dedos de la mano de uno en uno mientras le sobaban los pechos). Y que zurzan también al torero fallecido en acto de servicio. Y al que se carga a un oso en el bosque para impedir que el plantígrado se lo zampe. Y al que ejecute a una cucaracha en la cocina con la zapatilla. Y así sucesivamente.

Crear un partido político para cuidar de los animales --cuando se supone que los partidos están para mejorar la vida de los seres humanos-- es una idea idiota en la que no creen ni sus promotores, pues presentan a humanos para el parlamento. Un error, pues dado el nivel de nuestros políticos, seguro que hay chimpancés que conseguirían más votos que ciertos candidatos bípedos. Montar cirios espectaculares por la muerte de un chucho, tal como está el mundo, es de una frivolidad, una tontería y un fanatismo indignantes. No sé qué problema mental atesoran ciertos animalistas, pero una visita al psiquiatra no les haría ningún daño.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.