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A moro muerto, gran lanzada

Ramón de España
4 min

Una cosa es la memoria histórica y otra, la memoria histérica. El actual Ayuntamiento de Barcelona brilla con luz propia en esta segunda variedad, como han demostrado recientemente iniciativas tan esperadas por el ciudadano como empapelar a jueces franquistas que fueron especialmente dañinos para el colectivo LGTB o dedicarse a la caza de aviadores italianos que participaron en el bombardeo de Barcelona durante la Guerra Civil. Siguiendo esa línea, ahora la administración de Colau se dispone a quitarle a Franco la medalla que el ayuntamiento le otorgó cuando lo de sus 25 años de paz y, ya puestos, retirarles la medalla de oro de la ciudad al general Muñoz Grandes, al Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, a la Sección Femenina de la Falange y hasta al gobernador militar y luego civil de Barcelona en los tiempos de Primo de Rivera, Severiano Martínez Anido (1862 – 1938), un militar muy bruto no, lo siguiente, que saltó a la fama con la aplicación de la Ley de Fugas (ingenioso sistema para poner orden, si bien éticamente discutible, que consistía en sacar al preso a la calle, quitarle las esposas y decirle que se largara; en cuanto éste salía pitando, se le disparaba por la espalda y luego se le decía a la opinión pública que había sido abatido mientras se daba a la fuga).

Sin duda alguna, es muy triste que nuestro ayuntamiento distribuyera en su momento esas medallas, pero así es la dura realidad. Y no tiene nada de extraño. Cuando ganas una guerra, te concedes medallas a ti mismo y a los de tu cuerda, de la misma manera que fusilas a todos los que no te caen bien. Son las cacicadas típicas del vencedor en una dictadura (en una democracia, lo máximo que te puedes permitir es ponerle una calle a Pepe Rubianes). Pasado el tiempo --e incluso en su momento-- nadie se toma en serio esas medallas, de la misma manera que nadie considera legales los juicios sumarísimos como el de Companys. No hace falta anular esos juicios --pese a la insistencia de ERC-- porque se anulan solos, porque es evidente que se trata de decisiones arbitrarias adoptadas en tiempos de venganza. Ni hace falta retirar unas medallas concedidas por obligación o sobreactuación municipal en épocas negras. Es imposible negar que el Ayuntamiento de Barcelona distinguió a gente poco distinguida o que el gobierno español de la época mandó fusilar a Companys, pero ni el uno ni el otro tienen por qué pedir disculpas de lo sucedido en otro tiempo gracias a otras personas (por el contrario, aún se está a tiempo de devolverle la calle al almirante Cervera y de quitarle la suya a Sabino Arana). Dedicar tiempo a discutir esas iniciativas, con todo lo que hay que hacer en Barcelona, es una pérdida de tiempo y de dinero. Que se confiten los muertos sus medallas y que no nos hagan perder el tiempo a los barceloneses de ahora.

El Caudillo se las apaña muy bien para seguir dando la lata incluso muerto, como se deduce del sainete del traslado de sus restos. Espero que no lleve puesta la medalla que le concedió Barcelona en 1964, pues Pisarello es capaz de exigir que se abra el féretro para arrancarle personalmente la medalla de marras de la solapa: hay gente capaz de cualquier cosa con tal de escaquearse del curro.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.