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Año nuevo, ideas viejas

Ramón de España
4 min

Ya he perdido la cuenta de los años que llevamos oyendo la misma promesa en labios de diferentes alcaldes de Barcelona: las bicicletas abandonarán las aceras, ahora sí, esta vez va en serio y tal y tal. Al lado de casa, en la Rambla de Cataluña, hay unas bonitas señales en el suelo prohibiendo la circulación de bicicletas que ya no sé de qué administración datan, pero están medio borradas por el tute al que han sido sometidas por….¡las ruedas de las bicicletas!

Ahora dicen en Can Colau que por fin ha llegado el momento, pero uno sigue esquivando ciclistas especializados en el eslalon humano porque el primer mes de la medida es de aviso: hasta el uno de febrero no llegarán esas multas de 100 euros de las que se nos habla. Supongo que hay que ser comprensivo con los ciclistas de acera: solo han tenido 20 años para entender que su presencia es molesta y peligrosa, por lo que tienen derecho a un mes más de tolerancia y lo piensan apurar hasta el último día. ¿Se portarán como deben a partir del 1 de febrero? Me permito dudarlo.

Y lo dudo porque todos los ayuntamientos recientes de esta bendita ciudad se distinguen por promulgar leyes de cuyo cumplimiento luego no se encargan. Y porque, en este caso concreto, la figura del ciclista viene envuelta en un halo de santidad que arranca de los tiempos en que el alcalde era Pasqual Maragall (si el santo laico sobre dos ruedas lucía, además, una mascarilla contra la polución, devenía también un héroe de la ecología y de la sostenibilidad). Si por casualidad se cumple la nueva ley contra las bicicletas en las aceras, el colectivo ciclista reaccionará de la manera esperada: acusando al ayuntamiento de recaudar dinero a espuertas con las injustas multas y presentarse como las víctimas inocentes de un sistema que no se atreve a plantar cara a los poderosos. Preparémonos para una campaña de gimoteo sobre ruedas que durará lo suyo. Y no descarto una escisión entre los diferentes torracollons de acera: no creo que falte mucho para que los ciclistas se cabreen con los del patinete eléctrico, éstos con los del segway, y los del segway con los amputados en tarima de postguerra y propulsados por sendas planchas, si es que queda alguno.

La otra idea viejuna con que Ada Colau nos felicita el año nuevo es el tranvía que ya nos intentó endilgar hace un tiempo y que no coló por su excesivo coste. Ahora dice que una encuesta afirma que un 60% de la población está a favor del tranvía por la Diagonal (espero que sea más de fiar que la del 80% de catalanes a favor de un referéndum de autodeterminación). De momento, a mí la alcaldesa ya me ha vencido por cansina. ¡Adelante con el tranvía si así deja de dar la brasa! Como ya tengo una edad y empiezo a albergar ideas de jubilator pienso que, como no me divierten ni la petanca ni la supervisión de obras públicas, igual me lo paso bien recorriendo la ciudad de extremo a extremo en tranvía. Y si por el camino atropellamos a algún ciclista o patinador eléctrico, todo eso que me llevo, ¿no?

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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