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Hace años que el MACBA le tenía echado el ojo a la aledaña capilla de la Misericordia para ampliar sus instalaciones, pero nuestro ayuntamiento prefiere instalar ahí un CAP, creando así, de manera voluntaria o involuntaria, una polémica innecesaria sobre el arte y la sanidad. Creo que todos estamos de acuerdo en que, cuantos más centros de atención primaria haya en Barcelona, mejor que mejor. Y la plaza del MACBA es todo un imán para las contusiones necesitadas de atención urgente, pues si no se abre la cabeza un skater tras unas cabriolas imposibles, algún transeúnte puede ser arrollado por el patinador de turno. Cada vez que voy al museo, cruzo la plazuela con la sensación de que en cualquier momento se me puede llevar por delante un adolescente trufado de tatuajes y con la visera de la gorra hacia atrás. Puede que los chavales tengan perfectamente controlada la situación, pero hay en ellos cierta agresividad --ganas de hacer sentir su presencia, de marcar el territorio, la manía de pasarte a dos centímetros de distancia-- que resulta un pelín molesta y que se extiende a las callejuelas circundantes: todos parecen convencidos de que les asiste el derecho constitucional a hacer ruido y a esquivar a los paseantes como si fuesen las banderolas de un slalom en la nieve.

Desde ese punto de vista --ya que a nadie del equipo Colau se le ha ocurrido ofrecerles un espacio alternativo a los patinadores en el que puedan moverse a sus anchas y, sobre todo, dejar de tocar las narices al peatón, tanto si es aficionado al arte contemporáneo como si no--, el nuevo CAP es básico para atender a los de la tabla y a sus posibles víctimas. Ahora bien, ¿es necesario instalarlo en ese recinto que tan bien le vendría al museo para ampliar sus instalaciones? ¿No hay otro local por la zona que pueda convertirse en el nuevo CAP? Entre la capilla y la expulsión de los skaters a algún patinódromo del extrarradio, el barcelonés podría acceder a un MACBA renovado en condiciones de casi absoluta seguridad (siempre quedaría algún tironero y algún ladrón de móviles, por supuesto).

La actitud del ayuntamiento permite a los suspicaces --entre los que me encuentro-- intuir una actitud populista más del clan de los Pisarellos, tan aficionados ellos al arte popular y tan poco partidarios del arte elitista: donde haya un buen correfoc --aunque ardan los pisos más cercanos a la calle, como le pasó a una amiga mía de Gracia--, que se quiten lienzos, esculturas e instalaciones incomprensibles para el común de los mortales. No se trata aquí de elegir entre lo urgente y lo superfluo, entre cine y sardina, como decía el título de un libro de Cabrera Infante, sino de tomarse tan en serio al cine como a la sardina. O, en este caso, a la sanidad y al arte contemporáneo. El MACBA siempre ha sido como una fortaleza sitiada por los bárbaros. ¿No va llegando la hora de tomarse un poco más en serio nuestro museo de arte contemporáneo y de dejarlo crecer para que pueda ir ascendiendo en la liga internacional de equipamientos similares? Si se busca un poco, seguro que aparece otro sitio en el que instalar el CAP. A no ser, claro está, que de lo que se trate sea de arrearle un sopapo popular a una institución supuestamente elitista. Lo cual tampoco es tan fácil de descartar si tenemos en cuenta con quién nos jugamos los cuartos.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.