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Bueno, en realidad lo que arde en Barcelona es lo que está junto al mar, la Barceloneta, pero no he podido resistir la tentación de robarle a Pere Gimferrer el estupendo título de su primer libro de poemas para encabezar esta columna. Ada Colau tuvo el detalle de abandonar momentáneamente sus vacaciones para asistir a la encerrona antimonárquica del 17 de agosto, convenientemente disfrazada de homenaje a las víctimas del atentado yihadista del verano pasado, pero no se le ocurrió darse una vuelta por la Barceloneta, donde los vecinos están que trinan a causa del caos en que viven, por lo que debería ganarse sus votos uno a uno. ¿Pero qué se puede esperar de alguien que no acude ni a sus propias reprobaciones? Sí, vale, las dos primeras se las tragó en directo, pero la tercera prefirió ser reprobada in absentia, como queriendo indicar a los reprobadores lo mucho que valora sus opiniones.

Cuando te reprueban tres veces en cuatro meses, lo normal es pensar que tal vez no estás haciendo las cosas muy bien. A no ser que estés convencido de que eres estupendo y de que tus adversarios políticos, sencillamente, te tienen manía porque eres mujer, pobre, bisexual y un pelín rolliza. La defensa Colau es, indudablemente, ingeniosa y eficaz, pero solo hasta cierto punto: a medida que la gente se vaya hartando de la cantinela, habrá que irla corrigiendo y aumentando. No quedará más remedio entonces que sacar a relucir a la bisabuela judía muerta en Auschwitz tras ser sometida a los delirantes experimentos eugenésicos del doctor Mengele. O a la requetetatarabuela negra que vivía explotada en una plantación de algodón de Carolina del Norte y que fue violada por el propio Thomas Jefferson, al que le iban las afroamericanas más que a Robert de Niro. De esta manera, cualquier muestra de ineptitud de la alcaldesa podría afrontarse con un mantra de lo más contundente: “Me odian porque soy mujer, pobre, bisexual, judía y negra”. Con semejante historial, a ver quién es el reaccionario miserable que se atreve a no votar por ella.

Mientras tanto, en la Barceloneta, el personal anda soliviantado por la avalancha de beodos, drogadictos, juerguistas profesionales, camellos, vendedores de mojitos elaborados con aguas fecales, manteros, turistas que entran y salen de apartamentos ilegales con sus maletas de ruedecitas, meones de farola y cagones de matojo. Lo raro es que todo ese malestar no esté siendo explotado por la oposición. Las elecciones municipales se acercan y cualquier representante político de la ley y el orden podría hacer su agosto --nunca mejor dicho-- durante estos días. Será que, al igual que Colau, también están de vacaciones y no quieren perder el tiempo con la chusma: ¿para qué se quedan en la Barceloneta cuando se está tan bien en la Cerdanya y en el Empordà?

En fin, que los unos por los otros, la casa sin barrer. Y así se va a quedar hasta pasada la Diada, que es el último puente guapo de las vacaciones estivales. Con un poco de suerte, se arregla todo solo cuando los turistas vuelvan a sus países de origen y no quede a quién envenenar con los mojitos de alcantarilla. O sea, el sistema Rajoy. Tantos años poniéndolo verde y ahora resulta que era un visionario de las políticas sociales.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.