Luño-Vilarasau-Fainé, la troika que encumbró a La Caixa

Gonzalo Baratech
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La Fundación Bancaria La Caixa ha renovado el mandato de Isidro Fainé como presidente durante cuatro años más. La institución desarrolla una vasta labor filantrópica y además posee el 100% de la compañía holding Criteria. Ésta, a su vez, es la mayor accionista del gigante bancario Caixabank, amén de poseer participaciones en empresas de variados sectores.

Isidro Fainé Casas ingresará en julio próximo en la áurea categoría de octogenario. Se trata de un caso insólito --y tal vez único-- de supervivencia al frente de un ente crediticio. Si cumple el mandato entero, batirá otro récord. El de una militancia ininterrumpida en banca durante nada menos que 65 años.

Su primer empleo en ese ramo lo obtuvo en el legendario Banco Atlántico, de Barcelona, en 1961. A la sazón, lideraba su consejo de administración Casimiro Molins, titular de la cementera que lleva su apellido.

Cuatro lustros después, en 1982, Fainé aterrizó en el grupo La Caixa. Fue contratado por el director general, José Vilarasau, en calidad de subdirector. En 1999 ascendió a director general y en 2007 dio el salto a la presidencia, que ocupaba Ricardo Fornesa.

Fainé y Vilarasau, que el mes pasado sopló 91 velas, integran el terceto de altos directivos que desde el final de la Guerra Civil forjaron el coloso que Grupo La Caixa es hoy.

El otro miembro de esa troika es su predecesor Enrique Luño Peña, quien desempeñó la dirección general de la caja durante el dilatado periodo 1941-1976. Nacido en una minúscula aldea zaragozana, fue catedrático de Derecho Natural y Filosofía del Derecho. Entre otros muchos cargos, lució el de rector de la Universidad de Barcelona.

Los amanuenses del separatismo catalán, comenzado por el historiador Francesc Cabana, cuñado de Jordi Pujol, pusieron como chupa de dómine a Luño. Le acusaron, entre otras iniquidades, de haber actuado como esbirro del franquismo para exprimir las arcas de la caja y trasvasar sus caudales a Madrid. Nada más lejos de la realidad.

El propio Vilarasau ha reconocido de forma palmaria que en los 35 años de certera gerencia de Luño, la que entonces se llamaba Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorros de Cataluña y Baleares alcanzó tres logros fundamentales.

Primero, mantuvo una política inversora basada en la prudencia y la solidez, impulsó el crédito hipotecario para la compra de viviendas, y cuando ese crédito no bastó para empujar las promociones, acometió directamente su construcción. Gracias a ello, cientos de miles de humildes familias catalanas se auparon al rango de propietarias de sus hogares.

Segundo, la Caja de Pensiones fue pionera en la implantación de los sistemas de teleproceso, que emprendió a partir de la lejana fecha de 1961. Por entonces, ningún intermediario celtibérico del dinero había iniciado todavía su apertura al mundo de la informática.

Merced a esa sabia anticipación, la Caja de Pensiones dio sopas con honda a los “siete grandes” del sistema financiero y creció a ritmo vertiginoso, hasta el punto de encumbrarse al quinto puesto del escalafón nacional, tras Banesto, Hispano Americano, Central y Bilbao.

Y tercero, no menos importante, Luño preservó contra viento y marea la independencia de la corporación frente a las intromisiones de los grupos de presión económicos o políticos. Y ello pese a que el régimen autoritario imperante reducía el margen de autonomía de toda institución que tuviera una proyección destacada.

A propósito de injerencias, baste recordar el siniestro episodio intervencionista que protagonizó Jordi Pujol cuando encabezaba la Generalitat. El antaño muy honorable trató por todos los medios de mangonear La Caixa e intentó colocar en la cúpula a alguno de sus paniaguados.

Vilarasau se resistió como gato panza arriba a semejante intromisión. Ni cortos ni perezosos, Pujol y el “conseller” en jefe Artur Mas urdieron su particular venganza siciliana. Pergeñaron una ley ad hoc para laminar al indómito ejecutivo. O sea, una regulación elaborada con la exclusiva finalidad de apearlo de la presidencia.

Pujol consiguió echar a Vilarasau pero por fortuna fracasó con estruendo en la pretensión de posar sus manos pecadoras sobre la poderosa caja de ahorros.

Por cierto, cuando Vilarasau relevó a Luño Peña en 1976 como director general, descubrió que su sueldo se cifraba en la módica suma de 500.000 pesetas mensuales. O sea, a años luz de los astronómicos emolumentos que se embolsan hoy los capitostes de la banca hispana.

Es de lamentar que los delirios secesionistas y la insensatez de algunos políticos forzaran en 2017 a la Fundación La Caixa a salir por piernas de Barcelona y fijar su sede social en Palma de Mallorca. A la vez, su rentable filial Caixabank domicilió las oficinas centrales en Valencia. No hay indicios de que ambas abriguen la menor intención de regresar a sus lares originales. Lo mismo ocurre con las otras sociedades fugitivas, en número de varios millares, que se largaron con viento fresco a meridianos menos hostiles que los catalanes.

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¿Quién es... Gonzalo Baratech?
Gonzalo Baratech

Baratech forma parte de una estirpe periodística catalana de larga tradición. Licenciado en Administración de Empresas por la European University y máster en Social Media Branding & Digital Strategy por La Salle-Universidad Ramón Llull, es coautor del libro Mas-Colell, el ‘minessoto’ que fracasó en política. Ha colaborado en Economía Digital y con anterioridad en La Vanguardia Digital y el diario Avui.