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Los que rompen la unidad

Caroline Fourest
7 min

Decididamente, hay un abismo entre el pequeño grupo que encontró muy divertido ver arder un vehículo de la policía, y que acompañó la imagen de comentarios de burla, de toneladas de smileys, de pancartas evocando "pollos asados"; y las multitudes de personas, bastante más numerosas, que encuentran esa violencia contra la policía tan sorprendente como indecente.

¿Hay que recordar que, hace seis meses, eran policías los que se encontraban en primera línea de unos ataques terroristas que causaron 130 muertos? ¿Hay que recordar que las fuerzas de seguridad pueden ser tiroteadas como conejos, en todo momento, por fanáticos encapuchados que creen en la guerra santa? Gendarmes y policías están ya lo suficientemente agotados, tras miles de horas extra dedicadas a garantizar la seguridad pública, como para que tengan que verse haciendo de Kung-fu Panda con pseudo-rebeldes con capucha que juegan a representar las escenas de Mayo del 68 o de la Comuna de París.

No estamos ni en 1968 ni en los viejos tiempos de la Comuna, sino en 2016. Y en 2016, la policía ha desmantelado siete tentativas de atentado en el último año. En todo momento se teme un tiroteo sobre una multitud. Toda concentración de gente supone un desafío inmenso para garantizar su seguridad. La Eurocopa se prevé un momento de alto riesgo.

Es a causa de todo esto que hay que prolongar, sin ninguna duda, el estado de urgencia. Esto no impide que haya manifestaciones, todas las tardes si se quiere, contra la ley de reforma laboral [loi travail] o contra la violencia policial. No impide que haya manifestaciones ni que estas se multipliquen. Pero nada, nada en absoluto, justifica agredir a los guardias, responsables de velar por la seguridad. Sobre todo, cuando esta está tan amenazada.

La responsabilidad gubernamental en la desunión

El gobierno tiene claramente parte de la responsabilidad en la desunión nacional. Cuando se toman medidas al límite de la democracia para luchar contra el terrorismo, no se puede, al mismo tiempo, asumir el riesgo de fracturar un país por razones electorales o sociales. La ley de reforma laboral es una ley incendiaria, susceptible de poner en pie de guerra a la izquierda. No podía salir adelante sin un pulso. En este contexto, la brutalidad simbólica del artículo 49-3 [empleado por el gobierno para hacer aprobar la ley sin voto en la Asamblea Nacional] se suma a las medidas liberticidas tomadas al amparo del estado de emergencia. Aunque este recurso está contemplado en el ordenamiento republicano, no impide la tramitación parlamentaria, y prevé la posibilidad de censura al Gobierno.

A un año de unas elecciones presidenciales tan deprimentes, ante la ausencia de perspectiva política, la estrategia de extrema firmeza republicana en todas direcciones no puede hacer más que excitar y reanimar la vieja fantasía de las izquierdas revolucionarias y anarquistas. De aquellas que ya avalaban que se pusieran bombas en los cafés, durante la Tercera República, para protestar contra las "lois scélerates" y contra una clase política salpicada por el escándalo de Panamá. Por supuesto, en nuestra época, es sobre todo el Frente Nacional el que aparece implicado en las revelaciones de los Panama Papers. Y la izquierda institucional y republicana es largamente mayoritaria. Pero el primer ministro [Manuel Valls], que pretende representarla, debe confirmar su capacidad de defender tanto la República como la Democracia, respetando más los a los contrapoderes y al flanco izquierdo de la mayoría.

El chantaje y la amnesia de la ultraderecha

Como los problemas siempre vienen juntos, por su flanco derecho, el Gobierno es acusado de falta de determinación. Un reproche que se escuchó en todas las cadenas de televisión, en bucle, el día del atentado contra el vehículo de policía. El Frente Nacional, que sube como la espuma en las encuestas de intención de voto entre los policías, celebraba un mitin, a micro abierto, a veces sin contradictores, para acusar al Gobierno de dejar hacer. Cuando éste acaba de prolongar el estado de urgencia, ha procedido a centenares de arrestos y que ha ordenado el arresto domiciliario de numerosos militantes para impedir que participen en manifestaciones. En ocasiones, a partir de fundamentos jurídicos frágiles.

Entre los cuatro sospechosos en el marco de la investigación por el atentado contra el vehículo de policía, tres habían sido "objeto de una prohibición de participar en manifestaciones": órdenes cursadas por los tribunales administrativos competentes. Aunque imperfectos, esto son contrapoderes. La prueba de que no vivimos en una dictadura, contrariamente a lo que creen que se enfrentan a un poder cuasifascista.

Los fascistas, los de verdad, todavía no están en el poder en Francia. Si la izquierda institucional cediera al angelismo, sin duda, la extrema derecha tendría ante sí una alfombra roja. Y entonces, el retroceso de las libertades, el de verdad, sería irrecuperable. Estando en la oposición, ya propone veladamente que se pueda meter preventivamente en la cárcel a los manifestantes exaltados, o incluso disolver las organizaciones de la extrema izquierda.

Por supuesto, esta derecha radical e incluso la derecha más republicana se indignaban cuando la policía arrestaba a los manifestantes contrarios al "mariage pour tous" [matrimonio homosexual] más violentos. Gracias a una memoria curiosamente selectiva, hoy no se acuerda más que de unos gentiles veladores que se sentaban en silencio. No se acuerdan de los hombres encapuchados que molían a palos a las fuerzas de seguridad con la misma ferocidad que sus clones de extrema izquierda. Decididamente, los extremos están hechos para entenderse.

En este caso, la imagen de ese vehículo de policía incendiado por matones de la ultraizquierda hará las delicias de la ultraderecha. Y, cosas de la República, aquí el agresor era blanco y el policía agredido, de profesionalidad impecable, era negro. Después de ver las imágenes del ataque contra su hijo desde la Martinica, su madre declaró: "Me acordé mucho de Clarissa Jean-Philippe" (la policía que murió asesinada a tiros por Coulibaly).

Este temor de madre dice mucho de los traumas, pero también de los recursos de un país que no quiere más sustos ni más lágrimas inútiles, sino que tiene una necesidad desesperada de unidad.

[Artículo traducido por Juan Antonio Cordero Fuertes, publicado en la versión francesa de The Huffington Post y reproducido en CRÓNICA GLOBAL con autorización]

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¿Quién es... Caroline Fourest?
Caroline Fourest

Ensayista, feminista y periodista. Diplomada en Historia y Sociología en el EHESS y en Ciencias Políticas, es titular de un DESS en comunicación política obtenido en la Sorbona (Francia). Redactora jefa de la revista 'Prochoix' y colaboradora en diversos medios en Francia.