Sortilegio y paradoja de la máscara

Carlos Mármol
6 min

“Dad una máscara al cualquier hombre y os dirá la verdad”, escribió, en uno de esos magníficos arrebatos de sabia impertinencia, Oscar Wilde, señor de la ironía impía. La frase parece una frivolidad, pero de algún modo condensa la historia íntegra de la sociología, esa disciplina que estudia los comportamientos colectivos creyendo que, en el fondo, todos continuamos siendo un rebaño. A juzgar por la efectividad que ha tenido la orden de volver a usar mascarilla, no cabe duda. Lo somos. Apocalípticos aparte, entre los que figuramos, la mayoría ha vuelto, sin entusiasmo pero resignada, a la molesta costumbre del bozal. 

Se tapa así con una mentira --las mascarillas previenen pero no protegen por completo, igual que las vacunas son profilaxis en vez de antídotos-- otra, que afirmaba que la ola de calamidad era historia. Sólo parece serlo para aquellos que han tenido la desgracia de enfermar o morirse mientras los políticos anunciaban su enésima impostura: “Españoles, la pandemia ha terminado”. El CCCB acaba de inaugurar una exposición dedicada a la tradición cultural de los enmascarados, una condición que --lo decimos sin ánimo de ofender-- comparten los payasos, los brujos de la tribu --elijan la que más les guste--, los políticos y los más insignes bandidos, como los energúmenos y atorrantes que pueblan las novelas de Roberto Arlt

Todos aspiran no ser reconocidos como tales, aunque por motivos dispares. Las mascarillas gozan, en general, de mala prensa, pero tienen un indudable valor metafórico: ocultan la realidad del rostro al suplantarlo por una ficción con elipsis. ¿No se sustenta en este mismo principio nuestra vida social? Crecemos rodeados de mentiras en serie, infinitas, sistemáticas. Incansables. No siempre reparamos en los significados --casi todos trascendentes-- que subyacen en la estampa de un individuo embozado. La etimología ayuda a situarnos. Máscara viene del término italiano maschera y éste, a su vez, del árabe masẖarah, donde significaba payaso. El salto de una lengua a la otra se produce en los años oscuros de la Edad Media, cuando --es lo que cuenta Umberto Eco en El nombre de la rosa-- la sana costumbre de la risa estaba terminantemente prohibida por el rigorismo católico

Para carcajearse sin correr excesivos riesgos era preciso embozarse, igual que las criaturas del carnaval, bajo un disfraz, usar un velo o camuflarse con un señuelo que desfigurase el rostro de la persona. El sortilegio exigía hacerlo desaparecer: la individualidad es el primer rasgo que destruye cualquier máscara. Quien la usa --sucede por ejemplo en el teatro antiguo-- pasa a convertirse en otro (distinto) o directamente se transforma en nadie. Alquimia pura. Quien se interpreta a sí mismo --es lo que creían los clásicos-- es una auténtica persona (πρόσωπον), que es el nombre que los griegos antiguos daban a las máscaras que permitían a los actores trágicos y cómicos proyectar (a través de una abertura) el sonido de sus voces. 

Nuestras mascarillas permiten hablar, pero atenúan la voz y dificultan la escucha. Nos obligan a emular la disciplina del mudo y a practicar el voto de silencio, con la diferencia de que, en relación al pretérito, ambas prácticas carecen de su condición ritual. Hasta la muerte, el suceso más sagrado en cualquier cultura, se ha convertido en un hábito recurrente por su aceleración y abundancia. Usar una máscara, mientras la multitud hace lo contrario, hace apenas dos años era considerado una excentricidad o la señal de padecer una dolencia respiratoria. Ahora las llevamos para lo opuesto: no ser sancionados por insumisos y prevenir el ahogo que anuncia la infección. 

El mismo objeto puede proyectar significados dispares. Máscaras usaban los bufones, los antiguos ladrones con ganzúa se ocultaban detrás de gastadas caretas y enmascarados acuden a los juzgados los gobernantes imputados por corrupción o actúan los asesinos. Quien se oculta puede ser una víctima que necesita protección, un devoto de los juegos sexuales o un villano consciente del mal que implican sus fechorías. La máscara, tan antigua como el mundo, vieja como las mentiras, es el objeto capital de este nuevo tiempo ambiguo. ¿Quién iba a decirlo? En un mundo entregado de las identidades sentimentales, ficticias, sexuales o patológicas, la salvación --recomendada por las autoridades sanitarias-- consiste en dejar de ser uno mismo para transformarse en un anónimo transeúnte embozado.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa literatura prosaica que es el periodismo. Empezó su carrera profesional en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde ha ejercido como subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios La Vanguardia y El Mundo, además de coordinador editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología Hispánica. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.