El populismo de la sexta ola

Carlos Mármol
8 min

En algún momento, cuando esta pandemia haya pasado --si es que pasa--, y la pesadilla se convierta en un mal recuerdo, convendría preguntarse los motivos por los que en España el juicio de un científico, un médico o un virólogo vale exactamente lo mismo, e incluso menos, que la opinión de un hostelero o del presidente del gobierno. Entre ambas existen notables diferencias. La primera, en general, obedece al contraste de datos, parte de un análisis lógico y se guía por una cierta noción del interés general --ese unicornio político-- que, aunque pueda no ser exacta, acostumbra a ser compartida. La segunda, en cambio, tiende a ser parcial e interesada. Incluso fenicia. Depende de la caja registradora o de las encuestas. Que no entre el dinero o  votos siempre es un gran problema. Para ellos.

Por supuesto, nadie le desea mal a nadie. Los hosteleros, uno de los sectores más afectados por el cambio de hábitos causado por la pandemia, tienen derecho a que se les escuche y a que una parte de sus demandas sean atendidas. Distinto es, como viene sucediendo tras el primer confinamiento, que nuestros gobernantes estén mucho más preocupados de la presión ambiental de los dueños de bares y restaurantes, entre otros gremios, que de lo que ocurre en los centros de salud o --lo vimos al comienzo de la pesadilla-- en las universidades y en los colegios. Muchos dirán que no deberíamos minimizar los efectos de la pandemia sobre el tejido económico y el empleo. Puede ser, aunque en la hostelería el primero sea mayormente unipersonal y el segundo sumergido. La pregunta es otra: ¿nuestra economía se limita a la hostelería? Si es así, mala cosa.

Rara vez se formulan esta cuestión los políticos, que en Cataluña, Madrid o Andalucía, da igual, con los matices diferenciales que cada uno quiera, han gobernado esta crisis sanitaria y económica sentados sobre una inmensa paradoja: decir una cosa y hacer la contraria, pensar a cortísimo plazo en vez de con las luces largas (de la inteligencia) y, entre lo malo y lo nefasto, optar de forma mecánica por la segunda opción. La sexta ola de la pandemia, además del incremento exponencial de los contagios, revela el populismo transversal que contamina todo el arco político y territorial. Un populismo inverso que consiste en evitar hacer aquello que procede porque se cree que va a ser impopular. Intentar ahorrarse la erosión política. 

La epidemia nos había concedido un respiro circunstancial --a los países desarrollados; en los demás las muertes no han cesado-- pero nuestros próceres, encerrados con el juguete solitario y reconfortante de la demagogia, no han sabido aprovecharlo. Las medias verdades emergen de nuevo del fondo oscuro del autoengaño. Las vacunas, gracias a las que la situación, siendo desastrosa, no se ha convertido en otro apocalipsis, como al comienzo de esta nueva era Covid, no son tales. Son profilaxis, igual que los sueros contra la malaria, que atenúan la mortalidad y los efectos de los contagios pero no los impiden. Los servicios sanitarios, desfondados tras seis oleadas de miedo, continúan sin los medios que requiere la coyuntura. A estas alturas no cabe pensar que esta desgracia sea pasajera. Ya se ha convertido en habitual. 

La prevención ha disminuido. Los ambulatorios --primera trinchera frente a los contagios-- se han convertido en economatos. La factura económica crece. Pareciera que nadie se acordase ya de los muertos –casi 90.000 personas– ni de los enfermos crónicos. Tampoco de los daños que la saturación sanitaria provoca en muchos enfermos con otras patologías. O de los ancianos, desahuciados en las olas anteriores y, ahora, con riesgo de reinfecciones. Lo único que parece preocupar a nuestros políticos son los bares, sinónimo de una (falsa) normalidad que será imposible mientras los índices de vacunación no progresen a nivel global, en especial en los países pobres. La situación recuerda al célebre espejismo del déjà vu: el síndrome de lo ya visto (y vivido), cuyo origen se relaciona con un desajuste cerebral momentáneo. 

Probablemente nada lo expresa mejor que la orden --absurda-- de obligarnos por decreto a volver a usar la mascarilla (en exteriores) mientras se libera de tal requisito a quienes acuden a un restaurante o a un bar. Un sinsentido que intentar camuflar la negligencia: nada de lo importante se ha hecho en este tiempo. Un año y medio después del Armagedón carecemos de una ley estatal de pandemias, las residencias de ancianos continúan en manos de las mismas multinacionales y el federalismo, esa milonga para ingenuos, se ha impuesto de facto sin necesidad de reformar la Constitución. ¿Qué más puede salir mal? Nada, salvo que en España se convoquen elecciones

Acabamos de entrar en esta fase: en febrero el carrusel electoral, que discurrirá parejo a las nuevas embestidas de la pandemia, comienza en Castilla y León. Después tocará Andalucía. Más tarde, acaso sea Valencia y --esto sólo lo sabe Sánchez I, el Insomne-- hasta veamos un súbito adelanto de las generales. La clase política española vive en un mundo paralelo caracterizado por lo que los franceses llaman l’esprit de l’escalier. Esa sensación que se tiene cuando uno se da cuenta que ha tomado una decisión demasiado tarde, justo cuando no existe remedio. Ocurre siempre que se confunden las prioridades. 

La nueva ola del virus, favorecida por una relajación ecuménica y la ausencia de prudencia, se está cobrando más muertes. Nuestro drama es éste: que ya esperamos la muerte como quien aguarda el autobús. A esto nos ha conducido ignorar la evidencia, autocelebrar los (discretos) éxitos de la vacunación (que son de la ciencia, no nuestros) y ver a los políticos garantizarse su reválida adelantando las elecciones. Este ejercicio de onanismo nos sale más caro --en términos humanos y económicos-- que asumir la realidad. La única forma de sobrevivir a la pandemia es aceptar que se trata de una desgracia crónica, duradera y representativa de que la España oficial no funciona. Lo mismo que los políticos que te multan en un parque por hacer exactamente lo mismo que otros hacen en un bar. Cráneos privilegiados.

Artículos anteriores
¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa literatura prosaica que es el periodismo. Empezó su carrera profesional en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde ha ejercido como subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios La Vanguardia y El Mundo, además de coordinador editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología Hispánica. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.