La ley de las mareas

Carlos Mármol
6 min

El soberanismo, al que todos los días del año, noches incluidas, consagran sus esfuerzos los nacionalistas --esos seres prístinos a los que guía un desinteresado amor en favor de las hordas patrióticas--, no implica libertad de decisión, sino la elección (relativa) de una variante distinta de dependencia. Se trata de una evidencia: la autonomía teórica deja existir desde el mismo instante en el que todos tenemos que vender nuestro trabajo (a los demás) para sobrevivir. Aquellos incapaces de hacerlo sólo tienen a mano un burdo remedo: venderse al mejor postor. Obviamente, está mal visto pero, si encuentras a un bobo solemne dispuesto a patrocinar tu rendición profesional, la cosa, al menos durante un tiempo, puede incluso llegar a ser rentable.

Sonreímos mucho cuando alguien, ya sea en sede parlamentaria o al fondo de un callejón, proclama el alumbramiento de un estado, el nacimiento de una república o la autodeterminación de un distrito vecinal. La libertad absoluta de los patriotas no es universal, sino interesada y contradictoria. Precisamente presos de una contradicción están los jacobinos (ma non troppo) de Podemos, que cada día son menos centralistas y más parecidos a los ayatolás de aldea. La conversión empezó con los movimientos en común. Siguió más tarde con las mareas. Y ahora es la embajada andaluza de la coalición morada la que hace unos días se declaró --unilateralmente, por supuesto-- independiente, una división confederada, con CIF propio, control de listas electorales y un programa en el que dicen que Andalucía es "una nación", que es decir bastante más de lo que se atrevió a enunciar el Estatuto de autonomía, que habla de "nacionalidad histórica" sin describir qué diablos significa semejante cosa. Tiene mérito gritar a los demás que eres algo que ni tú mismo sabes en qué consiste. Más sublime todavía es intentar convencer a tus vecinos de que semejante confusión es por su bien.

Presos de una contradicción están los jacobinos (ma non troppo) de Podemos, que cada día son menos centralistas y más parecidos a los ayatolás de aldea

El comité central de Podemos ha respondido a su franquicia meridional: le recuerda que el derecho de emancipación reside en la organización en su conjunto, no en sus partes. Un evidente desajuste con respecto a su discurso territorial sobre España, que durante el último año ha intentado integrar a una constelación de grupos alternativos, separatistas y plurinacionales. Todos ellos, juntos como hermanos, miembros (de momento) de la misma iglesia, afirman que España puede ser sin problemas una galaxia de minifundios. Laus Deo.

¿Dónde diablos fue a parar la agenda social? ¿Qué pasó con las promesas de rescatar a las personas de la crisis que nos ha devuelto a los tiempos en los que en el frigorífico no queda nada? Misterio. El entreguismo de Podemos a las mareas territoriales, sea táctico o sincero, da igual, es una forma de asesinar la filosofía del 15-M. Nadie pedía en las plazas más autonomía ni redentores independentistas. Se reclamaba democracia real. Sin impostores. Manipular esta cuestión para terminar junto a los nacionalismos es un delirio. Las consecuencias saltan a la vista: Podemos ha perdido el perfil regeneracionista e interclasista que atrajo a sus votantes más tempranos. La solidaridad es incompatible con el nacionalismo. No sólo desde el punto de vista conceptual, sino pragmático: dividir entre jefes de clanes la caja única --que es la que financia la solidaridad-- hace inviable cualquier iniciativa de justicia social. Hay que elegir una cosa o la otra. No hay más. Lo explica Haro Tecglen, tan cercano a los planteamientos libertarios, en su Diccionario de Política.

Podemos ha perdido el perfil regeneracionista e interclasista que atrajo a sus votantes más tempranos. La solidaridad es incompatible con el nacionalismo

El crecimiento de Podemos, entre otros factores, se debe a su acierto al definir el eje inicial de su relato político. Presente y pasado versus derecha e izquierda. Su estancamiento comienza cuando sus dirigentes resucitan la vieja dialéctica ideológica tras una alianza --por absorción-- con IU. Desde entonces, los jacobinos cada vez nos hacen perder el tiempo a todos. Y ellos han perdido definitivamente el oremus. Las mareas, dejó escrito Newton, se rigen por la regularidad y la ley de la gravedad. La primera se percibe en la inquietante insistencia de los morados en arrimarse a los nacionalistas. La segunda explica los motivos por los que su hora parece haber pasado. Lo que sube demasiado alto, baja demasiado rápido.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa forma de literatura prosaica que es el periodismo. Empezó en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo fundacional de Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, columnista y editorialista. Desde entonces es articulista de opinión en los diarios El Mundo y La Vanguardia y coordinador editorial de #LetraGlobal, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, Máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.

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