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La investidura (falaz) de Sánchez I, el Insomne

Carlos Mármol
9 min

La suerte está echada y la investidura casi resuelta, pero el presente inmediato de eso que todavía nos atrevemos a llamar España augura un desastre político duradero, de dimensiones colosales y equivalente al que se vivió hace ahora más de un siglo. Concretamente en 1898, cuando se perdieron las últimas colonias de ultramar --vestigios postreros de un imperio en decadencia-- y el país real se hundía en la miseria moral al mismo tiempo que sus élites acudían a los toros, previo paso (espirituoso) por el casino del pueblo.

El sistema institucional de la Restauración, basado en un turnismo de conveniencia creado para evitar las tentaciones revolucionarias, se venía definitivamente abajo, el caciquismo consolidaba su poder (el mayorazgo) en todos los villorrios y la vida social quedaba supeditada a los dogmas eclesiales. Los intelectuales de aquel tiempo se preguntaron por el significado de España, ese arcano, y propusieron una reforma del país que lo librase de la ignorancia, el atraso secular y la corrupción endémica. Querían, cada uno a su modo, resucitar una patria cultural que parecía anímicamente muerta. 

Tras ver el debate de investidura de Pedro I, el Insomne, uno se pregunta cómo es posible que, igual que entonces, el regeneracionismo político terminara quedándose en la cuneta del olvido mientras los extremismos (populistas) crecían sin cesar. Los reformistas en España parecen ser animales mitológicos. En cambio, la partitocracia de la Transición ha logrado el milagro de que los intereses generales queden desplazados por un nuevo tiempo --que en realidad es muy viejo-- regido por “las identidades territoriales”.

Nuestra democracia, sin duda, es una obra maestra: no resuelve ni uno de los problemas de la calle, pero sí permite que los representantes políticos jueguen con las instituciones --de todos-- a su capricho, como si fueran coches de choque. Sánchez está logrando hacer historia: revalidará la presidencia del Gobierno con muchos de los apoyos de la moción de censura contra Rajoy pero, al contrario que entonces, estos votos ya no son gratuitos, sino tan costosos que suponen la alteración de facto del orden constitucional. Por supuesto, no se trata de ninguna tragedia. En absoluto. Sólo es el inicio de la anarquía que siembra el relativismo político, que en el caso concreto del líder socialista se ha convertido directamente en nihilismo. O en abulia. El procés catalán ya contamina por completo la vida pública española.

Los dos puntos esenciales en los que se sustenta la naciente mayoría parlamentaria --legítima, pero criticable-- son el supremacismo del interés político sobre la verdad judicial --sea ésta la que sea-- y la destrucción --en el orden intelectual-- del principio de legalidad, que es sustituido por los dogmas nacionalistas sobre la identidad colectiva. Ambas cuestiones son dos absolutos dislates. Es necesario decirlo de entrada, con las palabras exactas y sin caer en las trampas del lenguaje a la que nos tienen acostumbrados los impostores que quieren pasar a la historia como héroes. 

Sobre el primer punto, aplicado a la crisis catalana, la trampa semántica no puede ser más gruesa. Afirmar que hay que terminar con la "judicialización de la política", tal y como plantean los nacionalistas y ha terminado asumiendo el PSOE, supone en realidad politizar la justicia, uno de los poderes del Estado que debería operar al margen de presiones, intereses y conveniencias. Montesquieu no va a resucitar. Eso está claro. Dar por bueno que la fontanería política está por encima de la ley (democrática) significa desconocer lo que significa la democracia --el cumplimiento de las leyes-- y conceder una suerte de inmunidad genética a las nuevas élites políticas, que de esta forma quedarían al margen del único instrumento democrático de control que existe en cualquier sociedad civilizada. No es demasiado diferente a un pacto entre mafiosos, que piensan que sus negocios son cosa suya, en lugar de nuestra. Con respecto a la crisis catalana, supone avalar a quienes malversaron el dinero público y cometieron sedición

No es de extrañar que los nacionalistas estén crecidos: nadie, hasta ahora, había llegado al grado de emulación de Sánchez, que ha pasado de no cogerles el teléfono a cargar contra las propias instituciones del Estado que representa en su calidad de jefe del Ejecutivo, alimentando de esta manera a escala nacional la polarización social que ha llevado a Cataluña a una situación prebélica; situándose junto al populismo nacionalista y abandonando la senda constitucional, única fuente de legitimidad de su Gobierno. “Si no hay Dios, todo está permitido”, decía Raskólnikov, el protagonista de Crimen y Castigo, la novela de Dostoyevski. Si aplicamos este principio a lo acordado por los socialistas con los nacionalistas, obtenemos las razones de Rufián: sin ley, la amnistía (de los políticos presos) cae por su propio peso. En caso contrario, no habrá legislatura. Ni Moncloa.

El segundo elemento del pacto es todavía más perverso: la sustitución de la razón legal, consagrada en la Constitución, por la razón sentimental de las identidades territoriales. Una fórmula que, sin necesidad de respetar los cauces ortodoxos de reforma de la Carta Magna, imposibles de alcanzar de forma limpia, viene a dinamitar el Estado de Derecho. La España que Sánchez ha acordado con Podemos y los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos (es muy significativo que en este pacto entre caciques no se incluya a Andalucía) es la del retorno a la tribu, en tanto en cuanto la igualdad entre los ciudadanos --un principio republicano-- desaparece en favor del neovasallaje territorial, donde serán los nacionalistas los que decidan qué rasgos debe tener cada individuo para ser incluido dentro de su patrón identitario. Alterar “la estructura del Estado en función de las identidades territoriales” no es crear una España mejor. Es socavar los acuerdos de todos (sin la participación de todos).  

Ningún Estado moderno puede fundarse sobre las arenas movedizas de las utopías regresivas. Este camino conduce al saqueo (sentimental) del presupuesto común, que es la estación término donde ansían llegar todos los nacionalistas, sin excepción. El único pilar de las sociedades razonables es la ley democrática, que debe aplicarse por igual a ciudadanos e instituciones, gobierne quien gobierne y sea donde sea. No entender esto es instalarse en el delirio. Y ante esta evidencia resulta irrelevante que la derecha exagere o que Sánchez sea el nuevo jinete del Apocalipsis. De hecho, no son situaciones incompatibles. Ambas cosas ya están pasando en la nueva España de los años veinte.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa forma de literatura prosaica que es el periodismo. Empezó en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo fundacional de Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, columnista y editorialista. Desde entonces es articulista de opinión en los diarios El Mundo y La Vanguardia y coordinador editorial de #LetraGlobal, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, Máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.