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Las definiciones vitales más exactas son aquellas que incluyen una cierta dosis de crueldad. Quizás sea porque, como escribió Lorca, “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”. Los psicólogos describen la adolescencia como una edad de tránsito –¿acaso no lo son todas?– entre la niñez y la madurez (relativa). Un periodo que, desde el punto de vista teórico, vendría a durar casi una década. Durante este tiempo los hijos se distancian anímicamente de sus padres para empezar a ser ellos mismos. Sustituyen a sus progenitores –sin excesiva piedad– por sus iguales, en los que buscan, a veces desesperadamente, un cierto grado de integración y aceptación social. La familia se transforma entonces en una prisión metafórica. Y hacerse mayor se convierte en la fuga de un Alcatraz que, una vez cumplidos los lustros necesarios y salvadas las décadas aún no vividas, terminaremos irremediablemente echando de menos. Es ley de vida.

“La adolescencia” –escribe Julio Caro Baroja– “es apasionada y turbulenta porque está llena de contradicciones, deseos insatisfechos o larvados, proyectos sin posibilidad de realización, románticos y locos”. Goethe sostenía que la pasión que se experimenta durante estos años es la que transforma a los niños en hombres y mujeres. Cuando se deja atrás esta edad tan ambigua –supuestamente al comenzar la veintena– el infante que fuimos ha muerto definitivamente. Lo que lo sustituye es una persona que se cree adulta pero que no sabe exactamente en qué consiste la madurez. Y mucho menos ahora, cuando el mundo virtual de las redes sociales ha sustituido la realidad por una ficción paralela, reemplazando la verdad por la verosimilitud de las fábulas virales y diluyendo los estrictos límites que distinguen entre lo hipotético y lo material. 

De ese instante (pasajero y crítico) trata Las gentiles, la última película que Santi Amodeo ha rodado –con actrices no profesionales– durante la pandemia. El film, que se ha estrenado esta semana en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, es un relato (de terror) y un cuento (de amor) sobre la Generación Z –nacida entre mediados de los noventa y la primera década del 2000–, inmersa definitivamente en el paradigma tecnológico, multipantalla, seducida por los videojuegos, devota de las series de TV y espectadora del hipnótico universo de Instagram. Sus miembros aún no cuentan con capacidad propia de compra pero, en su mayoría, son consumistas genéticos. Y, según las estadísticas, suman el 25% de la población mundial

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Más allá de los arquetipos al uso, sus inquietudes personales son como un misterio proyectado sobre una nebulosa. ¿Son felices o se sienten desdichados? ¿Creen de verdad en el futuro o han aceptado (por anticipado) la inevitable precariedad que les espera? Amodeo, codirector junto a Alberto Rodríguez de El factor Pilgrim y autor de Cabeza de Perro y Astronautas, ha levantado con maestría artística un retrato tan inquietante como seductor de la relación que los adolescentes del presente tienen con las redes sociales. A primera vista se trata de una película amable, incluso sociológica: las protagonistas –un grupo de chicas– entran y salen de su instituto, son normales, viven las turbulencias propias de su edad con sus familias y, con más o menos fortuna, van descubriendo todas las servidumbres sociales, las convenciones colectivas y los obstáculos (constantes) que encontrarán para ejercer su libertad. De fondo, sin embargo, en su interior va incubándose un malestar creciente que deviene en tragedia. 

Entre los dos personajes principales de Las gentiles –Anita y la Corrales– se establece un vínculo de fraternidad basado en una cercanía que no es coincidencia, sino dependencia divergente. Ambas deciden simular su falso suicidio en internet para llamar la atención, pero mientras la primera vive la puesta en escena como un juego –relatado a través de los espejismos fragmentarios de las redes, que dan corporeidad inmediata a su ficción– la segunda otorga verosimilitud plena a la muerte fingida, que abandona así el marco del viejo tópico de los poetas románticos –la muerte bella– para encarnarse en una realidad tan brutal como desasosegante.

Amodeo evita en su película juzgar a las adolescentes. Huye del paternalismo y, en lugar de enunciar el habitual catecismo moralista, siembra la historia de interrogantes: ¿Saben realmente los padres lo que les sucede a sus hijos? ¿Internet ha dislocado nuestra percepción de las cosas? ¿El mundo virtual puede engendrar monstruos igual que en el aguafuerte de Goya hacían los sueños (ilustrados) de la Razón?

Internet nació como una red idealista basada en el intercambio sin ánimo de lucro. Ahora es el canal dominante del capitalismo digital. Un ecosistema impuesto. El ámbito de la cultura virtual. La red no ha cambiado únicamente nuestras costumbres, la forma de hacer negocios o las transacciones comerciales. Ha transformado algo más trascendente: la percepción de la realidad. Ya no estamos nada seguros ni de la verdad ni de si la muerte es una suplantación o un punto y final categórico. En las viejas películas de policías siempre había un personaje que advertía: “Tengan cuidado ahí fuera”. Es hora de adaptar la frase: donde debe extremarse la prudencia es aquí dentro. En la red donde ustedes están –ahora mismo– leyendo este artículo.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa literatura prosaica que es el periodismo. Empezó su carrera profesional en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde ha ejercido como subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios La Vanguardia y El Mundo, además de coordinador editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología Hispánica. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.