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Europa, luz de gas

Carlos Mármol
6 min

El pasado miércoles, la Unión Europea, que es la luz (de gas) que nos alumbra, dio por terminada la crisis económica. Lo hizo diez años después del gran crack y por decreto, que es como —dicen los publicistas— deben hacerse estas cosas para evitar que las opiniones críticas se consoliden. Eligieron una fecha redonda e hicieron una proclamación oficial de victoria. “Europa está en forma”, afirma el comunicado de la comisión, donde no se admite ningún error en la gestión de la debacle colectiva. El sepelio oficial de la recesión, lejos de significar una alegría, nos llena de dudas. Especialmente una: ¿sigue viva Europa? Nos referimos, claro está, a aquel proyecto político surgido para enterrar definitivamente los negros recuerdos de las dos guerras mundiales del pasado siglo.

La vieja Europa de la cohesión social es ahora un territorio gobernado por los mercados financieros, donde la única ley consiste en cumplir con los acreedores cueste lo que cueste. Incluida la ruina de los ciudadanos. El escepticismo es comprensible. Ocurrió también cuando hace ahora un decenio Sarkozy, entonces presidente de Francia, anunció con la trompetería de Toulon la refundación del capitalismo sobre “nuevas bases éticas: esfuerzo, trabajo y responsabilidad”. El mandatario galo pasó a la historia, como tantas otras cosas en estos años, sin presidir el anunciado Bretton Woods europeo. No hubo tal. La grandilocuencia política es el disfraz más antiguo del mundo para disimular la incapacidad.

Los burócratas de Bruselas se felicitan por el descenso del desempleo (continental), el crecimiento del PIB y la salud del sector financiero tras una década de intensas turbulencias. Desearíamos aplaudirles, aunque antes deberíamos averiguar cómo diablos dejar de temblar. Porque la segunda incógnita que provoca la noticia es si España realmente continúa formando parte de esta tierra de promisión. Todos nuestros indicadores económicos están peor que la media europea. De donde se infiere que si Europa cree que la crisis es historia esto significa que España está anclada en el más triste pretérito. Para buena parte de los españoles, incluidos quienes no se tienen por tales, que son los más españoles de todos los posibles, la recesión no sólo no se ha evaporado de sus vidas, sino que está instalada cómodamente en casa, igual que un inquilino de Airbnb en nuestro predio.

Nos señalan el fin de la crisis para que nos quedemos tranquilos o dudemos de nuestro sentido de la percepción. Pero no estamos locos. Ni tampoco ciegos. Sabemos que, en comparación con nuestros socios, volvemos a ser de nuevo los pobres del vecindario europeo

Se supone que el diagnóstico de la zona euro nos incluye, lo cual resulta aún más desconcertante. El reciente episodio de Banco Popular, el último de una cadena de ruinas bancarias que ha costado a los contribuyentes más de lo previsto, y cuya factura, al contrario de lo que nos prometieron, no recuperaremos nunca, confirma que el cáncer de la economía española no ha desaparecido. El desempleo está ocho puntos por encima de nuestro entorno. Sostener el euro con la devaluación interna ha provocado una enorme factura social de la que tardaremos en recuperarnos casi otra década. Que nadie se acuerde ya de las hipotecas basura norteamericanas —las famosas subprime— ni la prima de riesgo esté en la primera página de los periódicos no significa que hayamos salido del pozo. Sólo muestra que la prioridad social es ahora mucho más terrestre: consiste en sobrevivir. No es un buen síntoma.

Por supuesto, la Comisión Europea pasa de puntillas sobre estos detalles —la cuestión social apenas merece una cita retórica— y se felicita porque sólo Grecia necesita asistencia​ tras la alarma que removió la eurozona. España sigue vigilada. La recuperación se ha estabilizado en el Norte. En el Sur seguimos sin contener el déficit público, sin trabajos dignos y con un desempleo secular que, como sucede en Andalucía, afecta ya a tres generaciones distintas de una misma familia. Sin olvidar la pertinaz guerra territorial. La exclusión social dejó hace tiempo de ser una hipótesis para convertirse en la realidad. La austeridad ha limitado el gasto social pero no evita el despilfarro. La corrupción persiste. En un país con un modelo de descentralización absurdo, la reforma de las administraciones, tan politizadas como el resto de instituciones, continúa sin abordar. Nos señalan el fin de la crisis para que nos quedemos tranquilos o dudemos de nuestro sentido de la percepción. Pero no estamos locos. Ni tampoco ciegos. Sabemos que, en comparación con nuestros socios, volvemos a ser de nuevo los pobres del vecindario europeo. Nuestra crisis no ha terminado. Acaba de empezar.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa forma de literatura prosaica que es el periodismo. Empezó en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo fundacional de Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, articulista y editorialista. Desde entonces es columnista en los diarios El Mundo y La Vanguardia y coordinador editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.