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Los talibanes de la bondad

Carlos Mármol
8 min

La censura, en cualquiera de sus múltiples formas, es el síntoma de una profunda incapacidad intelectual. Quienes la practican atentan contra la libertad (ajena), pero el mayor daño que perpetran es el que cometen contra sí mismos, al hurtar a su cerebro el regalo de que alguien te lleve la contraria. Pensar con sentido crítico consiste, básicamente, en saber rebatir con argumentos, antes que limitarse a enunciar algo. Supone además poseer la capacidad de construir analogías a partir de elementos contradictorios, condensándolos en nuevas ideas. La inteligencia natural usa un mecanismo muy similar a la metáfora: observa, antes que nadie, la doblez y el misterio de las cosas que se nos presentan como rotundas e indiscutibles. 

El gran interrogante que provoca la destrucción de estatuas de determinadas figuras históricas en Boston, Richmond, Londres, Miami o Bristol a raíz del caso Floyd es descubrir el sentido último de semejantes acciones. ¿Por qué piensan que Churchill fue un racista? ¿Cuál es la causa para que guillotinen a Cristóbal Colón? Se diría que una furia revisionista, pero la respuesta no es tan simple. Bajo la decapitación simbólica de estos personajes palpita un fenómeno social que ha adoptado la forma de una nueva inquisición popular. Podríamos formularlo así: una multitud, animada por la supremacía propia de las hordas, sentencia (por supuesto prescindiendo del derecho de defensa), que el mundo debe ser bondadoso y, al toparse con el mentís de la realidad, destruye todo aquello que frustra esta aspiración. 

La iconoclastia no es un hecho nuevo. Sus orígenes históricos nos obligarían a remontarnos al Bizancio del siglo VIII, cuando la destrucción de iconos se convierte en un acto de reivindicación colectivo con un significado político que expresa un hondo malestar social. ¿No es acaso esto lo que está sucediendo como reacción al brutal asesinato policial de un hombre negro en Estados Unidos? La definición parece exacta, con la salvedad de que, en vez de expresar una herejía religiosa, lo que confirman estos episodios es la voluntad de determinados colectivos sociales de instaurar una nueva moral.

Sucede, sin embargo, que la defensa (radical) de la bondad universal discurre por senderos inquietantes: la censura natural ante los excesos de la violencia policial se combate en este caso con una inusitada agresividad contra símbolos históricos que perfectamente pueden no ser compartidos, pero que, antes de convertirse en parte del paisaje público, han sido objeto de discusión y, en muchos casos, hasta merecedores de un cierto consenso. No es una regla exacta, claro: todos conocemos egregios pedestales levantados ad maiorem gloriam por dictadores, sátrapas y gobernantes que confundieron su propia persona con la historia, cayendo casi siempre en el ridículo de la grandilocuencia. 

Los ejemplos más flagrantes de deificación estatuaria, desde los emperadores de Roma hasta Napoleón, tienen un elemento común: sus espectadores cambian con el tiempo. Básicamente porque todos somos mortales. Este detalle tiene una evidente ventaja: si una comunidad deja de reconocer los valores de un personaje de su pasado cuenta con suficientes cauces institucionales para ejercer la correspondiente apostasía. La forma más sencilla es la indiferencia: basta recordar lo que hacen las palomas con determinados bronces para caer en la cuenta de que la promiscuidad entre lo sublime y lo vulgar es una señal de vida. Unos ídolos ascienden; otros descienden. Todo cambia.

Los destructores de estatuas, sin embargo, buscan otra cosa: obligarnos a todos a aceptar una lectura unívoca de las cosas con independencia de lo que muestren las evidencias históricas, purificando las calles y plazas de las ciudades de pecadores y malas personas. Como si todos ellos fueran santos virginales. Se trata de un hecho recurrente: las víctimas del ayer tienden a convertirse con excesiva frecuencia en los inquisidores del presente y, en algunos casos, en los verdugos del mañana. No hay aprendizaje más efectivo para convertirse en juez moral de los demás que haber sido en algún momento reo del delito de indecencia. La experiencia otorga una ventajosa patente de corso y todos los beneficios de la santidad súbita. 

Las apariencias no deben confundirnos: las turbas de la ejemplaridad expresan el retorno del dogma de la pureza moral y la imposición de la religión --obligatoria-- de lo políticamente correcto. Lo que mejor las define es la ausencia de humor y la falta de dudas. El odio ante la risa, que es capaz de relativizar las tragedias. La confusión permanente entre la ironía y la blasfemia. El orgullo del resentimiento. Desde luego, no es una actitud muy distinta al supremacismo --sea blanco, negro o amarillo-- o a lo que los talibanes hicieron hace ahora veinte años cuando destruyeron, ante el pasmo del mundo, los colosales budas de Bāmiyān, derruidos con cargas de dinamita y cañonazos de tanques. 

Los integristas afganos no borraron del mapa los ídolos paganos de sus ancestros porque fueran obras de arte. Los hicieron desaparecer por razones morales: desmentían sus deseos de uniformidad y sumisión religiosa. Su mundo ideal. No podemos decir que su decisión fuese democrática: en una teocracia no se vota, se obedece. Pero incluso aunque semejante dislate hubiera sido sometido a consulta --nada une más a un pueblo que el asesinato tribal-- una hipotética validación mayoritaria tampoco hubiera convertido el expolio en un acto noble.

Por último está la cuestión cultural: enjuiciar el pretérito a partir de la simpleza de las categorías --buenos y malos-- es desconocer la condición humana e ignorar la Historia. Todos somos seres bifrontes: tenemos un rostro bondadoso y una faz terrible. Está expresado, mejor que en cualquier otro sitio, en la doble máscara del teatro griego, que sonríe y llora al mismo tiempo. Las estatuas son un acto de memoria, no un aval moral. Churchill es hijo del colonialismo, pero también libró --y ganó-- una guerra al totalitarismo. Colón tenía esclavos, pero fue el primero en descubrir --por error-- América. Lincoln era blanco, pero abolió la esclavitud en Estados Unidos. Juzgar el pasado y el arte en función de patrones ideológicos y morales es tomar un sendero que lleva al Gulag de la ignorancia.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa forma de literatura prosaica que es el periodismo. Empezó en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios El Mundo y La Vanguardia y Coordinador Editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.