Menú Buscar
Pásate al modo ahorro

Bienvenidos a 2021

Carlos Mármol
7 min

El Año Nuevo, esa convención del calendario, empieza exactamente igual que su predecesor. Parece una broma del destino, pero mientras una pandilla de descerebrados –dicho sea en términos estrictamente descriptivos– celebraba el arranque de 2021 con una majestuosa rave en Llinars de Vallès (Barcelona), tolerada por los intolerantes, el célebre concierto de Viena, con sus valses optimistas y su elegancia fin de siècle, acontecía ante las sillas de un auditorio absolutamente vacío. Cara y cruz de 2021, el año en el que el Gobierno, fiel a su promesa de apretar “a las grandes fortunas”, ha tenido el detalle de subirle la soldada a los funcionarios –a todos, sin excepción y sin motivo– e incrementar, en paralelo, casi todas las tasas y precios públicos que tendremos que abonar desde el primero hasta el último. 

Aquí no se escapa nadie. Los autónomos, a quienes el recibo de la Seguridad Social les ha subido de forma retroactiva hace unos meses, volverán a ver incrementada su cuota mensual a cambio de nada, porque –como es sabido– en este organismo asistencial (perdonen el oxímoron) desde hace mucho tiempo, y además por ley, no te atiende nadie. Todo lo tienes que resolver tú o, en su defecto, encargárselo a un gestor, asumiendo el correspondiente coste, vía electrónica mientras ellas (la mitad de sus empleados son mujeres) se limitan a cobrarte por el derecho a trabajar por cuenta propia para que el día que alcances la edad legal de jubilación, si es que lo consigues y no te ha matado antes la pandemia, bajarte manu militari la asignación que te corresponde tras toda una vida de angustias laborales con el argumento de que que “el sistema es financieramente insostenible”.

Las pensiones en España han terminado pareciendo generosas, pero no lo son si tenemos en cuenta que, duplicando la cifra del tango, pronto se van a necesitar cuarenta años de cotización para percibir una prestación topada. Lo que sucede, en realidad, es que los salarios reales, en un país en quiebra, son cada vez más miserables. En España trabajar después de los cincuenta años es literalmente un milagro. No sucede lo mismo en otras economías europeas. 

Sin contar los tributos locales, establecidos por la tribu que te haya tocado en suerte, el solsticio de invierno viene automáticamente con un incremento del precio de los combustibles comunes –y, por tanto, de todos los productos que se mueven de un lugar a otro–, el IBI, el IVA de la bebidas con azúcar, los sellos de Correos y los seguros del hogar. No está mal para una nación en una situación financiera calamitosa, con una deuda galopante que tardaremos varias generaciones en pagar, y cuya única aspiración es fundirse las hipotéticas ayudas europeas en cualquier cosa, salvo en aquello para lo que están concebidas: facilitar la transición hacia una economía digital. La política fiscal de PSOE y Podemos ha terminado pareciéndose al recibo de Telefónica: cada tres meses se incrementa sin remedio con cualquier argumento peregrino, ya sean las inexistentes mejoras en el servicio (que siempre es igual de deficiente) o con la coartada de un plan de inversión en nuevas redes que tienen que asumir los clientes de su propio bolsillo sin ser accionistas de la compañía. Un auténtico camelo 5G

La inversión empresarial ha caído en España un 13%, más del doble que en el resto de Europa, mostrando la fragilidad de nuestra economía, demasiado dependiente del turismo y carente de industrias dignas de tal nombre. El quebranto no es epidérmico. Los expertos señalan que puede llegar a alterar nuestra estructura productiva para siempre. El PIB ha descendido un 10%. La contracción de la actividad es un hecho. Y no tiene visos de mejorar mientras sigamos jugando, como los niños, a abrir y cerrar la actividad social en función de la conveniencia de los políticos, temerosos de contarle la verdad a los ciudadanos. En las próximas semanas veremos probablemente un incremento de contagios, nuevas restricciones y más muertes. Es el precio de andar jugando con fuego mientras se incendia la casa común. 

La cepa británica del virus, altamente contagiosa, empieza a extenderse por España (desde Gibraltar) ignorando el nuevo status acordado entre Europa y el Reino Unido para la colonia, convertida en un paraíso fiscal de facto al margen de la legislación europea. La cosa es asombrosa: toda la vida estudiando inglés para, de improviso, toparnos con la obligatoriedad de tener que conseguir un visado (imposible) para intentar trabajar en Inglaterra o en Estados Unidos. Si eres joven y aspiras a escapar del desastre español, ese derrumbe en cámara lenta, no tendrás más remedio que aprender un tercer idioma. Las opciones para emigrar se reducen, volviendo a hacer más pequeño el mundo. El sueño de cualquier nacionalista.

La vacuna, salta a la vista, no va a ser la solución que se esperaba porque no es una vacuna, sino una mera profilaxis. Ni siquiera al Gobierno, a pesar de su voluntad por apropiarse del mérito, que es estrictamente científico, no político, deja de sufrir en los últimos sondeos de opinión el desgaste derivado de estos interminables meses de espanto. El primer trimestre de 2021 mostrará el tamaño del iceberg de nuestra ruina. ¿Alguien se atreve a vaticinar cuándo volverán los turistas a un país que cada vez que permite reuniones familiares o abre los bares ve subir sin cesar los contagios? No es que sea una cábala dudosa. Se trata de un augurio imposible. Seguimos atrapados en el bucle de las mentiras de ayer. La verdad, más que nunca, parece un espejismo tenue que se desdibuja en el horizonte. Bienvenidos a 2021.

Artículos anteriores
¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa forma de literatura prosaica que es el periodismo. Empezó en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios El Mundo y La Vanguardia y Coordinador Editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.