El año del pánico

Carlos Mármol
6 min

Este va a ser un año imposible para los optimistas profesionales. Probablemente también para la coalición de gobierno que (todavía) forman el PSOE y Unidas Podemos. Después de la mayoría absolutísima de Moreno Bonilla en Andalucía, el hecho político que indica que se ha iniciado un ciclo en la política española distinto al que comenzó con la moción de censura a Rajoy, provocado por la alteración de las alianzas parlamentarias previas y el ascenso de Pedro Sánchez a la Moncloa, suenan campanas a difunto en algunas instancias políticas.

La afición (sobre todo la periodística) está dividida en los bandos habituales. Muchos, en la posición de firmes. La pandemia reverbera y la suerte electoral parece echada a un año y medio del final de esta legislatura agónica. Los próximos meses van ser un calvario. Que la situación es crítica lo demuestra la respuesta con la que Moncloa intenta combatir el efecto arrastre del 19J: un primer momento de efervescencia --léase la cumbre de la OTAN--, seguido de una campaña de victimización. El Gobierno de Pedro I, El Insomne ha pasado de presumir de su gestión a denunciar una conjura de fuerzas oscuras que quieren tumbarlo. Su problema no es tanto de legitimidad --es un Ejecutivo perfectamente legal-- cuanto moral. De ética. Véase Ermua.

Sánchez se ha situado en una posición extrema --pacto con los independentistas catalanes y vascos, indultos del procés, reelectura de la Transición junto a Bildu-- al mismo tiempo que la sociedad española, y ésta es la lectura estatal de las autonómicas en Andalucía, retorna a posiciones de centro, asustada por los efectos económicos y sociales del Covid, el inmenso endeudamiento de las arcas públicas, el incremento de la presión tributaria, el creciente quebranto social y el encarecimiento de los precios de los productos básicos. 

En Moncloa no entendieron primero hacia qué dirección soplaba el viento; ahora se encuentran clavados en una barcaza lejos de cualquier orilla. La tormenta arrecia y la embarcación comienza a zarandearse. Lo que viene es un naufragio: el capitán no sabe por qué la tripulación quiere lanzarlo por la borda, mientras el agua comienza a entrar en la nao gubernamental. La gente, cuando se empobrece, especialmente las clases medias, no está para retóricas revisionistas ni demagogias entre buenos y malos. El señuelo de agitar el pasado, o reescribirlo para justificar el interés del presente, ya no funciona. Se ha gastado de tanto usarlo en vano.

El único pretérito que vuelve a la memoria actual es el de una Transición marcada por una inflación superior al 20%. España se está latinoamericanizando. Los precios están disparados, la energía se ha convertido en un consumo de alto riesgo y los alimentos son el nuevo oro. Moncloa intentará aguantar el temporal hasta las municipales, que coinciden con comicios regionales en muchas autonomías. Hasta ese momento, la situación económica irá a peor. El paso del tiempo no va a mejorar la situación porque el problema es estructural, profundo, duradero. Dentro de lo malo, hay un levísimo rayo de luz: Andalucía ha puesto techo al ascenso electoral de Vox.

La política tiene mucho de juego de percepciones y espejismos. Los españoles no son partidarios de regresar al nacionalcatolicismo. Lo que los mueve en este instante concreto es sobrevivir o no salir dañados de la coyuntura. Más que el final de la nueva política y el regreso del bipartidismo lo que se ha incubado en la opinión pública es la necesidad de estabilidad económica. Poner freno al sufrimiento psicológico y material de los últimos años. Y ese deseo, de repetirse en las municipales el resultado de Andalucía, va a amplificarse mientras dure la tormenta económica.

Sánchez todavía no lo sabe, pero está (políticamente) muerto. El PSOE combate contra su pasokización. El Sumar de Yolanda Díaz parece un club de meditación más que un partido. Todo remite al mismo escenario: el colapso del país. ¿Tiene sentido prolongar la agonía? ¿No sería mejor hacer coincidir las municipales con las generales? Nadie adelanta unas elecciones para perderlas, igual que nadie desea morir pero, llegados a semejante trance, siempre será mejor una muerte digna que una agonía estéril.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa literatura prosaica que es el periodismo. Comenzó su carrera profesional en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde ha ejercido como subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios La Vanguardia y El Mundo, además de coordinador editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología Hispánica. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.