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Lo que a los 'estelados' cabrea, a mí me place

Roberto Giménez

por Roberto Giménez

26.05.2016
6 min

De la historia de la final de la Copa del Rey solo quedan los ecos, pero no he oído una voz. Digo que no la he oído, no que no se haya dicho, porque tampoco estoy pendiente del dingolondango mediático.

Me llevé una alegría porque el magistrado había chafado la guitarra a los dirigentes de la ANC que habían contraprogramado una 'mani' disfrazados de escoceses

El viernes me llevé una alegría oyendo las noticias. Un juez había sonrojado al Gobierno, doña Concha Dancausa no es un verso libre, denegando la dichosa resolución que prohibía la manifestación de esteladas en el Vicente Calderón programadas para fastidiar a todos los que amamos a España, y a ese 51% de catalanes que no queremos dejar de ser lo que somos.

Me llevé una alegría, no porque sea masoquista, no siento placer con lo que me duele, sino porque el magistrado había chafado la guitarra a los dirigentes de la ANC que habían contraprogramado una mani disfrazados de escoceses. Nos iban a dar la gaita de sus pitos, pero sin faldas plisadas.

El magistrado demostraba lo que los indepes niegan: que España es un Estado democrático, porque dicen y repiten que no existe la separación de poderes, que la justicia acataba lo que le dice el poder ejecutivo. Que haya decenas de inculpados del PP en espera de juicio, y algunos en la trena, no tiene nada que ver por aquello de que no existe peor ciego que el que no quiere ver.

Para los separatas la diferencia entre dictadura y democracia no es iniciar una nueva página, sino un punto y seguido o, menos aún, una insignificante coma. Y así viven en su mundo imaginario. Por eso me alegré de la resolución judicial dando una sonora bofetada al gobierno de doña Concha, pero muy especialmente a todos los que alimentan la ficción indepe.

Dicho esto, no pretendo imitar a Salomón, pero entiendo los motivos contrapuestos, tanto la causa de doña Dancausa, que actuó preventivamente pensando tanto en una hipotética violencia como en los electores no catalanes del PP. Pero también del señor Cuní, el mejor telepredicador del imperio del Murdoch español, el Conde de Godó, Grande de España.

No estoy en la causa de doña Dancausa, pero la entiendo, tanto como al señor Cuní afanado en cuidar a sus devotos teleespectadores que le dan tan ricamente de comer

Una consideraba que llenar todo el santo domingo las estampas matritenses de la Plaza Mayor, la Cibeles y la Puerta del Sol con esteladas no solo podía soliviantar los ánimos sevillistas que llevan en su zamarra la enseña nacional, sino que también los gatos se sentirían ofendidos en su propio suelo. El barrio de Salamanca de Madrid siempre ha sido zona nacional, no solo desde los tiempos del Caudillo sino del Marqués de Salamanca que, por cierto, no tenía nada de charro sino que era tan malagueño como Antonio Banderas, ya que de un trapo hablo.

Entiendo que la delegada de la Comunidad prefería el mal menor, que se le acuse de censora, al mayor, y por eso Rajoy no la ha cesado. Don Mariano puede ser don Tancredo, pero no es un cínico.

La delegada no solo pretendía evitar la posibilidad de que se desatara un 2 de mayo, son tiempos más light, entre Locos y Boixos, sino que creciera una espiral de tensión que radicalice una situación tan crispada como la que Podemos tener en todos los frentes no futbolísticos: el territorial y el político. El fútbol no importa.

Vaya por delante que, si yo fuera mujer, y concretamente la señora portavoz, no hubiera tomado su decisión porque tengo alergia instintiva a las prohibiciones por esta sencilla razón: acababa de cumplir 18 años cuando Franco la palmó, y ningún podemita, o estelado me lo tiene que contar. Salgo de casa con la lección aprendida.

No estoy en la causa de doña Dancausa, pero la entiendo, tanto como al señor Cuní afanado en cuidar a sus devotos teleespectadores que le dan tan ricamente de comer.

Entiendo a la doña del Pedralbes madrileño (Barrio de Salamanca). No la aplaudo, por mi rechazo instintivo a toda prohibición, pero reconozco que me sube la bilirrubina cuando veo que Puigdemont, me resisto a darle el tratamiento oficial, y la alcaldesa Colau, que más que [h]Ada tiene una escoba escondida entre las piernas (se nota que la Colau en sus años mozos estudió teatro), se rasgaban las vestiduras por la ofensa que, al parecer, España nos dio a todos los catalanes, según la diatriba del impagable Cuní, y aplaudida por la otra bruja oficial de su compañía: la Rahola.

Lo que a los estelados cabrea, a mí me place.

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