Lluís Llach y su desmesura

Guillem Bota
04.02.2019
5 min

Como diría Jane Austen, ponerse lírico resulta una manera insuperable de convocar la vergüenza ajena, y aunque en Cataluña estamos acostumbrados desde hace unos años al lirismo, ergo a la vergüenza, el episodio del traslado de los presos a Madrid ha suscitado tales respuestas que incluso la pobre Austen debe sentirse incómoda, allá donde esté. Tanto lirismo y tanta vergüenza ajena se han derramado desde el viernes, que se antoja difícil elegir un solo ejemplo. Una posibilidad sería hablar de los pocos fieles que, desafiando el frío mañanero, se juntaron a las puertas de la cárcel a ver pasar el autobús de la Guardia Civil que llevaba a los reos en su interior, espectadores que rememoraban sus ya lejanos años de juventud con fogatas al lado de la carretera esperando ver derrapar en una curva los Seat y Simca caseramente preparados de algún rally provincial: horas de espera para ver cómo pasaba un vehículo que sonaba "zummm", sea tal vehículo el utilitario trucado de un vecino, sea el autobús de la Guardia Civil​: "zummmy" se acabó. "Zummm" y a casa. Otra, sería escribir sobre el postrer mantra, usado en las últimas horas por todos los políticos catalanes, desde el presidente hasta el último concejal independentista del último pueblo del remoto Pirineo, según el cual a quien va a juzgar el Supremo es a "dos millones y medio de catalanes"; frase lírica de las que denunciaba Jane Austen, pero nada más que eso, porque a pesar de ponerse estupendos con lo de ser todos juzgados, quienes después del juicio van a escuchar el veredicto, prietas la nalgas, van a ser solamente los que estarán en el banquillo.

Pero no. Para épica y lirismo, vergüenza ajena por tanto, Lluís Llach. El otrora cantautor parece no haberse apercibido de la diferencia entre escenario a secas y escenario político, y nos regala a diario motivos de vergüenza (los que dispongan de tal cualidad de espíritu, es decir excluyendo a los líderes del procés) que se podrán soportar piano en mano pero que resultan insufribles como presunto pensamiento. El mismo viernes, es de suponer que a raíz del traslado de los presos aunque no puede descartarse que el motivo fuera un disgusto sentimental, que este hombre es muy sensible, hizo pública lo que supone era una grave amenaza: "Tengo ganas de realizar un gesto desmesurado". Ignoro si cuando ustedes lean este artículo, nos habrá sacado de dudas, sea concretando el gesto, sea llevándolo a cabo sin previo aviso. Lo que sea, pero que nos ahorre este sinvivir, que yo mismo no he pegado ojo desde que el hijo de Verges (sólo en Girona se puede ser hijo de vírgenes, que esa es la traducción de Verges) hizo pública su intención de dar a luz un "gesto desmesurado". Gesto desmesurado fue el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, aunque también lo es ponerse calcetines de distinto color, entre ambos existe un amplio abanico de posibilidades.

En Cataluña estamos a la espera de lo que pueda hacer Llach. Teniendo en cuenta su heroico historial guerrillero es perfectamente capaz de irse un día a la cama sin cenar o incluso, si se encuentra con el ánimo especialmente alterado, publicar un tuit de protesta, quién sabe si colarse en el metro, por supuesto en una estación sin vigilancia. Cualquier gesto desmesurado, es capaz de cualquier gesto. Quienes le conocen, saben que Lluís Llach no se anda con chiquitas. Aunque nadie se atreve ni siquiera a sugerir esa posibilidad, mucho menos a reconocerla en voz alta para no tentar a la suerte, en la mente de todos anida la terrible posibilidad: el tipo es muy capaz de publicar una nueva novela.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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