Llucià Ferrer no es trigo limpio

Guillem Bota
17.01.2022
5 min

Un señor calvo y con barba siempre atemoriza e impresiona a los niños. Tanto pelo en la cara y tan poco en la cabeza, es algo que a tiernas edades cuesta de entender, se relaciona con ogros y otros monstruos de los cuentos, algunos de los cuales meriendan niños. Así que, si uno de esos monstruos te dice que no puedes decir “trigo”, eso sí que aquí no, que esto es TV3 y es el vigía de occidente para la pureza de la lengua, una pobre niña no tiene otra que achantarse, tragarse las lágrimas que amenazan con brotar y pensar que en mala hora alguien la apuntó a un concurso con presentadores tan malcarados y maleducados, que, por si fuera poco, dan miedo.

Es hasta cierto punto natural que Llucià Ferrer tenga pánico a que los niños hablen castellano en su presencia, que se empieza llamando “trigo” al “blat” de toda la vida, y se termina llamándole a él mismo Luciano Herrero. Tantos años creyendo que su nombre y apellido es digno de cuando en Hollywood bautizaban a todo aspirante a estrella que allí llegaba, para acabar dándose cuenta de que se llama igual que el primo de las Alpujarras. De ninguna manera. Para evitar riesgos, mejor eliminar cualquier palabra en castellano de TV3, aquí, eso sí que no.

Por supuesto que el castellano es una de las dos lenguas oficiales de Cataluña, pero hay que tener en cuenta que TV3 no es Cataluña, es un estado aparte situado en el interior de ésta. Como el Vaticano, para que nos entendamos, y con similares prerrogativas tanto en lo que se refiere a actuar conforme a sus propias leyes, como en dar cuenta de sus actos solamente ante Dios. Y Dios, que vive en Waterloo, bendijo que Luciano el herrero, quien no en vano tiene nombre que para sí hubiera querido algún apóstol, señalara ante los hombres a la niña pecadora que osó utilizar el castellano en vano, amén. No se descarta que la reincidencia sea castigada con la lapidación pública.

No es fácil ser presentador de TV3, seguro que deben pasar unas pruebas durísimas, ríanse ustedes de las oposiciones a notarías o de los entrenamientos de los Navy Seal. Uno ha de estar siempre pendiente de que nadie cuele una sola palabra en castellano, nunca sabes dónde acecha el peligro, no puedes descansar jamás. Eso demuestra la excelente preparación de Luciano, que ni siquiera bajó la guardia en un concurso de niños, cuando cualquier otro en su lugar se relajaría pensando que ahí nada peligroso puede suceder. ¡Por supuesto que puede! Luciano sabe que un ser malvado lo es desde la cuna, y hay niños que se empeñan en amenazar la supervivencia de la lengua catalana diciendo “trigo” en TV3. De no haber sido por la diligencia de Luciano, probablemente en estos momentos el catalán ya habría dejado de existir, y aquella niña habría conseguido su objetivo. Para que vean ustedes si son peligrosos los concursos infantiles.

A la niña se la veía acobardada, ya hemos dicho que la pinta del presentador ayuda a ello, o sea que otro bravo para el director de casting. La pequeña se sabía la respuesta, vaya si sabía con qué cereal se elabora la pasta de las pizzas, lo que ignoraba es que no estaba ahí para demostrar sus conocimientos, sino para servir de escarmiento a todos los niños que, como ella, intentan destruir la lengua catalana mediante el vicio de decir “trigo”.

Para seguir con tan educativa televisión pública, propongo, de aquí en adelante, elegir a propósito concursantes castellanoparlantes, a poder ser inmigrantes que lleven poco tiempo en Cataluña. Y en TV3, una y otra vez, humillarles en público. Hasta que al final aprendan que el catalán es una lengua amable, simpática, y que huye de imposiciones. Que eso sí que aquí, no.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.