Llega la gerontorevolución

Guillem Bota
14.01.2019
6 min

Unos simpáticos abueletes --Avis i àvies per la llibertat, se llaman a sí mismos confirmando que la moda del lenguaje inclusivo no entiende de edades-- han firmado un manifiesto ofreciéndose a entrar en prisión en lugar de los líderes independentistas que están a la sombra. Había que verlos en la foto que ilustraba la noticia. No faltaba ni la abuelita con el carro de la compra, que aprovechaba el acto para hacerse con un repollo para la cena y para pasar a buscar unas recetas por el ambulatorio. Todos con su bufandita amarilla, por supuesto, que a ciertas edades un resfriado se paga caro. Cuando vi la foto, se me escapó por lo bajini lo mismo que a Napoleón ante las pirámides de Egipto: siglos de historia nos contemplan.

Me pongo en lugar de estos ancianitos y yo actuaría igual. Entre vivir con una pensión miserable que no me permite ni ir al cine y me obliga a pasarme las tardes viendo obras públicas, o en una cárcel con todos los gastos pagados y con centenares de reclusos que no podrán huir cuando les cuente mis batallitas, no hay color. Eso los que están de suerte, porque algunos habrá que residan en un geriátrico, y en este caso la elección es todavía más fácil: entre aguantar cada día a la pesada de la enfermera que nos persigue para que tomemos el laxante, y unos funcionarios de prisiones que nos van a dejar a nuestra bola --por ellos, como si no cagamos en una semana-- tampoco hay color. Por no mencionar que el rancho carcelario es un tres estrellas michelin al lado de la comida de una residencia. 

Uno observa la foto que se hicieron los presos independentistas en el patio de Lledoners, sonrientes y felices como si estuvieran en un campamento juvenil, y lo compara con lo que se ve a diario en una residencia geriátrica, e intenta entrar en la cárcel ni que sea escalando el muro. Lo extraño no es que esos abuelos se ofrezcan para entrar en la trena, lo extraño es que sean sólo 1.229, seguro que en cuanto corra la voz las peticiones se multiplican. Sicuela el intento, las cárceles se van a llenar de ancianitos, aunque para conseguirlo deban ponerse la preceptiva bufanda amarilla al cuello. 

No hay duda que eso de los abuelos por la libertad es un gran invento, especialmente para las familias. A mí, sin ir más lejos, mi madre me cuesta una pasta en el geriátrico donde reside, no sería mala idea encerrarla en chirona, aunque sea en lugar de Junqueras. Y como yo, un montón de hijos y nietos que veríamos con buenos ojos el ingreso en la cárcel del abuelo, qué digo veríamos con buenos ojos, haríamos lo que fuera para encerrarlos. Aunque sea imputarles un delito, pero no uno de mentirijillas como el de los abuelos por la libertad --y abuelas, perdón--, que se declaran culpables de organizar un referéndum sabiendo que en su caso no es punible, sino uno de verdad: un atraco, un homicidio, unos abusos deshonestos --quién lo iba a decir, a su edad--, lo que sea, pero a la cárcel con ellos. De hecho, no descarto que detrás del movimiento de los abuelos por la libertad --y abuelas, perdón de nuevo-- se hallen sus familiares directos.

-Abuelo, firme este manifiesto y no pregunte, que después le vamos a tomar una foto la mar de cuca detrás de esta pancarta antes póngase esta bufandita amarilla que le he hecho con todo el cariño.

A ver si hay suerte y la estratagema funciona. Lo que no me ha quedado claro es si se trata de un intercambio a la par, es decir, si los presos van a ocupar a su vez el lugar de los abuelos. Ya me gustaría a mi ver a Oriol Junqueras haciendo puzles con las amigas de mi madre del geriátrico, el rapapolvo que le pegó Borrell en televisión le parecería una broma, al lado de las broncas que le iban a caer.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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