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El linchamiento de Tardà y Rufián

Ramón de España
5 min

La evolución de energúmeno a estadista protagonizada por Joan Tardà y Gabriel Rufián no ha sido muy apreciada por el sector más hiperventilado del procesismo, que se dedica a ponerlos de vuelta y media constantemente, haciendo extensivo el asco que le producen a todo su partido, Esquerra Republicana de Catalunya, al que consideran un despreciable colectivo de botiflers consagrados a la destrucción de la patria, siempre amenazada de desaparición a manos del perverso Estado español. Entre sus principales hostigadores brillan con luz propia Santiago Espot y Ramón Cotarelo, personajes que aparecen con frecuencia en las conversaciones de los viles unionistas, siempre tratando de dilucidar cual de los dos está peor de la azotea. Yo diría que ese galardón se lo lleva de calle Cotarelo desde que dedica lo mejor de su tiempo a dos actividades tan compatibles como las felaciones (quiero creer que metafóricas) a Puigdemont y los insultos a Rufián, a quien ha llegado a tildar de ñordo, término despectivo para los ciudadanos de España, país que, si no me equivoco, debe pagarle su pensión al viejo imbécil, convencido de que él es más catalán que el noi de Tona, un delirio que resultaría inofensivo de no ser por su tendencia a meterse donde no lo llaman y a incordiar en general.

Yo estoy a favor de la mutación de esos dos pesos pesados (tirando a pesadísimos) del partido local de meapilas rurales, y Tardà nunca me cayó del todo mal. Había algo entrañable en su condición de rústico perdido en la gran ciudad, y hasta hice correr la voz de que dormía encaramado a un árbol del madrileño parque del Retiro para no dejarse ni un euro en los hoteles del Gran Satán. Rufián me parecía (y me lo sigue pareciendo) un gañán que había encontrado en la política la posibilidad de escapar al triste destino de trabajar de portero en una discoteca de Cornellà, pero debo reconocer que su reciclaje como estadista me sorprendió, y me hizo darme cuenta de que no era tan tonto como aparentaba: ¿en qué lugar que no fuese el Congreso de los Diputados iba ese cani a levantar cinco o seis mil euros mensuales?

A ambos se les reprocha una connivencia con España absolutamente intolerable, pero es Cotarelo --también conocido como la yaya del prusés-- quien más beligerancia muestra a la hora de ponerlos a caer de un burro. A Rufi se la tiene jurada, lo cual ha motivado cierta reacción hostil en otros miembros de ERC. Pensemos en el exdiputado Pere Vigo, quien ha pedido vía Twitter que se encierre a Cotarelo en la jaula de un zoo, previa sodomización con una caña resquebrajada y untada en guindilla, una propuesta a tener muy en cuenta, pero que no destaca por su sutileza. Con su adhesión inquebrantable al majareta de Puchi, Cotarelo ha logrado meter cizaña en el procesismo, algo de mucho mérito para alguien que no hace tanto vivía en Madrid y le hacía la pelota a Rodríguez Zapatero para ver si le caía un ministerio.

Con la cantidad de perturbados mentales que atesorábamos en Cataluña, me parece relevante que un resentido recién llegado se lleve la palma a la demencia independentista. La principal diferencia entre Cotarelo y Rufián consiste en que el primero necesita urgentemente ayuda psiquiátrica y el otro no, pues solo es un arribista perfectamente articulado que solo aspira a prosperar en una vida que no le había repartido precisamente las mejores cartas.

Ganarse el odio de ERC en tan poco tiempo solo lo consigue un trepa selectivo que aspira a grandes cosas en la república catalana que no existe. El pobre Rufi solo pretende ganarse la vida en Madrid, agradable ciudad en la que nadie le llama charnego o botifler, la gente es más simpática que en Barcelona y la vida nocturna más prometedora y estimulante. No creo que entienda que Cotarelo haya sido capaz de abandonar ese edén para instalarse en un pueblo churroso de la Cataluña profunda con vistas a la pastelería de los Puigdemont.

Usted sí que sabe, señor Rufián.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.