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Los límites del antimilitarismo

Carlos Jiménez Villarejo
5 min

Estos días estamos viendo cómo en el Salón de la Enseñanza que está celebrándose en Barcelona, en el espacio que ha instalado el Ministerio de Defensa, no solo grupos sociales antimilitaristas expresan abiertamente su rechazo a dicha presencia --lo que evidentemente respetamos-- sino que los propias autoridades municipales eludían su presencia en dicho espacio haciendo constar su incomodidad y hasta rechazo ante los representantes militares allí presentes. Militares que han soportado con dignidad pancartas tan surrealistas como las que rezan "Desmilitaricemos la Educación".

Para cuantas personas acudan a ese salón, sobre todo jóvenes, quisiera recordar que, ciertamente, los militares fueron los principales protagonistas del golpe militar de 1936 y de la subsiguiente Guerra Civil y el sostén fundamental de la dictadura del General Franco, con las consiguientes responsabilidades de toda clase que contrajeron por todo ello. Y una parte, menor de lo que parecía, impulsó el golpe militar del 23 de febrero de 1981 para acabar con la democracia, por lo que fueron juzgados y condenados.

Y, evidentemente, forman parte del Estado democrático con obligaciones legales y éticas que no siempre respetan, así como, es evidente, que su principal misión está sustentada en el empleo de las armas que, puede, que en más ocasiones de las deseables, no se ajuste a una estricta necesidad de defensa.

Hoy, en un mundo tan globalizado, la presencia militar de los Estados democráticos se hace imprescindible para la protección de personas y poblaciones del llamado tercer mundo

Pero es lo cierto que hoy, en un mundo tan globalizado, la presencia militar de los Estados democráticos se hace imprescindible para la protección de personas y poblaciones del llamado tercer mundo, que huyen despavoridas de las guerras, el hambre y el terror, cada vez más indefensas, ante las dictaduras, los grupos radicales y, sobre todo, terroristas que siembran el miedo y la muerte por doquier.

Ante los acontecimientos de Barcelona, creo que es necesario hacer presente la función que cumplen las misiones militares, entre ellas las españolas, en la comunidad internacional. Están distribuidas por el mundo doce misiones constituidas por, aproximadamente, unos 3.000 soldados. En todo caso, forman parte de misiones constituidas y dirigidas por los correspondientes organismos de la Unión Europea, Naciones Unidas, OTAN --es la misión más discutible, por las graves carencias con que se atiende a los refugiados-- y la coalición internacional contra el Daesh.

La presencia militar española --variable, según la situación humana y social del país de destino-- está acreditada en los siguientes Estados: Líbano e Irak --donde se encuentran los mayores efectivos--, República Centroafricana, Somalia, Malí, Senegal, Bosnia y Herzegovina, Afganistán, Letonia, Colombia, Mauritania y Túnez.

Es de justicia reconocer públicamente los valores que, más allá de los méritos y deméritos sus jefes militares y políticos, concurren en estos servidores públicos

Es obvio que algunas de estas misiones generan un grave riesgo para los miembros de las misiones, como lo acredita que desde 1987 han muerto en el desarrollo de ellas 171 militares, muchos más que los 103 que fueron asesinados por ETA. Además de misiones puntuales decididas por dichos organismos, principalmente en el Mediterráneo.

Con todo ello, no pretendemos en absoluto justificar lo que puede entenderse como "militarismo". Sobre todo por razón del gasto excesivo que representa para el presupuesto público, ya gravemente mermado para atender y satisfacer los derechos y necesidades básicas de los ciudadanos más necesitados.

Pero, en todo caso, creo que es de justicia reconocer públicamente los valores que, más allá de los méritos y deméritos sus jefes militares y políticos, concurren en estos servidores públicos.

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Carlos Jiménez Villarejo

Ex fiscal jefe anticorrupción, miembro de Federalistes d'Esquerres, y ex eurodiputado de Podemos.