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Ley de lenguas: ¿debate o disputa?

19.05.2015 08:36 h.
13 min

Hace unos meses coincidí con la filósofa Victoria Camps. Hablando del proyecto de Ley de lenguas (Ldl), me dijo que la posición de aquellos que pedimos modificar la inmersión lingüística y al mismo tiempo, queremos el pleno reconocimiento del catalán como lengua del Estado estábamos en una posición difícil que sería fácilmente malinterpretada. Esta premonición de Victoria se ha cumplido: a algunos les cuesta entender que se puedan defender ambas cosas al mismo tiempo.

¿Qué le pasa al Sr. Trancón? ¿Por qué no puede argumentar en contra de la Ldl refiriéndose a la Ldl y se ve impulsado a fantasear un caballo de Troya para humillar al resto de España?

Una de estas personas es Santiago Trancón, que dedicó al proyecto y a mí en particular un furibundo artículo en estas páginas, “¿Ley de lenguas, o derechos lingüísticos?”, en el que califica la Ldl de “despropósito estrambótico y asimétrico” y a sus medidas concretas, una “extravagancia”. Afirma que en mis artículos sobre el tema, yo mantengo un discurso que “no cuestiona para nada el poder y la actuación lingüística del nacionalismo catalán; más aún, lo legitima y disculpa” y añade que los promotores de la Ldl “exigen a la España monolingüe que sea oficialmente cuatrilingüe, y aceptan que la Cataluña bilingüe sea oficial y prácticamente monolingüe”. Dice además que yo “nunca hablo de derechos lingüísticos objetivos” y “que para mí, el “problema lingüístico no lo tiene Cataluña sino España y los españoles, que son intolerantes y viscerales”. Acaba diciendo que la Ldl es un caballo de Troya de los independentistas y descalifica la discusión como un “turbio debate”, en el que, sin embargo, no se abstiene de participar.

El artículo del Sr. Trancón es una pieza maestra de reducción al absurdo de una propuesta que es seria y razonada. Ello no la hace necesariamente conveniente, como piensan algunos, pero esta es otra cuestión. Sin embargo, alguna seriedad y consistencia tendrá la propuesta si es objeto de un debate tan vivo, donde muchas personas válidas, tanto a favor como en contra de la Ldl, han hecho aportaciones constructivas sobre la diversidad lingüística de España y han permitido reflexiones muy interesantes sobre el conflicto lingüístico y sus soluciones.

¿Qué le pasa al Sr. Trancón? ¿Por qué no puede argumentar en contra de la Ldl refiriéndose a la Ldl y se ve impulsado a fantasear un caballo de Troya para humillar al resto de España? En mi opinión, le pasa lo que dijo Victoria Camps. Algunos no entienden la propuesta. Entonces buscan una razón para ella, una razón para este “despropósito” que a ningún no-nacionalista puede pasarle por la imaginación.

Quería explicarle al Sr. Trancón que es un error pensar que si a alguien le interesa el catalán y quiere que su Estado le hable también en esta lengua, ello implica necesariamente que le parece bien la exclusión del español en la vida pública de Cataluña. Nadie de los promotores de la Ldl ha dicho que no nos importe la situación del español en Cataluña. Más bien, todo lo contrario: todos nosotros escribimos sobre el conflicto lingüístico en Cataluña y estamos comprometidos con el bilingüismo. Queremos un cambio en la política lingüística de Cataluña y pensamos que, con nuestros artículos y actuaciones, estamos contribuyendo a que esto pueda llegar a suceder. Sr. Trancón, A es A y B es B.

Todo esto parece muy obvio pero en la situación tan extrema que vivimos en Cataluña en el tema lingüístico, no lo es. 

También al Sr. Antonio Robles le cuesta entender que se pueda ser crítico con la política lingüística de Cataluña y al mismo tiempo, defender la oficialidad de las lenguas distintas del castellano. Después de dos enrevesados artículos y varios comentarios en CG, donde decide que yo estoy “bajo una presión catalanista más grande de lo debido” llega a la supuesta razón real y oscura de la Ldl: es una propuesta del PSC que me utiliza a mí, particularmente, para vender este proyecto bajo una pátina de progresismo pero cuyo objetivo real es machacar aún más el español en Cataluña y hacer un federalismo asimétrico en nuestro país. El Sr. Robles califica la Ldl de “disparate” y afirma que yo estoy acometiendo un “envite etno-lingüístico” contra los derechos de los castellanohablantes en Cataluña. Todo ello explicado en Libertad Digital y creído por el Sr. Trancón y otros; de aquí el caballo de Troya.

Bien, nada de ello es así. Los promotores de la Ldl somos individuos independientes que creemos en este proyecto y que tenemos la oportunidad de expresarnos públicamente y darlo a conocer. No hay más. No somos ningún submarino del PSC ni yo tengo idea de haberme vendido a nadie. El dato que le hace confabular todo esto al Sr. Robles es mi participación en el “II Seminario de Plurilingüismo” realizado en Barcelona el pasado 24 de abril, continuación del que se realizó el pasado setiembre en Madrid. En este seminario, organizado por la Fundación Ortega-Marañón y el senador Carles Martí, asistieron lingüistas y académicos de las demás comunidades bilingües para hablar de las lenguas de España y no para maquinar ningún caballo de Troya. El senador Martí tiene elaborada, efectivamente, una propuesta de ley de lenguas “para el reconocimiento y amparo de las lenguas distintas del español”, sin hacer estas lenguas oficiales, con unas medidas concretas pero limitadas y para pactarla con los gobiernos de las comunidades bilingües. Es un proyecto de él, que de hecho presentó hace dos años en el Senado y la Mesa no aceptó tramitarlo. Carles Martí está a favor del plurilingüismo del Estado pero su enfoque no es como el nuestro.

Nuestra propuesta no busca “amparar” nada, quiere la oficialidad, tiene medidas ambiciosas y no contempla ninguna negociación con los nacionalistas, más bien todo lo contrario, considera que la clave del éxito de la iniciativa es que se lleve a cabo de forma independiente de los nacionalistas. Carles Martí sabe perfectamente que nuestra propuesta es diferente de la suya y sabe también muy bien que nuestra posición sobre la política lingüística de Cataluña es muy diferente de la suya. Sin embargo, estas diferencias no me impiden a mí dialogar con él ni me van a impedir seguir reuniéndome con académicos del resto de España para hablar de plurilingüismo, escuchar los enfoques de los otros y hablar de la situación del español en las comunidades bilingües. Todo ello lo hago desde mi independencia. No soy un submarino de ningún partido ni estoy al servicio de ninguna conspiración. La realidad parece ser más bien que el Sr. Robles no entiende el proyecto y por ello tiene que buscar algún motivo oscuro detrás de él.

¿Por qué cuesta tanto comprender que se pueda ser crítico con la política lingüística de Cataluña y, al mismo tiempo, querer un Estado activo, gestor de las otras lenguas españolas? En mi opinión, es porque, también en nuestro campo, se ha interiorizado la idea de que la lengua catalana y el nacionalismo son la misma cosa.

Se ha interiorizado la idea de que la lengua catalana y el nacionalismo son la misma cosa

Esta equivalencia se observa en prácticamente todos los artículos contrarios a la Ldl, sin menoscabo de que muchos de ellos hayan señalado importantes ambigüedades nuestras o aspectos no dichos en la ley. El enfoque que se repite es que la Ldl es para complacer a los nacionalistas o para pactar con ellos o para que ellos opinen o para que ellos modifiquen la inmersión a cambio. Pero diciendo esto se da la razón a los nacionalistas: ellos piensan y transmiten que son los amos del catalán; tienen la exclusividad sobre esta lengua. Para ellos, nadie tiene derecho a decir nada sobre el catalán sin contar con su beneplácito. Ellos son el catalán.
No es este nuestro enfoque; no proponemos la Ldl para que los nacionalistas estén contentos y sean buenos chicos sino que la proponemos precisamente para disputarles su condición de amos únicos del catalán.

Cuando los federalistas canadienses hicieron oficial el francés, lo hicieron independientemente del Partido Quebequés, de si a éste le parecía bien o mal. Se dirigieron a los ciudadanos de Quebec y del todo el Estado, no a los nacionalistas. A partir de este acto, el Estado canadiense quedó legitimado para hablar en nombre del francés, además del inglés, del bilingüismo como un valor del país y de los derechos lingüísticos como pertenecientes a los ciudadanos y no a los territorios. Uno puede argumentar que no le importa que los nacionalistas se hayan erigido en los amos del catalán; lo que quiere es que acabe la exclusión del español. Me gustaría pedir a los que piensan así que no desdeñen tan rápido la idea de que para re-situar el español y acabar con su exclusión sea necesario en primer lugar re-situar el catalán, a partir de arrebatarles a los nacionalistas el monopolio sobre esta lengua. Soy consciente de que tenemos que explicar mejor esta cuestión crucial.

En mi opinión, el debate puede ser muy interesante y rico si es constructivo, sin retórica denigratoria y sobre todo, si estamos seguros de que estamos hablando de la misma cosa. Una disputa sobre caballos de Troya está fuera de lugar. Necesitamos el tiempo y la energía para intentar aportar soluciones al conflicto lingüístico y no para disputas estériles.

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Schuman 25/08/2015 - 11:14h
Impecable, Mercè Vilarrubias. No he entendido por qué los artículo de Robles o Trancón en CG han tratado de humillar y han hecho juicio de intenciones en lugar de criticar la propuesta de Vilarrubias. De hecho, el Estado ya tiene en cuenta el catalán en muchas ocasiones. Si ya lo estamos haciendo, regulémoslo y quitémosles a los nacionalistas el monopolio sobre el catalán, patrimonio también de los hispanohablantes de Cataluña y del resto de españoles. El catalán no es suyo, hagámoslo nuestro y les quitaremos la clave de bóveda de su religión.
JoaquinM 25/08/2015 - 11:14h
Hablemos pues de cosas sustantivas: 1) El proyecto parte del supuesto de que el "Estado" no tiene actualmente papel alguno en la legislación y amparo de las lenguas regionales. Esto es falso. 2) Habla de un "conflicto lingüístico" en abstracto, cuando el problema real actual es la utilización de la lengua regional por los nacionalistas para crear un conflicto político ("construcción nacional" = destrucción nacional de España y secesión). En lugar de pensar en leyes que resuelvan los problemas actuales en Cataluña (prevaricación del gobierno autonómico al negarse a cumplir las leyes), lo que propone es crear problemas y disfunciones en el resto de España. ¿? 3) Poner intérpretes en museos, ministerios y demás organismos de la administración central del Estado fuera de Cataluña. Es decir, gastar para promover la des-comunicación, para que se vea como "normal" no emplear la única lengua que es obligatoria constitucionalmente y que garantiza la igualdad y movilidad de los ciudadanos. ¿?
JoaquinM 25/08/2015 - 11:14h
Dice este artículo: "En mi opinión, es porque, también en nuestro campo, se ha interiorizado la idea de que la lengua catalana y el nacionalismo son la misma cosa." Pues yo, desde Madrid, no veo eso por ninguna parte. Si así lo sintiera, no me habría leído tantos artículos en catalán a duras penas. El problema es el nacionalismo catalán (y vasco). Ese es el problema para la convivencia y el progreso del país. La lengua la utilizan como instrumento para que su ideología triunfe y se quiebren todos los lazos posibles con el resto del país. Por eso suena estrambótico que este proyecto (sin duda bienintencionado) defienda la necesidad de contratar intérpretes para atender a los vecinos de Figueras o de Motrico que pasen por Cuenca o por Mérida.
VicenteSerrano 25/08/2015 - 11:14h
(1) Entiendo que el estado esta legitimado para legislar sobre las lenguas de todo el país. No entro a valorar si ley de lenguas o de derechos lingüísticos, solo son denominaciones que han de incluir todo. Discrepo sobre el orden: Primero resolver el catalán y a continuación el castellano. ¿Por que? Una ley marco para todo el estado que defina perfectamente derechos y deberes de los ciudadanos y de las instituciones (Autonomías y ayuntamientos incluidos). Y por supuesto soluciones distintas para situaciones distintas.
VicenteSerrano 25/08/2015 - 11:14h
(2) Cataluña es una sociedad bilingüe y España en todo caso es multilingüe, el castellano esta presente en todo el territorio, pero el resto de lenguas solo en territorios concretos. Ello no quiere decir que un ciudadano catalán no tenga derecho al uso del catalán fuera de Cataluña, en todo caso se ajustará a las circunstancias concretas. La presencia de muchas familias con lengua distinta al castellano fuera de su territorio habitual debería permitir que sus hijos reciban enseñanza en su lengua. Seria perfectamente pausible la existencia de algún o algunos colegios bilingües castellano/catalán en Madrid e imprescindible en toda Cataluña. Una ley para todos y sin acritud.
Escudero 25/08/2015 - 11:14h
Siempre el mismo truco argumental: Primero ignorar los argumentos contrarios y aplastantes como los expuestos por JoaquinM. Segundo Citar solo las ventajas de la Ley para una minoría ignorando los perjuicios que supone para la mayoría. Todo, trucos argumentales. Se oculta la principal circunstancia de que diez millones de españoles son o serán bilingües y tendrán por ello una ventaja o privilegio ( en base a su lugar de nacimiento) sobre el resto a la hora de acceder a docenas o cientos de miles de puestos de trabajo, lo cual debe evitarse así como cualquier otra circunstancia que favorezca, de forma general a los habitantes de unas CC.AA sobre los de otras.
EduardoPinzolas 25/08/2015 - 11:14h
Volvamos con algunas perogrulladas que los defensores de la ley de lenguas no han explicado ni justificado en ningún caso: 1. Hay un error de base coincidente aquí con el nacionalismo: politizar las lenguas, extraerlas de su función comunicativa y cultural para darles un carácter político. Y se politizan en cuanto el Estado decide intervenir “políticamente” para regular en forma de ley la cuestión lingüística y elevar a algunas lenguas al rango de “lengua oficial” y cuando ello se hace con un obvio objetivo “político” (aunque sea expropiar al nacionalismo del arma de la lengua). Y no es casualidad que se proponga como “lenguas oficiales” del Estado al catalán, el euskera y el gallego (y no otras), lenguas existentes en comunidades donde el nacionalismo está organizado y tiene una clara (y a veces hegemónica) actuación política erosionante de la idea nacional española. Lo mismo pasó en Canadá (¿por qué oficializar el francés y no la lengua de otras minorías nacionales?).
EduardoPinzolas 25/08/2015 - 11:14h
2. Una ley no se promulga para hacer bonito, sino para aplicarse, y aplicarla tiene un coste económico (asumible o no, no voy a entrar en esa cuestión; pero sí, a mi juicio, innecesario) que acaban pagando los ciudadanos vía impuestos. ¿Qué utilidades prácticas concretas tiene para los habitantes de las comunidades no bilingües esa ley?, ¿se ha detectado una demanda social a favor de una ley de lenguas estatal que oficialice algunas lenguas peninsulares? Pensemos en un caso concreto: el Museo del Prado (por decir algo) ofrecerá a sus visitantes la posibilidad de una visita guiada también en catalán, gallego y euskera. Eso tendrá un coste (pinganillos con una traducción de la explicación convencional o guías que sepan expresarse en esas lenguas). ¿Quién hará uso de los pinganillos o de los guías plurilingües? Como mucho, visitantes catalanes, gallegos o vascos (los mismos que visitarían igualmente el museo sin ese servicio y que, además, entienden perfectamente el español).
EduardoPinzolas 25/08/2015 - 11:14h
Lo mismo me vale para cualquier servicio o institución donde se decida aplicar la ley de lenguas (administración, oficinas de turismo, patrimonio cultural, etc., etc.)
Olegario 25/08/2015 - 11:14h
Si miramos hacia delante, lo que nos espera es Europa. Si extrapolamos nuestra "riqueza lingüística" al resto de países que conforman Europa, ésta tendría que dar satisfacción a ¿un centenar? de lenguas irredentas. Sin politización, una lengua no es más que un instrumento. Lo que toca a los ciudadanos y a sus gobiernos es trabajar por una "lengua franca europea". El "tesoro" de la "extraordinaria riqueza lingüística europea" lo es para los expertos. Para los ciudadanos, para su realización personal, profesional, política y económica, es un estorbo y una herramienta de desigualdad y de exclusión. Esto lo vieron claro los conductores de una Francia moderna; también los creadores de la actual Italia. Igual de claro lo tenemos que ver los que sentimos vocación europeísta.
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