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Leche sana catalana

Julio Murillo
7 min

Mientras prosigue la guerra de cruces y lazos amarillos, y se dictan sentencias —como la de Sant Cugat, que dará pie a denuncias y contenciosos futuros— para que se retiren del espacio público banderas, pancartas o elementos cuya simbología no representa a toda la población, el Tribunal Supremo ha denegado la puesta en libertad de los políticos encausados por los hechos de septiembre y octubre del pasado año. Lo hace basándose en la proximidad de la apertura de juicio oral —probablemente en octubre—, y ante el más que evidente riesgo de fuga. Oriol Junqueras, Carme Forcadell, Jordi Sánchez y el resto de alegres golpistas continuarán, por lo tanto, entre rejas.

En paralelo, José de la Mata, juez de la Audiencia Nacional, propina un contundente golpe al PDeCAT, al imputarlo de forma clara en el financiamiento irregular de Convergència —el famoso 3%— por considerar que dicha formación es mera sucesora de los usos, maneras, modales y hábitos (malsanos) de CDC. Esta decisión del juez podría explicar, aunque sólo en parte, el hecho de que Carles Puigdemont, transmutado en Crono, o Saturno, haya decidido devorar al PDeCAT para integrarlo en la Crida Nacional per la República, empezando por zamparse a la pusilánime de la coordinadora general, Marta Pascal, que le privó de poder seguir odiando a placer a Mariano Rajoy, y que haya puesto de vicepresidenta a la equina Míriam Nogueras, una radical que, además, mueve las orejas a toda pastilla y crea una corriente de aire muy agradable.

Es normal, en este impasse, y mientras el amado líder vuelve a Waterloo, que la tropa indepe ande desnortada y cabreada a un tiempo… Cien ceballuts irreductibles de Vic se pegan horas y horas montando su bonito cementerio de ideas muertas en la plaza mayor de la localidad, y va un terrorista fascista, español-africano, que no había tomado su medicación, y se lleva unas cuantas docenas de cruces por delante con su utilitario. Es el pan nuestro de cada día en Cataluña, porque, aquí y allá, más y más constitucionalistas (todos ellos, por descontado, terroristas fascistas, españoles-africanos) hartos de tanta porquería, se encaraman a lo alto de mástiles, cortados, montañas y puentes, a plena luz del día, jugándose el tipo, y eliminan más y más basura icterícica.

Estando así las cosas se hace comprensible que la majadería, agravada por la bofetada inclemente del sol, se extienda entre los secesionistas, Al borde del delirio, sumidos en la enajenación, y sin poder esperar al 11S para seguir haciendo el indio de forma colectiva y ordenada, se están dando como locos a beber leche de vaca y de cabra, amorrados directamente a la ubre de estos nobles y humildes seres que tanto han contribuido al progreso de la civilización. Vaca que ven, ubre que lamen, chupan, succionan y ordeñan. Se tumban bajo las mamas, entre la paja, el estiércol y las moscas y se matan a chorros de leche cruda catalana —¡la mejor del mundo, ya los césares la importaban directamente de Cataluña!— mientras el amigo de turno los fotografía y sube la imagen a las redes sociales. Los de Twitter ya han decidido que eso es una guarrada de mucho cuidado y han suspendido las cuentas en que iban publicando sus mamadas animales.

Con esta iniciativa, que se sacó de la manga Teresa Jordà, consejera de Agricultura de la Generalitat, a fin de promocionar las bondades de la leche cruda, no sólo han sido ganaderos, lecheros y fabricantes de quesos los que se han sumado a la movida. Los indepes aman el espectáculo, las coreografías y los flashmobs sobre todas las cosas, porque sumándose a estas cosas, por estúpidas que sean, sienten que forman parte de un espíritu grupo, de un único cuerpo místico de “tontolabas superiores”. A este nivel, no lo duden, son más norcoreanos que los norcoreanos.

Lo preocupante es que al hacer propaganda de lo sano que es trasegar leche cruda, la consejera de Agricultura, para convencer a la parroquia de que no supone peligro alguno para la salud, vino a decir, en un espeluznante símil, que como mucho el peligro que puede conllevar ingerirla sería equiparable al de comerse unos muslos de pollo que llevan cuatro semanas en la nevera.

Por lo tanto, prepárense, porque tras las selfies de independentistas amorrados a una teta, empezaremos a ver fotos de descerebrados comiendo ensaladilla rusa con mahonesa casera del mes pasado; canelones con bechamel de hace cinco semanas, y sopa de pescado de hace dos meses por la República y la libertad de Cataluña. Y como son así de chulos, fijo que alguno se filma comiendo alguna guarrada putrefacta, infectada por millones de bacterias, alardeando de que es de hace al menos un año… ¡Y sin nevera!

Esto es Tractoria, amigos. El Kalahari de la inteligencia. Entre ratafía, leche cruda y alimentos podridos acabarán todos hechos unos zombis. El 11S serán incapaces de formar en fila de a dos y chocarán unos contra otros.

No dejen de reír nunca, que eso les sienta fatal. Feliz verano.

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¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.