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La lección de 1640

Manuel Peña Díaz

por Manuel Peña

26.02.2016
4 min

Hay un tópico político español que de tanto repertirlo se ha convertido en ley histórica. Me refiero a las tensiones centro-periferia, Madrid contra Cataluña o Madrid-cuaquier otra autonomía. Este modelo geográfico ha sido aplicado acríticamente tanto a análisis de procesos históricos como a conflictos actuales. Así, por ejemplo, las rebeliones-revoluciones-revueltas que se produjeron a mediados del siglo XVII, que pusieron en jaque a la Monarquía de Felipe IV y al gobierno de Olivares, se han interpretado por una determinada historiografía desde la dialéctica --genérica y territorial-- del poderoso centro frente a la explotada periferia.

Hace años se demostró que ese enfoque era erróneo. Pero volvamos de nuevo a la rancia interpretación que lo sustentaba. Cinc cèntims: la rebelión de 1640 fue un conflicto entre Cataluña y España, una inevitable explosión de identidad nacional por estar sometida a una exógena estructura imperial, que tenía un premeditado plan de destrucción de las constituciones y privilegios catalanes.

No hubo un conflicto centro-periferia entre Cataluña y España, entre otras razones porque no existió la unidad catalana, ni geográfica ni social, ni toda Cataluña estuvo vinculada a Francia entre 1640 y 1652 ni todos los catalanes fueron profranceses

Han sido décadas de investigaciones con numerosas publicaciones que parecen olvidadas, y en las que se ha demostrado sobradamente que no fue así. No hubo un conflicto centro-periferia entre Cataluña y España, entre otras razones porque no existió la unidad catalana, ni geográfica ni social, ni toda Cataluña estuvo vinculada a Francia entre 1640 y 1652 ni todos los catalanes fueron profranceses o, si se prefiere, 'nacionalistas'. Ni siquiera el patriotismo --como sentimiento de pertenencia y defensa de Cataluña-- de los campesinos era el mismo que el de los juristas, etc. Recordemos también que la rebelión, además de conflicto civil, fue un espacio clave en la guerra internacional entre las monarquías española y francesa en su lucha por la hegemonía en Europa, con sus consiguientes derivaciones fiscales y militares.

Pero ¿cuál ha sido la explicación más solvente sobre lo sucedido? Thompson, Benigno, García Cárcel, Elliott, Torres, entre otros, han demostrado que hubo un factor social que condicionó el desarrollo del conflicto: el papel de la élites. La ruptura fue el resultado de la manipulación del grave malestar colectivo (economía de guerra, crisis económica, aumento de la carga fiscal...) por una pequeña fracción de la clase dirigente catalana que optó por el giro separatista. Y he aquí el elemento clave: este cambio se produjo en un contexto de extrema debilidad de los vínculos políticos entre la clase dirigente castellana y la nobleza catalana.

El cortocircuito se extendió. Y se vio muy mermada la capacidad de influencia de la gran nobleza catalana sobre la pequeña y mediana nobleza local. En resumen, la lucha política dejó al descubierto la incapacidad de la facción que apoyaba a Olivares para mantener el consenso entre los grupos dirigentes, y ni siquiera supieron garantizar los intereses y aspiraciones de las élites provinciales. Un desastre, que en la actualidad se administra con gotas de soma y mucha carga simbólica.

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