Menú Buscar

La diosa de la corrupción

Graziella Moreno

por Graziella Moreno

09.06.2016
4 min

En el Rigveda, el texto más antiguo de India (de mediados del II milenio a.de C.), una colección de himnos dedicados a los dioses, aparece Níriti, oscura y terrible, la diosa de la muerte y de la corrupción, a la que algunos adoran.

Desde que se tiene noticia, hallamos ejemplos más que sonados en todas las civilizaciones. La tentación es grande y se hace difícil resistirse al impulso de buscar un beneficio individual a costa de las normas de convivencia

Según el diccionario de la RAE, la práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de las organizaciones públicas en provecho económico o de otra índole de su gestores, es corrupción. En España somos punteros en esta práctica como demuestran las 2.000 causas pendientes en los juzgados y tribunales, los más de 500 investigados y el listado de los partidos políticos relacionados (seguro que estas cifras quedan anticuadas en el lapso de tiempo que transcurre entre que escribo estas líneas y llegan a los lectores). Según datos del año 2015, la ONG Transparencia Internacional, tras haber analizado 168 países, ha estimado que ostentamos el honroso puesto 36 de la lista. Muchos piensan que en el siglo XXI es imposible encontrar gestores públicos libres de sospecha, que hay muchos más casos ahora que hace un tiempo, en definitiva, que eso "antes no pasaba". Craso error. No hay nada nuevo bajo el sol.

Desde que se tiene noticia, hallamos ejemplos más que sonados en todas las civilizaciones. La tentación es grande y se hace difícil resistirse al impulso de buscar un beneficio individual a costa de las normas de convivencia. En la Biblia, Judas Iscariote aparece como un destacado corrupto tras vender a su maestro por treinta monedas de plata. Dante Alighieri situaba en el infierno a los condenados por este pecado, aunque se cuenta de él que también sucumbió, y Nicolás de Maquiavelo consideraba que el gobernante debe hacer aquello que proceda aunque no sea lo correcto. Ya decía Luis XIV, el rey Sol, que "no hay gobernador que no cometa una injusticia".

Expresaba el papa Francisco en 2013 que "el hábito de los sobornos se convierte en una adicción" y alertaba contra el atractivo de la diosa de la corrupción. Cuando los casos salen a la luz y escarbamos, es sorprendente saber que personas con cargos públicos importantes se han vendido a cambio de regalos tan variopintos como pueden ser unas botellas de vino, un teléfono último modelo, tratamientos de belleza o entradas en el palco de un campo de fútbol. Dicen que todos tenemos un precio. Ya sea en dinero, en favores o en algunos casos, aprovechándose de trágicas circunstancias de salud; se acaba cayendo en una trampa de la que no se puede salir.

El problema es cuando la sociedad acepta estas conductas como algo corriente, que no se puede evitar, surgiendo la repulsa únicamente cuando el hecho es de una magnitud tal que escandaliza a los más tolerantes. Nos consuelan los expertos cuando afirman que la corrupción tendrá fin si se ponen en marcha leyes y normas, y la sociedad civil y los medios de comunicación son realmente libres. Es evidente que la educación en la intolerancia a estas prácticas es la llave del éxito, pero cuando oigo que deben ponerse en marcha leyes, de forma genérica, las palabras de Étienne Bonnot de Condillac, abate de Mureau, filósofo francés del siglo XVIII, me estremecen: "En tiempos de corrupción, es cuando más leyes se dan".

Artículos anteriores