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La conferencia que hace 35 años no pude pronunciar

Roberto Giménez

por Roberto Giménez

25.02.2016
7 min

Si hay un día que ha marcado a mi generación, la de la Transición vivida con la intensidad de los 18 años, fue la tarde del 23-F, y digo la tarde. Treinta y cinco años después nadie [de mi generación] recuerda lo que hizo aquella mañana pero todos recordamos qué hicimos aquella alucinante tarde. Está grabada a fuego en nuestra memoria colectiva.

Treinta y cinco años después del 23-F, todos los de mi generación recordamos qué hicimos aquella alucinante tarde. Está grabada a fuego en nuestra memoria colectiva

Tenía 23 años y estudiaba cuarto de periodismo. A la hora que dispararon las balas en el techo de las Cortes estaba preparando una conferencia sobre las consecuencias de la invasión árabe en España. No soy historiador, pero sí un amante de la historia. La conferencia tenía que darla al día siguiente a unos sindicalistas en una jornada de formación cultural en Barcelona.

Aquel 23-F de hace 35 años estaba preparando una charla sobre la historia de España que nunca pronuncié, y que tiene un capítulo nuclear que no he leído en ninguna interpretación de la historia, ni siquiera en el intenso debate que durante años mantuvieron en el exilio dos intelectuales republicanos: Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. Yo era de la escuela de don Claudio.

El meollo de la exposición que preparaba para el día 24 era ésta: la derrota del último rey visigodo, Don Rodrigo, vencido por los árabes, que en sólo tres años de la segunda década del siglo VIII conquistaron el reino visigótico de España, fue el hecho determinante del que brotó este galimatías actual de las Españas.

Por eso, que nadie me busque en la defensa de la herencia árabe de la península. Que es rica, muchísimo, pero que es la madre de este debate fratricida que estalló a finales del siglo XIX, que refleja la pregunta formulada por José Ortega y Gasset invocando al mismo padre del Cielo: Dios mío, ¿qué es España? La pregunta amarga la vida a los españoles que queremos seguir siéndolo.

Que la importancia de la invasión árabe fue capital por infinidad de cosas no lo discuto. Desde nimias a fundamentales. Trajeron el universo científico de su tiempo: las números con que hoy contamos, la palabra y el concepto matemático del cero, el uso de la X con el valor de incógnita. La Escuela de Traductores de Toledo tradujo las enseñanzas árabes y judías al romance castellano y a través de él a las demás lenguas indoeuropeas, por eso Miguel de Cervantes en su obra 'Los trabajos de Persiles y Segismunda' cuenta: "En Francia ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana". El de Alcalá de Henares exageró porque en su época el analfabetismo no era sólo patrimonio hispano, sino mundial. En fin, que la aportación árabe en todos los ámbitos de la vida fue excelsa: arquitectura, agricultura, el papel, lingüísticas, incluso el juego (ajedrez). El invento era indio, pero llegó a Europa a través de Al-Andalus...

Que nadie me busque en la defensa de la herencia árabe de la península. Que es rica, muchísimo, pero que es la madre de este debate fratricida que estalló a finales del siglo XIX

Iberia (tierra de conejos), así bautizada por los griegos, fue la Hispania de los romanos dividida en diferentes provincias: la nuestra, la tarraconense, llegaba hasta la actual Navarra. Tras la caída de Roma y la llegaba de los bárbaros, los hispanos vieron la construcción del primer reino independiente de los visigodos. En sólo tres años llegó la marea africana (moros del norte de África, más que árabes de Oriente), que anegó toda la península.

El primer foco de resistencia emergió en los Picos de Europa (Don Pelayo y Covadonga) y el segundo fue gracias a los galos: Carlomagno fijó la Marca Hispánica por donde los Pirineos hacían más vulnerable su reino: la Catalunya Vella fue el otro foco cristiano. Pasaron siglos y generaciones para que los reinos cristianos se volvieran a unir: la vieja Castilla brotó de Don Pelayo como la Catalunya Vella de Don Pilós, y finalmente al encontrarse bajo una misma Corona, teniendo como tenían un mismo hilo umbilical, eran ya dos realidades distintas: la Corona de Castilla y la Corona de Aragón: Isabel y Fernando se esposaron en Cervera, pero partes de sus reinos tenías sus lenguas, sus usos y carácter. Distintos, pero también hermanos, porque la misma historia que les había alejado era paralela y nos había vuelto a juntar.

Quienes hoy quieren 'desjuntarnos' traicionan a la Historia en mayúscula. 1714 sólo es un escalón de nuestra larga escalera común que se remonta a los Iberos. Roma la uniformó y los visigodos crearon en el siglo VI el primer reino independiente de la antigua provincia romana.

1714 es un escalón más en el que Barcelona defendió con la bandera católica de Santa Eulalia y al grito de una España diferente a la centralista que nos trajeron los Borbones, pero de una España al fin.

Esta charla-conferencia no pude hacerla el 24 de febrero, ni nunca. Fue suspendida sine die, porque el avatar de aquellos días así lo quiso.

***

Aquella tarde del 23-F, al conocer lo que estaba sucediendo en Madrid, quise vivirlo en directo. Aún no era periodista, sino estudiante de cuarto curso, pero yo no me quería perder una jornada que entendía histórica. Mis amigos, y amigas, del piso de estudiante que compartía creyeron que me había vuelto loco por coger el coche y bajar a BCN. La ciudad condal me decepcionó. La mítica Rosa de Foc de 1909 no existía.

A las nueve de la noche la ciudad estaba titiritando de miedo escondida en casa y enchufada a la radio; mientras conducía en una Meridiana de salida más solo que la luna en una noche velada, escuché en la Ser que El País había sacado su primera edición en defensa de la Constitución...

De eso hace 35 años.

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