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La cárcel es por su propio bien

Guillem Bota
07.12.2020
5 min

Quizás, solo quizás, va a resultar que amenazar reiteradamente con reincidir en el delito por el que uno ha sido condenado, no es la mejor forma de conseguir el tercer grado penitenciario. Algunos se están dando cuenta de que la justicia es una cosa seria, más vale tarde que nunca, aunque sea a costa de dormir entre rejas en lugar de en compañía de la santa. Aprovechar las salidas de la cárcel para darse una vuelta por periódicos, televisiones y radios amigas está muy bien, e igual sirve para vender un par de libros de esos que dicen que escriben en sus ratos libres. Y repetir en esas entrevistas que no se arrepienten de nada y que, a la que tengan la oportunidad volverán a delinquir, también está muy bien y debe de servir para que unos cuantos seguidores les ensalcen en las redes sociales. Pero sus abogados deberían advertirles de que no se puede estar en misa y repicando, es decir, de que no se puede estar en libertad y delinquiendo, y que mejor harían en callarse. Aunque claro, desde el punto de vista del abogado, mucho mejor que continúen comportándose como adolescentes enrabietados, así se asegura tener clientes unos cuantos años más.

Que esos tipos no han entendido nada, pero nada de nada, salta a la vista cuando hablan de «venganza». Todo lo contrario. En los países democráticos, la cárcel dejó de considerarse castigo o venganza y pasó a ser un sistema de reinserción de los presos. Si la pena de cárcel fuera una venganza, los políticos del procés no tendrían ni siquiera la posibilidad de salir antes de cumplir por entero la pena impuesta, que vendría a ser cuando las ranas críen pelo. Y la tienen. Ahora bien, para disfrutarla deben demostrar que su reinserción va por buen camino, y para ello no basta con no protagonizar motines carcelarios. Hace falta mostrar arrepentimiento. O por lo menos simularlo, por el amor de Dios, que hasta el último de sus colegas de prisión puede explicarles que si quiere pasar de fin de semana con la chati para sacar al cuerpo de penas, lo primero es jurarle al juez que no aprovechará para volver a atracar una farmacia, que eso está muy feo, señoría, y de verdad que nunca más.

Si de verdad llevan tan dentro de sí las ganas de volver a delinquir, mejor que no salgan de la cárcel ni para pasear. Ellos son los primeros que deberían de entender que es por su propio bien, para evitarles males mayores. De la misma forma que un adicto a la heroína que está ingresado en una clínica de desintoxicación, sabe que es mejor no volver a las calles hasta que no esté del todo desenganchado, nuestros presos, esos que se llaman a sí mismos presos políticos, deben comprender que para luchar contra su adicción --la de delinquir una y otra vez, sin freno-- lo mejor es que sigan entre rejas. Puede parecerles duro, pero al final van a agradecerlo. Es fundamental en estos momentos eso sí, el apoyo de la familia, son los allegados quienes deben convencerles de que se queden en la cárcel hasta que estén completamente curados, hasta que ya no tengan ganas de engancharse a primer delito que les ofrezcan. Deben asumir que son enfermos y que sólo con el apoyo familiar podrán a volver un día a ser ciudadanos más o menos estables. Las calles son peligrosas para quienes, como ellos, tienen la voluntad débil, ya que las oportunidades de volver a recaer en el vicio, acechan en cada esquina. Permitirles salir a disfrutar de unas horas de libertad, cuando ellos mismos reconocen honradamente no poder resistirse a la tentación, es condenarles a volver a engancharse a su droga, e iban a acabar destrozando su vida. Aguantad ahí dentro hasta que estéis curados, que es por vuestro bien.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.