Instalados en el negacionismo

Pedro Vega
06.09.2021
7 min

Volver a empezar es la expresión más acabada de la fina línea que separa la ficción de la realidad: entre las vacaciones y la cotidianeidad laboral. Después de tantos meses de inmovilidad pandémica y teletrabajo, es una situación que afecta básicamente a quienes han podido disfrutar de unos días de ocio y a los que tienen empleo. Pero lo cierto es que el salto de un estadio a otro puede marcar un acceso de depresión por la vuelta a la realidad, marcada sobre todo por el abandono de los náuticos y la puesta de calcetines y zapatos.

Así es la vida, como el empeño de algunos en ponerse morenos: machacas la piel unos días y recuperas la blancura en menos que canta un gallo. Pero también es cierto que la pereza, a estas alturas, es mejor entenderla como un signo de madurez mental. No sé si sirve como idea para una tesis de psicología clínica, pero resulta complicado encontrar en estas fechas mucha gente satisfecha y feliz con la realidad circundante: para los que no pudieron moverse, porque tuvieron que quedarse; para los que se fueron, porque han tenido que volver.

Al poco de regresar a Barcelona, topé por la calle en el centro de la ciudad con una pancarta, suscrita por Arran, la organización juvenil vinculada a la CUP, en la que podía leerse "Contra el turisme d’estiu. Jovent combatiu!” La verdad es que no he logrado descifrar el alcance del llamamiento. Ignoro si se trata de un genérico anti vacacional o una acotación estacional: después de todo, el disfrute de unas vacaciones fue siempre una aspiración trabajadora, tanto como la reducción de la jornada laboral y un salario digno. Pero quizá lo que me llamó poderosamente la atención es el rechazo, la actitud contraria a un derecho como muestra más de una cultura de la negación que parece haberse extendido como la pandemia. Porque, además, visitantes tampoco es que haya habido tantos en la Ciudad Condal.

Me pregunto qué ha ocurrido en la sociedad catalana, o al menos en una parte significativa de ella, para que vivamos instalados en el negacionismo y cada noticia positiva se convierta sistemáticamente en un problema. También es cierto que es un asunto con una clara dimensión partidista y administrativa que podría ser aplicable a una gran parte del resto del Estado. Quizá habría que reclamar a la industria farmacéutica una vacuna contra la estupidez, porque parece evidente que nos hubiésemos acuartelado en la cultura del no a todo. Baste con repasar las portadas de los diarios del mes de agosto. Tanto da que se trate de la ampliación del aeropuerto del Prat como de la supresión de peajes en autopistas, la pretensión de instalar una franquicia del Hermitage o el proyecto de los Juegos de Invierno para los que se reclama un referéndum. ¿Qué ha ocurrido realmente para que las buenas noticias se lean en negativo, se perciban como un problema y acaben siendo un motivo permanente de guirigay entre partidos o instituciones y dentro de cada uno de ellos?

Hace ahora catorce años, el que fue alcalde de la ciudad y Presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, afirmaba que “tener un aeropuerto transoceánico en Barcelona es más clave que el ser o no una nación”. Por desgracia, es imposible saber qué pensaría ahora de lo que está pasando con la ampliación del aeropuerto. En algunos casos, parece un ataque de delirio como al que le toca la primitiva y se angustia porque tendrá que pagar a Hacienda. Es como si hubiese un denodado empeño por hacer creer que se oye, cuando la realidad es que no se escucha. Y esto vale para todos o casi todos: un portavoz de los comunes clamaba que “la ampliación del Prat es una bacanal de sectores del pasado”, mientras la alcaldesa aseguraba que “una economía competitiva no se consigue en el siglo XXI haciendo más de lo mismo” y el presidente, Pere Aragonès, un independentista que vive exclusivamente para dar la matraca con la amnistía y el referéndum, afirma que le han engañado con el informe de Aena. Y todo por La Ricarda, una laguna declarada espacio protegido. El alcance y contenido de lo que se diga, poco importa: lo fundamental es el uso demagógico del lenguaje.

Por si faltaba algo, el levantamiento de barreras en las autopistas ha sido recibido por Ada Colau y su alegre muchachada con una petición de otros nuevos peajes: no precisamente por afán recaudatorio, sino para evitar que entren coches en la ciudad de Barcelona. ¡Porque contaminan! Olvidando que la ciudad vive en gran medida de su Área Metropolitana, pero la entiende como un coto cerrado en donde puede hacer y deshacer a su antojo, lejos de entenderla como espacio e identidad común. Siempre cabe la esperanza de que, a la vista de que todo apunta a que perderá las elecciones municipales, la actual alcaldesa decida no presentarse y buscarse una canonjía en quién sabe dónde. De esperanza también se vive, aunque sus lágrimas al ser abucheada en las fiestas de Gracia, recuerdan más a las de cocodrilo: las que derraman mientras devoran a sus víctimas, y no precisamente por piedad.

En fin, que habrá que proveerse de optimismo para tratar de salir de este carajal de despropósitos. Será cuestión de manejar los tiempos lo mejor que podamos. Leyenda urbana o no, del General Franco se decía que tenía dos montoncitos de carpetas en su escritorio: uno con los asuntos que se resuelven con el tiempo y otro con los que el tiempo resuelve. Aquel sí que fue un profesional en la gestión del tiempo: duró cuarenta años en el poder. ¡Qué horror!

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¿Quién es... Pedro Vega?
Pedro Vega

Santander; Aries, mientras los astrólogos no alteran las certezas zodiacales; cosmopolita residente en Barcelona tras pasar por Paris, Bucarest y Madrid. Colaborador de diversos medios informativos, es autor de libros como “Crónica del antifranquismo”. Dedicado desde hace tiempo a la consultoría de comunicación de grandes corporaciones empresariales.