Después del póquer y la ruleta, Black Jack

31.12.2018
Guillem Bota
5 min

Se ha sabido que Torra, ese que dicen que preside Cataluña, le hizo llegar a Pedro Sánchez durante su reunión en Barcelona ni más ni menos que veintiuna peticiones. Ni 10, ni 15, ni 20: veintiuna. No se anda con chiquitas el tal Torra. Eso sí, lo de reclamar simplemente la independencia, no digamos ya proclamarla por las bravas pues a la vista están los resultados, se deja para mejor ocasión. De momento Cataluña, siempre tan modesta ella, se limita a solicitar una mediación internacional a su propio conflicto, a exigir una regeneración democrática del estado español, y a demandar que se aísle a la ultraderecha, más 18 puntos más que todavía no han trascendido, pero que a tenor de la amplitud de miras de Torra, deben incluso contemplar la sustitución de la sangría por su amada ratafía como bebida typical Spanish.

Uno tiene la impresión de que con lo de la regeneración democrática y el aislamiento de la ultraderecha, el pobre Torra está echando piedras a su propio tejado, pues tanto un supuesto como el otro exigirían correrle a gorrazos a él mismo de la política e incluso de la vía pública. Por lo que respecta a la mediación internacional, debe tratarse del penúltimo intento de hacer que alguien, quien sea, en el ancho mundo, se moleste en poner aunque sea un solo ojo sobre la situación catalana. Ya que de los ruegos catalanes nadie hace el menor caso, quizás engañando al Gobierno para que les secunde en tan descabellada propuesta, consiguen Torra y su jefe Puigdemont que alguien piense que aquí existe realmente un conflicto político, en lugar de unos fulanos a la espera de juicio por unos delitos tipificados en el Código Penal. Pueden esperar sentados.

Más que el contenido, que tiene que ser forzosamente tan soplapollas en su totalidad como los tres puntos hasta ahora filtrados, me interesa el continente. ¿Por qué concretamente 21 puntos? A los políticos catalanes les gusta tanto el postureo simbolista que son capaces de estar unas horas sin comer y vestirlo de solidaridad con los presos, o de adornar a niños casi de teta con esteladas en el tradicional concierto de Sant Esteve, para simular que comulgan con sus ruedas de molino incluso los impúberes. Por tanto, el número 21 debe tener también algún significado oculto. Después de horas de estudio y de ingentes consultas a los más afamados cabalistas, puedo afirmar sin lugar a dudas que eligieron este número no al azar, sino porque el 21 es el número del Black Jack, la cifra que en este juego de cartas asegura ganar la partida. Anda que no perdió dinero la difunta Lola Flores en las mesas de Black Jack de los casinos de tota la península.

Una vez los líderes catalanes asumieron públicamente que habían jugado al póquer de farol, y una vez que apostaron a la ruleta con el resultado de perderlo todo, incluso la libertad, no queda otra en el casino que el Black Jack. Desde el principio tuvieron claro -ellos, no los pobrecitos que les siguieron y los pocos que les siguen todavía en sus delirios- que toda la operación llevada a cabo era como entrar en un casino con la remota esperanza de hacer saltar la banca. Olvidaron que para ello son necesarias agallas, inteligencia, paciencia, aliados, nervios de acero y, en el caso de disponer de todas esas cualidades -que ni una tenían-, mucha suerte. Sucedió lo previsible, y salieron del casino con lo puesto, como aquellos personajes de los antiguos tebeos que habían perdido hasta las ropas y se tapaban pudorosa y ridículamente con un tonel. Lo que uno no esperaba es que, tras haber quedado en la ruina política y moral más absoluta, intenten ahora apostar a doble o nada. Alguien debería impedírselo, empiezan a dar mucha pena. Aunque no me hagan mucho caso, estas fiestas me ponen sentimental, seguro que mañana vuelven a darme risa.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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