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Unos huevos y una visita a Gerona

Guillem Bota
16.12.2019
5 min

Conservo amigos en Gerona, del tiempo que viví en aquella ciudad. Hace unos días quedé con uno de ellos, periodista, y me acompañó al barrio de Vila-Roja, en su periferia. Antes, quedamos citados en la plaza del ayuntamiento, donde balcones y ventanas están adornados con estelades, lazos amarillos y pancartas reclamando la libertad de los presos. El propio ayuntamiento, en teoría la casa de todos los ciudadanos, ha tomado claramente partido, según se desprende de los adornos amarillos en sus balcones. Tomamos unos vinos y enfilamos hacia nuestro destino.

El contraste, al llegar a Vila-Roja casi me hizo sangrar los ojos. Vila-Roja sigue formando parte de Gerona, por lo menos de facto, pero uno parece haber accedido allí por un túnel del espacio/tiempo. Banderas españolas en las farolas, murales en las paredes con gigantescas rojigualdas, una pancarta que reza "Bienvenidos a España" e incluso -como un guiño irónico de la gente del barrio, que debe tener un sentido del humor peculiar --la calle principal ha sido rebautizada, y ahora una placa nos informa de que se trata de la "Avenida del 155".

Así están las cosas en este barrio de trabajadores, construido para dar cobijo a los inmigrantes de toda España que llegaban a Gerona en los años 50 y 60. Los hijos de aquellos inmigrantes siguen viviendo en Vila-Roja, un barrio que ellos consideran más que eso, un pueblo.

-Oiga ¿Y aquí no viene nadie a sacar las banderas españolas y las pancartas?- le pregunto a un vecino.

-Que vengan, si tienen huevos.

En Vila-Roja, muchas cuestiones se resuelven todavía a base de huevos. De hecho, el barrio fue noticia hace unos años porque unos exmilitares de algún país de los Balcanes entraron a robar en el bar Cuéllar. No es que salieran trasquilados, es que salieron en ambulancia, después de que el dueño y sus hijos escucharan ruido y bajaran --viven encima de su negocio-- a ver qué ocurría. Por el barrio corren leyendas más bien escabrosas del estado en que quedaron los pobres cacos, que en toda la guerra de los Balcanes no habían pasado tanto pavor como en aquellos pocos minutos en el interior de un bar. Horas después del episodio, el dueño, lejos de querer mantenerse en el anonimato, aprovechó que se acercó al lugar un equipo móvil de alguna televisión para recordar que allí, en Vila-Roja, la gente que busca problemas, fácilmente los encuentra.

-Y cuando salgan de la cárcel que vuelvan, que aquí los esperamos. A ver si tienen huevos.

No los tendrían, porque no han vuelto ni de casualidad. Algo parecido sucedió cuando el 1-O un grupo de independentistas llegó al barrio con la sana intención de colocar urnas para votar por la independencia de Cataluña, más algunos carteles apelando al voto afirmativo. En Vila-Roja, angelitos. Con tanta mala fortuna que un vecino les llamó la atención y le increparon. No tardaron en aparecer otros vecinos --ya he dicho que el sentimiento de pueblo sigue vigente en Vila-Roja--, que dieron buena cuenta del comando independentista, que allí quien se mete con un vecino, se mete con todos. No se sabe que hayan vuelto a poner los pies en las calles del barrio.

Uno observa la Vila-Roja completamente española en plena capital de la república catalana --según bautizó Quim Torra a Gerona--, sin que nadie se atreva a decir ni mu a sus orgullosos vecinos -"tú cuelga en cualquier otro barrio de Gerona una pancarta que diga Somos catalanes y españoles, y no dura ni 24 horas, la retirará la propia brigada municipal", me asegura mi amigo-- y entiende que todo el procés ha sido una farsa, que a los catalanes les gustan mucho las frases épicas y los brindis al sol, pero cuando de verdad se trata de mostrar coraje --de tener huevos--, prefieren quedarse en casa. El coraje, en Gerona por lo menos, lo muestran los hijos de la inmigración de los años 60, los descendientes de andaluces, murcianos y extremeños, que siguen izando la bandera de sus padres y abuelos. Y ay de quien ose impedirlo.

-Que vengan, si tienen huevos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.