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Hora de dagas y veneno

Julio Murillo
7 min

En muchas ocasiones, a lo largo de estos interminables y agotadores ocho años de procés, los que escribimos habitualmente sobre política hemos dado por muerta y finiquitada, sin que lo estuviera, esa monumental estafa en la que un puñado de políticos carentes de ética, auténticos psicópatas de manual, embarcó y embaucó a buena parte de la sociedad catalana.

La sentencia del Tribunal Supremo, más allá de la violencia desatada, dejó al independentismo hecho unos zorros y con gotero en el corredor de paliativos. Ahora, tras incontables estertores, de camino a unas elecciones anticipadas cuyo tempo será administrado a conveniencia por Carles Puigdemont y Junts per Catalunya (JxCat), anunciadas por un delirante Quim Torra que se revuelve como gato panza arriba por la deslealtad de sus socios de Govern y la apocada actitud de Roger Torrent --en el punto de mira del Constitucional y de la Fiscalía--; con mesas de diálogo y reuniones bilaterales presidenciales, que Pedro Sánchez convoca y desconvoca según la intensidad del zapatazo que dé Gabriel Rufián en la mesa; y con una guerra abierta, que será letal, sin cuartel ni prisioneros, entre las dos principales formaciones nacionalistas, podríamos afirmar que esto, el maldito procés, tal y como lo hemos conocido y padecido, se ha acabado. Ahora sí, definitivamente.

La etapa en la que entramos de lleno será conocida en el futuro como la Guerra Civil Tractoriana. Pero antes de hablarles de esa contienda ad portas --como Anibal frente a los muros de Roma--, permítanme, abriendo un paréntesis, recordarles dónde estamos. Eso no podemos perderlo de vista jamás.  

Acertó plenamente el popular Alejandro Fernández en su comparecencia del pasado día 27 en el Parlament, cuando a caballo entre la acusación directa y la retórica se preguntaba: «¿De verdad el proceso separatista era esto? ¡Siete años después, la convivencia destruída, la economía deteriorada! ¿Y al final era esto? ¡Una lucha a navajazo limpio entre ERC y Junts x Cat por el poder y nada más que por el poder!»

Sí. Siempre fue eso; no había nada más detrás de tan descomunal mentira. Solo la vergonzosa lucha por el poder, el dinero y la hegemonía territorial de un puñado de indeseables de ultra extrema derecha casposa, de urbe y de pueblo, burgueses y carlistas, y de sus espurios vástagos cuperos.

Desde la óptica social estos iluminados han conseguido que Cataluña sea, a día de hoy, una comunidad hecha trizas emocionalmente, rota por los cuatro costados, y el que lo niegue necesita graduarse la vista urgentemente, porque aquí nadie olvidará lo ocurrido y aún menos perdonará las afrentas y desmanes del adversario. De ningún modo. Ya no hay forma de remendar el descosido; somos compartimentos estancos, agua y aceite que no mezcla ni a cañonazos.

En el terreno económico el empobrecimiento es notorio y aún lo será más a medio plazo, porque se han ido miles de empresas, y la violencia vivida tras la sentencia del juicio ha causado el desplome del turismo de origen nacional, con la consiguiente caída en todos los sectores --hoteles, restauración, transporte, compra venta de inmuebles--; Barcelona, como resultado de esa tremenda inestabilidad, ya no es el motor económico que asombraba a propios y extraños en el pasado, porque pierde fuelle y ha sido desbancada por otras ciudades más estables y pujantes. En este punto la responsabilidad de personajes nefastos como Ada Quítame ese Hermitage Colau es también de juzgado de guardia.

En cuestión de prestigio, Cataluña lo ha perdido casi todo, empezando por la admiración y el afecto del resto de la ciudadanía española, ahora mismo harta de tanta inquina, tanto odio y tanto insulto; nuestros paisanos ya no nos ven como la comunidad acogedora, abierta, empapada en cultura y vanguardia que fuimos a lo largo de los 70 y 80. En el mejor de los casos suscitamos indiferencia o compasión. Desde el exterior, desde esa Europa de la que se esperaba una señal que legitimara el despropósito nacionalista y decantara la balanza poniendo a España contra las cuerdas, nos observan con recelo y desconfianza. No entienden que el separatismo, el populismo y sus modos absolutamente antidemocráticos, hayan podido germinar en una tierra que ya era libre, rica y plural. Ese es el panorama. De lo cultural mejor ni hablar… ¿para qué?

La Guerra Civil Tractoriana a la que me refería ya ha empezado. En la redes sociales los independentistas se despellejan vivos entre sí. Es odio viejo, acumulado. Los encarcelados y los fugados se detestan abiertamente.

Por una parte, los partidarios del botarate de Waterloo maldicen a Gabriel Rufián y a Joan Tardà, un par de traidores autonomistas dispuestos a venderse por un plato de lentejas con panceta; los seguidores de Oriol Junqueras, el orate de Lledoners, le espetan a Puigdemont que si necesita dinero para abonar la fianza al Tribunal de Cuentas, que se ponga ligueros y haga la calle; muchos acarician el retorno de Artur Mas, el rey taimado en la sombra; otros celebran la astucia de Quim Torra a la hora de finiquitar la legislatura sin anunciar la fecha de las elecciones, ganando tiempo a base de marear la perdiz; anhelan que la aprobación de los presupuestos generales del Estado coincidan con las elecciones catalanas, para hacer evidente la felonía de los de ERC, que a su vez, y por mucho que se empeñen en negarlo, saben que acabarán pactando con el PSC y los comunes un nuevo tripartito, o con el diablo si hace falta, con tal de defenestrar a los herederos de Convergencia a los que aborrecen con toda el alma.

El procés terminó. Es tiempo de infamia, traición y cortinas. Hora de dagas y veneno. Bienvenidos a la Guerra Civil Tractoriana.

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¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.