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La Perricholi, la amante del Virrey Amat

El historiador Ricardo García Cárcel repasa la biografía de una de las mujeres más fascinantes del Perú colonial

Dibujo de Micaela Villegas, conocida como la Perricholi, amante del Virrey Amat
02.12.2018 00:00 h.
8 min

Micaela Villegas, conocida en su tiempo como la Perricholi, fue una actriz peruana, criolla, que ha pasado a la historia como la amante del virrey de Perú, Manuel Amat y Junyent. Amat ha sido un personaje histórico, muy estudiado, porque representa muy bien a la nobleza catalana de la generación siguiente a la que vivió la Guerra de Sucesión española. Fiel colaborador de la monarquía, participó en diversas guerras europeas durante el reinado de Felipe V, fue luego gobernador de la Audiencia de Chile y virrey del Perú desde 1761 a 1766. Llevó a cabo una labor de blindaje militar del territorio peruano con excelentes obras de infraestructura y cumplió radicalmente la decisión de expulsar a los jesuitas en 1767.

Micaela, La Perricholi, nació en 1748 en Lima. Era 44 años más joven que el virrey, tuvo gran éxito como actriz, apoyada por el actor José Estacio y el empresario Bartolomé Massa. Empezó a relacionarse con el virrey a los 18 años. En 1769 tuvo un hijo con él (Manuelito). El virrey la situó a ella y a su hijo en una casa grande en Lima. La pareja se distanció entre 1773 y 1775. Ella volvió a la escena en este último año y se reconcilió con el virrey poco antes de que este fuera cesado un año después y volviera a Barcelona. Aquí, Amat conocería a María Francisca de Fivaller y de Bru con quien se casaría en 1779. Ella residiría en el palacio que él había ordenado construir en la Rambla y que se conoce como el Palacio de la Virreina. Amat moriría en 1782. Dejó dos hijos, el que había tenido con la Perricholi y otro que había tenido con Josefa de León, condesa de Castilla al cual reconocería como heredero. A Manuelito, no. Mientras tanto, Micaela siguió viviendo en Lima, se hizo empresaria de teatro y acabó casándose después de la muerte del virrey con José Vicente Echarri. Ella murió en 1819.

La relación del virrey con la Perricholi tuvo muchos ecos literarios. La primera fue la obra de Prosper Mérimée La carroza del Santo Sacramento, escrita diez años tan sólo después de la muerte de Micaela. Curiosamente, este libro sería traducido por Manuel Azaña al que le fascinaba el personaje, traducción que se acabaría convirtiendo en obra de teatro estrenada en 1931. La obra de Merimée contiene todos los tópicos clásicos sobre las mujeres limeñas: coquetas, encantadoras, y en el caso de la Perricholi, perfiles de mujer fatal, con apuntes de símbolo de la emancipación hispanoamericana.

El peruano J. A. de la Valle publicó un ensayo en 1863 subrayando sus dotes de seducción: "Y las nieves que habían amontonado los años sobre el corazón del guerrero se fundieron al calor de los rayos que despedían los negros ojos de la cómica, encendiéndose en él una de aquellas tremendas pasiones que, para vergüenza de la pobre humanidad, asaltan a veces al hombre cuando parece que más seguro debía hallarse de sí misma. Y desde aquél día, el representante del austero monarca de Castilla, fue humilde esclavo de la actriz peruano". La seductora, en la visión peruana, acaba ingresando en un convento.

El personaje sirvió para que Offenbach escribiera una opereta en 1868 sobre ella que lleva por título su nombre. Ricardo Palma la convirtió en protagonista central en su libro sobre tradiciones peruanas (1872). Ya en el siglo XX, la literatura norteamericana a través de Thornton Wilder le dedicó la obra El puente de San Luis (1927) que se acabaría llevando al cine. No pocas películas tuvieron como objeto de atención a la Perricholi. La carroza de oro (1953) de Renoir, interpretada por Anna Magnani, jugó con los paralelismos. Porras Barrenechea, Luis Alberto Sánchez, Ventura García Calderón, Enrique Anderson, Germán Arciniegas, Eduardo Galeano... han dedicado muchas páginas al personaje. Contamos con una excelente tesis doctoral de Gisela Pagés Cruz que disecciona muy bien la simple personalidad de Micaela en el marco de la historia de género en el ámbito latinoamericano.

Hoy, efectivamente, la significación de la Perricholi trasciende el papel de la joven capaz de seducir al viejo virrey con sus "artes de mujer". En primer lugar, son interesantes los múltiples casos de incidencias de mujeres en la vida y la política de hombres públicos en América Latina: Simón Bolívar y Manuela Sanz, Francisco Solano López y Elisa Lynch, el presidente boliviano Melgarejo y Juanita Sánchez, el presidente Páez de Venezuela y la mulata Barbarita Nieves, por no citar el papel de Evita Perón. Tal y como ha subrayado Gisela Pagés en su tesis, el caso de Micaela se debe insertar en la clásica hipersexualización de las mujeres latinoamericanas por los varones europeos que por otra parte desprecian la sexualidad de los varones indígenas. En este sentido, tenían especial relieve las limeñas con su presunta capacidad para la seducción, el lujo y el abandono doméstico.

La Perricholi es una construcción del imaginario sensual de los europeos con sus sueños eróticos, Mérimée se fascinó por la gitana española Carmen en la misma medida que por la actriz peruana criolla. La vertiente escénica añadía un plus de morbo al personaje. Por otra parte, en el imaginario indigenista, pese a su condición de criolla, la Perricholi ha sido sublimada como la mujer capaz de romper con el virrey, hacer su propia vida al margen de éste y no capitalizar herencias para su hijo. Se ha confrontado en este sentido a Marina, la Malinche de Cortés, el paradigma del mestizaje, estigmatizada por el discurso nacionalista latinoamericano, como la traidora de su pueblo, cuya denuncia del complot contra Cortés se convirtió en símbolo de la sumisión total a los españoles.

La realidad de lo que pensaron y sintieron tanto la Perricholi como la Malinche, me temo, nunca la sabremos.

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