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Elena de Céspedes / DAVIS MUSEUM

Las metamorfosis de Céspedes

Transexual o lesbiana, tuvo una vida complicada al hacerse pasar por hombre para poder ejercer profesiones que en el siglo XVI estaban prohibidas a las mujeres

14.04.2019 00:00 h.
10 min

La biografía de Elena de Céspedes, una esclava morisca que llegó a ser cirujana y a casarse con una mujer haciéndose pasar por hombre, es un relato fascinante de subversión social, impostura de género y metamorfismo sexual. El “discurso de su vida” compendiado por la Inquisición de Toledo, en 1589, asombra por su personalidad poliédrica y por su indomable lucha frente a la marginación que implicaba ser liberta y mujer. Sus continuos cambios de oficio, de residencia y de identidad sexual fueron otras tantas estrategias para reinventarse a sí misma y enfrentarse a las “pesadumbres” que le acarreaba su empeño titánico por ser reconocida como hombre. Céspedes, como se hacía llamar, no fue una mujer célebre de la corte de Felipe II, pero alcanzó cierta notoriedad por su práctica quirúrgica y pasó a los anales de la medicina como un caso de hermafroditismo. Su figura ha cobrado actualidad por el interés que suscita para la aceptación de hechos como el travestismo, la intersexualidad, el matrimonio entre mujeres o la sodomía femenina, fenómenos todos ellos inscritos en el cuerpo.

Nacida en Alhama hacia 1545, Elena era una esclava propiedad de la familia Céspedes. Sería manumitida antes de los quince años, edad en que la casaron con el albañil Cristóbal Lombardo, con quien tuvo un hijo que, al morir su madre, dejó al cuidado de unos vecinos para emprender su aventura vital en solitario. Malvivió con los oficios de calcetera, bordadora y tejedora en un peregrinaje que la llevó a Granada, Sevilla, Sanlúcar de Barrameda, Arcos y Jerez de la Frontera. En este último lugar sería encarcelada por asestar una puñalada a un rufián durante una riña. Se determinó entonces a “andar en hábito de hombre y dejó el de mujer que hasta allí había siempre traído”. Se alejó de las ciudades y trabajó como mozo de labranza y pastor, pero la tomaron por un monfí --nombre que se daba a los bandoleros moriscos-- y fue de nuevo aprisionada y obligada a vestirse de mujer.

Al salir de la cárcel, sirvió en casa de un párroco de Arcos y simultaneó relaciones carnales con una hermana de éste y con una mujer casada, amante también del corregidor. Años más tarde, confesaría estos amoríos prohibidos y efímeros al Santo Oficio para justificar su matrimonio con otra mujer: “Si se había casado con mujer fue por verse con miembro de hombre, y que como tal podía tener acceso a mujer. Y que como andaba con muchas quiso por salir de pecado, casarse y no tener cuenta más que con su mujer”. Para alcanzar un amor estable y duradero, Céspedes necesitaba afirmar su identidad masculina y prosperar económica y socialmente. Trocó nuevamente su indumentaria femenina y se enroló como soldado en la guerra de las Alpujarras cuando un vecino le ofreció una buena suma para que le sustituyera. Con el dinero obtenido comenzó a ejercer el oficio de sastre y se examinó en Jerez de la Frontera, “aunque en el título le pusieron sastra por conocer que era mujer”.

Una vez obtenido el título, ya siempre en hábito de hombre, trabajó de forma itinerante durante una década por diferentes pueblos de Andalucía (Marchena, Vélez Málaga, Archidona, Osuna) hasta que se trasladó hacia 1575 a las cercanías de Madrid, donde trabó amistad “con un valenciano cirujano que la llevó a su casa por huésped y la comenzó a dar lecciones de curas, y dentro de pocos días curaba también con él”. Ejerció la cirugía en el hospital de la corte durante tres años, luego en El Escorial --donde trató a Vicente Obregón, criado del rey y uno de los maestros de cantería y albañilería más ducho en las obras del monasterio-- y en la sierra madrileña.  Acusado de practicar sin licencia, se examinó y obtuvo “dos títulos para poder sangrar y purgar y para cirugía”, con los que ejerció en distintos pueblos de Madrid, Cuenca y Toledo. Estando en Ciempozuelos cayó enferma, siendo hospedada por una familia que “la regaló allí mucho, y se aficionó a María del Caño, hija del dicho Francisco del Caño, y ella de ésta, y la pidió ésta por mujer a sus padres”.

Paradójicamente, su obstinación por alcanzar el refrendo matrimonial sería el desencadenante de su amargo final. Al solicitar licencia para casarse, viéndole “sin barbas y lampiña, el vicario de Madrid le dijo que si era capón y ésta respondió que no”. Sometida a una primera observación de sus genitales, poco rigurosa, se aprobó su masculinidad. Mas cuando el párroco de Ciempozuelos publicó las amonestaciones, dos vecinos objetaron que no podía casarse ya que “era público que Eleno era macho y hembra y que tenía dos sexos”. El vicario Neroni ordenó entonces que volviera  a ser explorado por dos de los médicos más eminentes de la corte: el doctor Antonio Mantilla y Francisco Díaz, médico y cirujano de cámara de Felipe II, a los que Céspedes engañó practicándose una oclusión vaginal, quemaduras y queloides para disimular la vulva, y colocándose un instrumento postizo. Para baldón histórico de su prestigio, ambos doctores atestiguaron que tenía “su miembro genital bastante y perfecto con sus testículos formados como cualquier hombre”.

Céspedes se desposó con María del Caño y durante más de un año hicieron vida maridable, hasta que un conocido le denunció por estar casado “con una mujer sin ser hombre”. Encarcelada en Ocaña, no pudo alterar sus genitales y se demostró que “ni tiene señal ni miembro de varón, ni lo había tenido, sino solamente de mujer y en su angostura muestra ser mujer”. Ante el Tribunal de la Inquisición, se defendió alegando ser hermafrodita y apeló a la literatura médica, que conocía bien, para su argumentación. El testimonio de su mujer, María del Caño, le salvó de la gravísima acusación de sodomía, pues la utilización de instrumentos en el acto sexual podía ser castigada con la pena capital. Finalmente, en 1589, la Inquisición la sentenció por “desprecio del matrimonio y tener pacto con el Demonio” a abjurar de levi y a ser azotada por las calles de Toledo y Ciempozuelos. Reconociendo su pericia profesional, el Tribunal la condenó también a “servir sin sueldo diez años en las enfermerías del Hospital del Rey”, donde, por cierto, acabó suscitando inquietud por “la mucha gente que acudía a verla y a curarse con ella”.

¿Fue Céspedes una mujer lesbiana o un transexual masculino que se sentía atrapado en un cuerpo de mujer? Más allá de nuestro marco mental, forzosamente anacrónico, de lo que no cabe duda es que el extraordinario control de sus emociones, pese a sus pesadumbres, le permitió transgredir las prohibiciones y amar a otras mujeres al margen de la ortodoxia heterosexual.