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María de Zayas y la fuerza del amor

El historiador Ricardo García Cárcel repasa la trayectoria vital de una de las grandes escritoras del Siglo de Oro español

La escritora María de Zayas
11.11.2018 00:00 h.
7 min

La madrileña María de Zayas y Sotomayor (1590-1661?) fue una de las grandes escritoras del Siglo de Oro. Hija de militar, su familia de la baja nobleza estuvo muy vinculada al conde de Lemos. Su itinerario biográfico fue un tanto nómada en función de los cargos del mecenas de su familia: Nápoles, Zaragoza, Toledo, Salamanca, Sevilla y Barcelona.

Su producción literaria abarca la novela, el teatro y la poesía aunque su mayor brillo y reconocimiento le ha venido desde la novela. Escribió, al respecto, sus Novelas amorosas y ejemplares que se llamaron el Decamerón español (1637), con diez novelas cortesanas, y Novelas y Saraos (1647) y Parte segunda del Sarao y entretenimientos honestos (1649), ambas con el tema del desencanto por bandera. Desde el año de esta publicación hasta su muerte, permaneció en un extraño y oscuro silencio que algunos han interpretado como resultado de una retirada en un convento. Su mejor obra de teatro fue La traición en la amistad. Gozó de prestigio entre los autores de su tiempo, desde Lope de Vega a Castillo Solórzano y desde luego Emilia Pardo Bazán la convirtió en icono de la resistencia femenina al machismo. Sin duda su pensamiento influyó en el pensamiento ilustrado francés respecto a las mujeres. Curiosamente, en la España del siglo XVIII la Inquisición prohibió la reedición de sus obras.

Hoy, efectivamente, la Zayas es referente ineludible de la trayectoria del feminismo. Por de pronto, esta escritora subraya las limitaciones y la inferioridad a las que son sometidas las mujeres​ respecto a los hombres, como han destacado Andrea Blanqué o María José Martínez Girón, entre otras razones por el culto a la belleza, "si no se dieran tanto a la compostura afeminándose más que la naturaleza que las afeminó, y en lugar de aplicarse a jugar las armas y estudiar las ciencias, estudian en criar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en todo a los hombres".

Como dice Filis, una de las protagonistas del desencanto IV, "de manera que no voy fuera del camino en que los hombres de temor y envidia las privan de las letras y armas como hacen los moros a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen eunucos por estar seguros de ellos. Ah, damas honrosas, qué os pudiera decir, si supieran como soy oída no habría de ser murmurada: Ea, dejemos las galas, rosas y rizos y volvamos por nosotras, unas con el entendimiento y otras con las armas". Denuncia la injusticia de que las mujeres no estudien "porque las almas no son hombres ni mujeres ¿qué razón hay para que ellos sean sabios y nosotras no podamos serlo?", subrayando la contradicción del "¿cómo sabrá ser honrada la que no sabe en qué consiste el serlo?".

Pero sobre todo, Zayas insiste especialmente en lo que María José de la Pascua ha llamado la trampa del amor. Lo refleja muy bien su obra La fuerza del amor cuando analiza los celos de la recién casada, Laura, cuando su marido empieza a tener una aventura con otra mujer. Se pelean violentamente y ella piensa en suicidarse gritando: "Mal haya la mujer que en ellos, los hombres, creen, pues al cabo hallará el pago de su amor como yo le hallo ¿quién es la necia que desea casarse viendo tantos y tan lastimosos ejemplos?". Ella se culpa de falta de coraje para poner fin a su vida, pero fustiga a los que han hecho leyes y costumbres tan opresivas paras las mujeres: "¿Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para las venganzas imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? Pues si ella es la que le da valor al cuerpo ¿quién obliga a los nuestros a tanta cobardía? Yo aseguro que si entendierais que también habría en nosotros valor y fortaleza, no os burlaríais como os burláis y así, por tenernos sujetas desde que nacemos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con los temores de la honra y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, libros y almohadillas".

Zayas, como ha recordado Perry, reconoció que la sociedad había convertido a las mujeres en una clase sometida, vulnerable, no sólo en su dependencia económica, sino también en una dependencia emocional, intelectual y social, que les impedía ser iguales que los hombres. María de Zayas, a pesar de su conciencia de la opresión de género, tan extraña para esta época, no se puede considerar feminista en el sentido moderno, puesto que no exige un cambio en el sistema patriarcal al que culpa de oprimir a las mujeres. Al final de La fuerza del amor, Laura no pide una educación igualitaria, ni tampoco un conjunto de reglas que serían aplicadas equitativamente a su marido y a ella misma. Por el contrario, declara que dejará a su marido y entrará en un convento, donde cree que Dios era amante más agradecido que su marido. Para Zayas, "en los hombres no dura más la voluntad que mientras dura el apetito y en acabándose, se acabó".

En su relato, el convento ofrece una alternativa al matrimonio, una forma de enclaustramiento, pero también un refugio seguro. Con frecuencia, efectivamente, el convento se ofrecerá como relativo espacio de libertad para la mujer ante situaciones de conflicto doméstico o simple hundimiento moral.

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