Juliana Morell: de la exhibición pública al silencio

La memoria de esta niña prodigio nacida en Barcelona ha sido más invocada por los historiadores franceses que por los catalanes

La humanista y religiosa catalana Juliana Morell
21.10.2018 00:00 h.
10 min

​Juliana Morell es la única mujer que figura entre los personajes ilustres catalanes relacionados en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona cuando se llevó a cabo en los años setenta del siglo XIX la reestructuración de este espacio universitario, en un momento en que la Renaixença catalana necesitaba de referentes históricos. Significativamente, en 1836, Félix Torres Amat se refirió a ella en sus Memorias para ayudar a formar un Diccionario crítico de los escritores catalanes y, en 1868, el académico Joaquín Roca y Cornet dedicó un estudio a Juliana en las Memorias de la Academia de Buenas Letras de Barcelona.

La memoria de Juliana Morell, sin embargo, ha sido, curiosamente, más invocada por los historiadores franceses que por los catalanes. En cualquier caso, su personalidad es ciertamente fascinante.

Juliana Morell nació en Barcelona, el 16 de febrero de 1594. Sobre su madre, Juana, apenas hay información y la que tenemos es dudosa y no nos permite aclarar, hoy por hoy, la relación entre ambas ni el papel de aquélla en la educación de la hija. Juliana era hija ilegítima y tenía un hermano, Juan Antonio. Sus progenitores no estaban casados. Al parecer, la madre murió prematuramente, en 1602. Todo apunta a la estrecha dependencia del padre respecto a la niña, a pesar de que éste había tenido otros hijos, desde que Juan Antonio Morell se percatara de las cualidades de su hija, como niña prodigio. Puso todos los medios a su alcance para instruirla, dándole tres maestros ya a los cuatro años. A esta edad la niña Morell escribía y componía perfectamente en lengua latina. A los ocho el padre la hizo aprender hebreo y filosofía.

De Juan Antonio Morell se sabe que era descendiente de judeoconversos y figuraba como mercader de telas en Barcelona, con tiendas además en Agramunt, Ponts y Balaguer (Lérida). Estaba emparentado con el banquero Damián Puiggener Morell. Tuvo su época dorada en los años ochenta del siglo XVI con empréstitos a la administración real pero la crisis económica, una década más tarde, hundió su poder económico. Por sus deudas acabó emigrando a Lyon en 1600. Dejó a su pequeña, al cuidado de un sacerdote (apellidado Carreras) y de las monjas del monasterio barcelonés de Montesión, aunque siguió haciéndose cargo de su manutención y educación. Al cabo de un año, la hizo recoger con la intención de llevarla a Alemania, para “pasar adelante sus estudios, con un maestro que la había de enseñar y aprender lengua alemana”. Finalmente, se estableció, durante un tiempo, en Bruselas para cobrar a unos deudores, dejando en París a su hija tomando “clases con un maestro viejo que la instruyó, en esta ciudad, en filosofía”. Tras este periplo, padre e hija, se instalaron en Lyon. Allí la niña retomó los estudios de filosofía, teología, derecho e instrumentos musicales.

El 16 de febrero de 1606, cuando Juliana tenía doce años, dominaba muy bien latín, griego, hebreo, árabe, caldeo, italiano y francés. Fue en esa fecha que el padre convocó un acto público, en Lyon, para dar a conocer las dotes científicas y humanistas de su hija, a la que anunciaba como una virtuosa, sin precedentes.

El exbanquero Morell pretendía dignificar su honor a través de la fama ganada con la hija, reputación que ni todo el dinero, obtenido en los negocios, le había otorgado. De hecho, tres años después de la exposición oral de Juliana en Lyon, ésta escribió una carta al duque de Monteleón, miembro del Consejo Real y Capitán General de Cataluña, suplicándole, a partir del buen nombre y fama conseguida, el perdón hacia su padre y que pudiera retornar a Barcelona, ratificando su inocencia. En el mismo texto ella reconoce haber defendido en público, delante de cardenales y prelados, tesis en filosofía, que dedicó a la reina de Francia (María de Médici) y a varias princesas europeas, alcanzando un gran prestigio.

La fueron a ver intelectuales, juristas, espirituales y teólogos de todas partes. La fama llegó a la monarquía española y Lope de Vega le dedicó el poema El laurel de Apolo y otros muchos intelectuales de la época la citaron. El éxito estaba asegurado. El padre había conseguido formar a una sabia. Se ha escrito sobre la presión, incluso, violenta, ejercida por el padre sobre la hija. Es posible, pero Juliana no reflejaría nunca resentimiento alguno hacia su padre.

La Compañía de Jesús, en este momento histórico, de reafirmación católica, en el marco de las guerras de religión en Francia, vio en Juliana, con su capacidad intelectual y dominio de lenguas, un potencial extraordinario de evangelización frente al protestantismo. Ello pasaba por asegurarse la entrega espiritual total de la joven. El calvinismo gozaba de enorme difusión entre la burguesía comercial y el mundo artesanal en Lyon. En 1608 el padre y la hija se trasladaron a Avignon. Allí Juliana realizó varios actos públicos. Incluso presentó al auditorio tesis en jurisprudencia, aunque entró de inmediato en la órbita del catolicismo más militante. Influenciada por este entorno profesó el 8 de junio de 1609, con quince años, en el monasterio dominico de Santa Práxedes de Avignon, contra la voluntad de su padre. Fue novicia un año y doce días. Juan Antonio Morell la desheredó entonces e incluso la chantajeó emocionalmente. Si lo dejaba, él se moriría de pena.

La respuesta de Juliana fue inamovible. El padre volvió a Lyon donde permaneció varios años y murió en Milán en 1624. Parece que al final de su vida se rehicieron las relaciones entre padre e hija. Ante la falta de dote para el ingreso en el monasterio sus valedores, entre los que estaba la princesa de Condé, consiguieron donaciones de altas personalidades.

Juliana Morell logró, de entrada, la conjunción en torno a su persona de dominicos y jesuitas, dos órdenes siempre tan competitivas. La primera obra de Juliana fue la traducción del latín al francés del Tratado de la Vida espiritual de San Vicente Ferrer con unas copiosas Anotaciones.

El principio fundamental que defendió en el convento fue la regla del silencio. La costumbre de no hablar, según ella, ayudaba a olvidar el pasado y su memoria negativa y predisponía a aprender mejor cosas nuevas y buenas. Enmudeció entre 1609 y 1610. Prescindió del habla porque quería desprenderse de todo lo banal. Para expresar sus emociones solo sollozaba y gemía. En su Epistolario se ponen de manifiesto sus tribulaciones y sentimientos siempre acompañados por una extrema exaltación de la humildad. En sus cartas defiende que su padre era un buen cristiano y que la había predispuesto hacia la espiritualidad.

Juliana fue priora de su convento de Santa Práxedes de 1636 a 1639 y de 1642 a 1645. Amplío el coro y trasladó buena parte de las oficinas del monasterio a la planta baja y los dormitorios de las monjas, arriba. Impuso el criterio de la separación de los distintos estatus de las monjas con una centralización radical de la abadesa. En 1637, escribió Exercices de l’Eternité, obra en la que recomendaba oración, meditación y mucha actividad. Buscó siempre neutralizar los riesgos del alumbradismo y el quietismo. Silencio y obediencia fueron sus principios fundamentales entre la opción de la contemplación iluminista con toda su retórica visionaria y la exigencia de la explicación racionalista ella impuso la alternativa de la prudencia jesuítica con la utilidad del silencio.

Después de tantos años infantiles de exhibición pública de sus saberes, Juliana optó por la extrema discreción y el silencio obediente, reivindicando la privacidad frente a la exhibición pública que había marcado sus años infantiles. Moriría en 1653 en Avignon.

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