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Josefa de Jovellanos, la hermana

Pese a su trágica vida, destacó por su proyección pública en una época en la que las mujeres no lo tenían fácil

Josefa de Jovellanos
10.03.2019 00:00 h.
8 min

Hermana de Gaspar Melchor de Jovellanos, su vida responde bien al perfil de mujeres ilustradas, de la segunda mitad del siglo XVIII, que fueron capaces de dejar la dependencia del hogar, delegar en nodrizas la cría de sus hijos y ocupar espacios públicos con posibilidades de "elección, trato y refinado galanteo", como dice Mónica Bolufer. Es el momento de la emergencia de los salones, como el de la condesa de Benavente, al que acudían, entre otros, Josefa de Jovellanos y su hermano Gaspar Melchor. Josefa nació en Gijón, en 1745, y moriría en la misma ciudad, en 1807. Se casó muy joven con Domingo González de Argandona, procurador general de la corte en el Principado de Asturias. Vivió feliz en Madrid como anfitriona de la intelectualidad cortesana. Tuvo tres hijas, que murieron de niñas. Su marido también murió cuando ella tan solo tenía 28 años. Josefa, viuda, tuvo que dejar el mundo madrileño, que tanto había frecuentado y volver a Asturias. Allí se retiraría, en casa de su hermana, Catalina de Siena, la condesa de Peñalba.

En Oviedo, se dedicó a una importante obra asistencial y educativa proyectada al ámbito de los más desfavorecidos. A los 48 años decidió ingresar en el monasterio de las agustinas recoletas de Gijón (1793), convirtiéndose en Sor Josefa de San Juan Bautista, creando una escuela de niñas desamparadas con el nombre de Enseñanza Caritativa de Nuestra Señora de los Dolores. Escribió muchos poemas, en bable, en un afán por difundir la problemática social de la época, en plena Ilustración, que publicaría el historiador y político José Caveda. Su hermano, Gaspar Melchor de Jovellanos, marcó su vida. Fue él quién le hizo contraer matrimonio con la persona que lo hizo. Después, al quedarse sola, quería obligarla, de nuevo, a que rehiciera imperativamente su vida, con argumentos tajantes: "Tú te resuelves por razones de pura conveniencia o de capricho y yo por razones de decoro.. lo que tú haces es un disparate a los ojos de todo el mundo".

A pesar del carácter y los prejuicios de su hermano, no dejó de apoyarlo en su carrera política, con sus poemas  que ella le escribió. Del mismo modo, Josefa vivió, con sufrimiento atroz, la prisión de Gaspar Melchor, en 1804. Llegó a escribir al rey Carlos IV pidiendo la libertad de aquel: "La salud de mi hermano se halla en extremo quebrantada y deteriorada, así porque el calor y sequedad del clima de Mallorca es muy contrario a su complexión, como porque lleva más de dos años de encierro en un cuarto sin ventilación y sin poder hacer ejercicio ni tener el menor esparcimiento y últimamente, según nos dicen, se halla también amenazado a perder la vista y con principio de cataratas en ambos ojos... Por tanto, señor, llena de amargura y de lágrimas y confiando en la soberana clemencia de V. M. me atrevo a humillarme a nombre de toda esta familia a los reales pies de V. M. y a implorar su real conmiseración suplicándole muy humildemente que perdonando a mi hermano, si en algo tuvo la desgracia de desagradar a V. M., le permita volver a su casa aunque sea con la precisión de presentarse diariamente a la justicia de esta villa o en el modo y forma que fuere del agrado de V. M. para que de este modo pueda, si es posible, reparar su salud con los aires nativos y cuando no, arreglar tranquilamente sus negocios y morir entre los pocos que hemos quedado de una familia tan numerosa...".

La preocupación por su hermano mayor quedó bien reflejada en la correspondencia que mantuvo directamente con éste. En la misma, se muestra especialmente inquieta por la pérdida de vista de Gaspar Melchor, que no mitigó pese a los baños de mar que, excepcionalmente, el rey le permitía, estando en prisión. El epistolario refleja su angustia y debilidad narrando sus peripecias: "Querría, hermano mío, haber allanado tus deseos y querría también tocarte algún otro punto, pero de todas suertes nos hallamos con las manos atadas y en lo que no haya acertado a complacerte, discúlpeme, no sólo la falta de papeles sino el débil estado en que se hayan mis fuerzas. Tú sabes, tenía ya 48 años cuando mi ingreso en este santo retiro. Venía no sólo cansada del mundo, sino también de los muchos trabajos padecidos en los estados de casada y viuda. La estrechez de facultades en que hallé y veo esta santa comunidad y el amor sin medida que le profeso me hizo agitar de modo nuevo en molestas ocupaciones... Estoy de verdad sin fuerzas, el pulso muy lisiado, cansada la cabeza del continuo trabajo, desde la edad de 28 años en que quedé viuda hasta la de 60 en que ya entré...".

Conforme pasa el tiempo, el cuadro de desolación familiar se radicalizó. Se puso en evidencia la imposibilidad, por su estado religioso, de ocuparse de las cuestiones temporales que le planteaba el hermano, por lo que se refería "a la desolación de una familia que en todas las épocas dio servidores al Estado, que nuestros hermanos fallecieron en la edad joven, en las fatigas del real servicio, y, acabando en ti, me han llevado a tal distancia y te hallas sin salud, sin libertad, ni medios de alcanzarla".

Josefa murió en 1807, mientras su hermano estaba todavía en la cárcel de la que no saldría hasta abril de 1808. Según Álvarez Valdés, el gran biógrafo de Gaspar Melchor de Jovellanos, los dos hermanos se escribieron en bable, como vía de confidencialidad, aludiendo a algunos personajes con pseudónimo. Josefa de Jovellanos, de igual modo, reflejó un estado anímico deprimido, aunque, en ocasiones, mostró una extraordinaria capacidad de ironía y distanciamiento, en algunos de los poemas que se conservan: "Dixo que el rei y la reina / era gente d'importanza / todos dixeron amén / y yo di una carcaxada".

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