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La escritora George Sand / ARCHIVO

George Sand o la pasión desaforada

Su vida y su obra, pletóricas de enigmas femeninos y osadías masculinas, fueron un continuo desbordamiento de emociones, ternura maternal, retórica de la pasión y un cierto masoquismo sentimental

16.06.2019 00:00 h.
9 min

Si algo caracterizó la vida y la escritura de George Sand fue una vitalidad libérrima y romántica, rayana en el vértigo y la desmesura. Escribió ochenta novelas, veinticinco obras de teatro, la excepcional autobiografía Historia de mi vida y unas 40.000 cartas. Trabajaba de noche. Terminaba una novela y comenzaba a escribir otra, en el mismo cuaderno, acto seguido. Hasta su vejez plácida de abuela en Nohant, las “llamaradas celestes” de sus amores serían tan irrefrenables como su grafomanía y su pasión por las mermeladas.

Nació Aurore Dupin en 1804, el año de la coronación de Napoleón, en el seno de una familia emparentada por vía ilegítima con los reyes de Francia y Polonia. Su padre Maurice Dupin, apuesto oficial descendiente del conde Mauricio de Sajonia, conoció a su madre Sophie Delaborde siendo ésta acompañante de alcoba de un general francés en Milán. Mauricio se casó con la desventurada Sophie porque “el amor lo purifica todo”. A los cuatro años, Aurore acompañaría a su madre embarazada en el viaje en calesa que hizo a Madrid para reunirse con su marido, a la sazón ayudante de campo del mariscal Murat. En su autobiografía, Sand recordará el asombro que le causaron de niña las montañas de Asturias y los horrores de una España incendiada por la Guerra de la Independencia.

El 17 de septiembre de 1808 moría el padre de Aurore por una mala caída del caballo Leopardo, regalo de Fernando VII. A partir de entonces, su infancia fue una tensión constante entre la madre alocada y la altiva abuela paterna, propietaria de las tierras de Nohant donde siempre hallaría refugio. La abuela la envía al convento de las agustinas inglesas de París, y, cuando regresa a Nohant, con dieciséis años, se convierte en su principal sostén afectivo. Consciente de la soledad de su nieta, al fallecer en 1821 la esclarecida anciana le dirá: “Con mi muerte, pierdes a tu mejor amiga”.

En 1822, para librarse del acoso de su madre que pugnaba por apropiarse de su herencia, Aurore contraerá matrimonio con Casimir Dudevant, un barón aficionado a la caza al que no amará. Aunque ambos alcanzaron una entente para tolerar sus mutuas infidelidades, Dudevant llegará a solicitar años después la Legión de Honor a Napoleón III como recompensa por “sus infortunios conyugales junto a una gloria de las letras francesas”. De sus amoríos con Stéphane Ajasson, un anatomista “medio tísico, medio loco”, Aurore tuvo a su hija Solange, aceptada por Casimir como suya. Adora a su hijo Maurice, pero su relación con Solange será tan conflictiva que llegará a decir: “Mi hija es mi peor enemigo”.

A los 26 años Aurore exige de su marido una pensión para poder vivir sola en París. Ha intimado con un joven escritor de 19 años, Jules Sandeau, con quien escribe la novela Rose et Blanche (1831), firmando ambos Jules Sand. Libera toda la fuerza de su naturaleza: “Esta noche también quiero que venga. Dos veces no son demasiadas. […] Estoy destrozada a mordiscos y a golpes. No puedo tenerme en pie”. Pero sus desenfrenos amorosos agotan al “pequeño Jules”: “Le estoy matando y los placeres que le doy van a costa de sus días”. Estas confesiones no son, ciertamente, las de una mujer a la que André Maurois consideraría frígida al tiempo que insinuaba un quimérico amor sáfico con la actriz Marie Dorval.

En 1832 escribe Indiana --relato de una mujer infeliz atenazada por el lazo matrimonial--, que alcanza un gran éxito y ya firma George Sand, pseudónimo masculino al que recurre para protegerse de la misoginia del mundo literario y exigir que su obra sea valorada igual que la de los hombres. Sin renunciar a la coquetería, adopta la indumentaria y otros rasgos masculinos, como el fumar, y decide vivir con una libertad solo permitida a los varones. En 1833 publica Lélia, heroína malcasada, quizá trasunto de la autora, cuya felicidad es imposible si se somete a la ley de la fidelidad y no sigue la llamada del “amor golpeando con su frente ciega todos los obstáculos de la civilización”.

Tras el fiasco erótico con Prosper Merimée, cuyos libros admira, Sand conoce al joven poeta Alfred de Musset, niño mimado de las musas y de las damas que abusa del vino y del opio. Viajan juntos a Venecia, pero ella enferma de disentería y él la deja sola para disfrutar de las venecianas, con las que teme haber cogido “una mala enfermedad”. Los célebres “amantes de Venecia” nunca lo fueron, ya que ella engaña a Musset --aquejado a su vez de neuropatía-- con Pietro Pagello, el médico que lo trataba. Siendo amante de Pagello, el 24 de mayo de 1834 escribe a Musset: “¡Ay! ¿Por qué no podré vivir con vosotros dos y haceros felices sin pertenecer ni a uno ni a otro?”. Decepcionada de Pagello, reanuda su tormentosa relación con Musset. Momentos de pasión seguidos de injurias, furores y desesperación. Luego vendrá la calma con Michel, abogado republicano casado con una viuda rica, del que Sand se declara “el más humilde y fiel de sus súbditos”. En mayo de 1836, Michel la defenderá en el proceso de separación matrimonial que le permite conservar sus tierras de Nohant y la custodia de sus hijos.  

Tras el amargo olvido de María Wodzinska, a mediados de 1837 Chopin sucumbirá a la pasión arrolladora de George Sand. Huirán de París, para hallar en otro clima y otro paisaje las más acendradas calidades del sentimiento artístico y amoroso. Testimonio de aquel viaje fue Un invierno en Mallorca, donde la admiración por la belleza del país contrasta con el infierno de “una raza estúpida, ladrona y devota”. Después de la muerte de Chopin en 1849, Sand continuará escribiendo torrencialmente. De su ingente obra, un tanto farragosa para el lector actual, cabe destacar Consuelo, quizá su novela más perfecta, e infinidad de pasajes con “frases melódicas y ricas, como el sonido de las campanas” según Thackeray.

Muy criticada por la valentía con que se enfrentó a las convenciones sociales de su época, Sand fue defendida por el gran crítico Saint-Beuve y por escritores como Balzac y Flaubert, aunque nunca se preocupó tanto como ellos por el estilo. Pese a la abundancia de dietarios, cartas, obras literarias de signo biográfico y testimonios de sus contemporáneos, el laberinto de sus pasiones nos hunde todavía en el misterio inextricable de la naturaleza humana. Su vida y su obra, pletóricas de enigmas femeninos y osadías masculinas, fueron un continuo desbordamiento de emociones, ternura maternal, retórica de la pasión y un cierto masoquismo sentimental. Así le escribió a Musset: “Tengo que sufrir por alguien, tengo que consumir ese exceso de energía y sensibilidad que tengo en mi interior”.

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